viernes, 23 de enero de 2004

Acelerados todos

En el México en que nos tocó vivir, sujeto a tantos avatares y cambios en sus formas de hacer política y de construir la convivencia social, no son raras las evidencias de que esas transformaciones se han dado de forma poco planeada, incluso violenta: más como respuestas coyunturales a presiones de grupos de interés, a movimientos sociales y a actores individuales. Una de esas evidencias de nuestro trabajoso proceso de maduración ha sido, al menos desde la elección presidencial pasada, el desbocamiento acelerado de las precandidaturas en todos los partidos y el consecuente debilitamiento prematuro de la figura presidencial. Recordemos cuando a la mitad del sexenio de Ernesto Zedillo las aguas ya estaban tan agitadas que pronto se desdibujó el tradicional poder omnímodo del presidente a favor de los acelerados, propios y extraños, dentro del PRI. Incluso el presidente se vio obligado a contradecir su inicial promesa de mantener una “sana distancia” de su partido y encajó las espuelas para tranquilizar a la caballada priísta. Sin embargo no podía hacer lo mismo hacia los otros partidos, y sólo testimonió cómo el gobernador Vicente Fox iniciaba su tempranísima precampaña en julio de 1997.
Hoy día, las precandidaturas de todos los tipos y de todos los partidos se mueven en el caldo de cultivo del vacío de poder y de la inexistencia de una legislación que acote este tipo de actividades. Si Zedillo fue un presidente que en buena medida se vio obligado a renunciar a parte de sus poderes metaconstitucionales, entre ellos (aparentemente) el de designar a su sucesor (y eso hasta cuando él lo considerara pertinente), el presidente Fox llega a la mitad de su periodo sin ninguno de esos poderes extralegales, y con buena parte de los poderes legítimos conculcados en la práctica por un Congreso pretencioso, por un partido engolosinado y por sus propios colaboradores, incluida su esposa, afanados en ponerse zancadillas e insuflar sus propias vanidades. Su presidencia ha acumulado demasiadas buenas intenciones que no han podido verse concretadas, entre ellas la de construirse una nueva autoridad moral que supere los lastres del autoritarismo, y que eleve al presidente de la República por arriba de las mezquindades particulares de grupos, partidos e individuos. Desgraciadamente, su afán de opinar sobre todo lo que se le ocurre ha imposibilitado construir esa nueva autoridad.
No veo mal que a estas alturas se comiencen a barajar nombres y perfiles para la competencia presidencial del 2006. Lo que me inquieta es constatar cómo la actual rebatinga mediática entre los precandidatos está desviando la atención de la opinión pública de los verdaderos asuntos urgentes de la agenda política nacional. En la clase política hoy vigente existe una incapacidad de jerarquizar los puntos necesitados de atención. Yo insistiría en la urgencia de concretar o avanzar en la reforma del Estado (auténtica, no de ajustes cosméticos o cambios de nomenclatura), también el comprometerse con la reforma hacendaria, el retomar y perfeccionar la reforma política, establecer un plan de emergencia que rescate la educación pública nacional (y colocar a alguien competente al frente), reformar el sistema de seguridad social y de pensiones, debatir y reconstruir la política exterior mexicana, reformar el sistema nacional de procuración y administración de justicia, etcétera. Son tantos los pendientes que me irrita constatar cómo seguimos perdiendo el tiempo en las triviales pasarelas de los personajes iluminados que nos abrirán las puertas del verdadero cambio… pero hasta el 2006.
Todos los suspirantes deberían tener otras preocupaciones en estos momentos. Doña Martita haría muy bien en concentrarse en sus proyectos filantrópicos y ganarse el cielo; López obrador hace muy bien en “darse por muerto”, pero también cuidando su locuacidad; Madrazo debería dedicarse a reconstruir su partido, antes de que se le deshaga en las manos; Creel tiene tanto trabajo (o debería) con asuntos tan delicados como el de Tlalnepantla que no tendría un suspiro de tiempo para nada más; Alemán debería pensar en jubilarse y dejar de organizar frustradas corridas taurinas. En fin.
Para terminar y cambiar de terma, aprovecho para agradecer a mi querido amigo Ector Jaime Ramírez Barba su felicitación personal por mi cumpleaños. Él es el más humano de los miembros de este gabinete “humanista”. Al resto de mis amigos (los que sí se acordaron) les reitero mi amistad y cariño. ¿Cuántos? Pocos: 44.

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