viernes, 22 de agosto de 2003

Aguas de la discordia

Es bien sabido que la problemática del agua en el estado de Guanajuato es sumamente compleja. La ubicación de nuestro territorio, que gustamos de calificar como estratégica y muy adecuada por su cercanía con los principales centros urbanos del país, es en cambio muy desventajosa desde el punto de vista de acceso a recursos naturales tan importantes como el agua. En general, nuestro país padece una muy lamentable distribución demográfica en función de este recurso. Los expertos señalan que en México el 80% de la población se ha asentado en territorios donde se cuenta con apenas el 20% de los recursos hidráulicos del país. Nuestra historia nacional, desde tiempos prehispánicos, determinó que los principales asientos poblacionales se ubicaran en las crestas y llanos del altiplano, lejos de los cuerpos de agua extensos y los pocos grandes ríos, que tampoco han sido aprovechados como vías de comunicación.
Guanajuato está cercado por las grandes cadenas montañosas que bordean el territorio nacional, por lo que su régimen de lluvias es por consecuencia escaso y sus corrientes superficiales irregulares y magras. Gran parte de la entidad pertenece a la región hidrológica que la Comisión Nacional del Agua denomina como “Medio Lerma”, que registra precipitaciones anuales de 628 milímetros cúbicos promedio; esto la coloca entre las zonas del semidesierto, con un 95% del territorio con algún nivel de erosión. En términos globales, esa subcuenca padece déficits muy importantes en cuando a disponibilidad del líquido, tanto en aguas superficiales como en las subterráneas. Por ejemplo, refiriéndonos a las primeras, la zona registra escurrimientos de 2,083 millones de metros cúbicos, pero hay salidas de 2,137 millones, lo que significa un déficit del 2.4%. En cuanto a aguas subterráneas, la recarga es de 2,306 millones de metros cúbicos, pero la extracción es de 3,027 millones, que se traduce en un déficit del 31.2%, una cifra enorme que explica por qué cada año los niveles friáticos en el Bajío descienden 3 ó 4 metros, hasta alcanzar profundidades de 250, 300 y 400 metros. Hoy día estamos extrayendo “aguas fósiles” que contienen compuestos minerales que pueden ser muy dañinos para el suelo agrícola y evidentemente para el consumo humano.
Es alarmante enterarse que 19 de los 27 acuíferos de esta subregión se encuentran sobreexplotados, con riesgos crecientes de colapsar. Para colmo, el 78% del líquido extraído se dedica al riego agrícola, y sólo el 22% para uso urbano e industrial. En el sector agrícola la situación es grave: como el 74% de los canales se encuentran sin revestir, el desperdicio en el traslado es enorme: arriba del 40%. Si a esto agregamos que todavía mucho del riego es por anegación (¡un método prehistórico!), podríamos concluir que las pérdidas se ubican arriba del 80% del líquido involucrado. La irracionalidad campante.
Si estas enormes mermas se redujeran sustancialmente no habría necesidad de sobreexplotar los acuíferos y los almacenamientos de agua podrían atender otras necesidades, entre ellas las de uso urbano, e incluso, ¿por qué no?, los aportes comprometidos con Chapala.
Además, el agua de uso urbano también se derrocha irracionalmente. En León un 48% del agua conducida para este uso se pierde en el trayecto a los medidores domésticos. Parece que las personas estamos afanadas por despilfarrar los recursos de la madre naturaleza, y provocar nuestra propia hecatombe.
Todos los datos anteriores proceden del “Libro del Agua” para la región Lerma, de la Comisión Nacional del Agua, versión 2001. No son invento mío.
En fin, que el panorama es claramente angustiante. No reconocerlo así es al menos ingenuo, si no cínico. Por ello, es urgente que nuestro gobierno estatal tenga éxito en buscar el replanteamiento de los acuerdos que se firmaron en 1991 con el gobierno federal y las entidades de la cuenca Lerma-Chapala, pero no tanto para negarle a Jalisco los aportes que requiere para evitar el colapso de Chapala, sino más bien para idear una nueva estrategia conjunta que permita economizar sustancialmente en los diferentes usos del agua. Es cierto que hay que garantizarles a los agricultores guanajuatenses el riego de los ciclos agrícolas inmediatos, pero también se debe procurar acelerar la tecnificación del riego en toda la cuenca, así como la racionalización de los usos urbano-industriales. Ya no se le puede extraerle más a la naturaleza: la realidad es que ésta ya dio de sí. Ahora nos toca a las personas administrar con sabiduría los pocos recursos de la macrorregión, y hay que hacerlo en armonía con los vecinos. Jalisco debe hacer su parte en este asunto, también buscando recursos para economizar en los diversos usos del agua para bajar sus requerimientos. Guanajuato por su parte no debe perder la visión del conjunto, recordando que sus requerimientos de riego deben ubicarse en el contexto de las necesidades globales.

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