viernes, 17 de septiembre de 2004

Himno y símbolo

Los símbolos, cualquiera que sea su naturaleza, siempre hacen referencia a situaciones ideales, que raramente coinciden con los objetos o circunstancias concretas que pretendidamente representan. Los seres humanos somos propensos a idealizar simbólicamente nuestro entorno, y a través de los símbolos nos damos referentes y puntos de apoyo que nos proporcionan seguridad mediante la sensación de que controlamos nuestra coyuntura. Así funcionan las ideologías, los nacionalismos y las religiones: como sistemas de referencia simbólicos que nos dan certidumbre y sensación de control, aunque en gran medida ilusorios.
El nacionalismo se basa en un sistema de símbolos que permiten a una comunidad compartir valores reales o ficticios. Por ejemplo, nuestra mexicanidad se recrea en símbolos como el de la lengua, la música, el vestido y las tradiciones populares, que son referentes reales que en efecto comparte una comunidad concreta unida por una cultura y una historia comunes. Esos son los elementos reales de la nacionalidad; no son nociones imaginarias, sino manifestaciones concretas de un conglomerado efectivo y actuante, que ha sabido construir un proyecto compartido de lo que en ciencia política denominaríamos Estado, el producto político-organizacional de los nacionalismos.
Hay otros elementos de las nacionalidades, que son más abstractos y artificiales. Muchos de ellos han sido recreados –o inventados—desde el Estado para justificar o sustentar su existencia. Tal es el caso de la bandera y el himno nacionales, que siempre son decididos y establecidos desde la cúpula estatal e impuestos a la población como “los símbolos” de la Nación. Por ejemplo, nuestro himno es producto de una convocatoria, de un concurso, y una posterior imposición desde el poder. No hay raíces populares en su manufactura, como sí ocurrió con los casos paradigmáticos de La Marsellesa de la Francia revolucionaria –de autor anónimo--, o el poema patriotero de Francis Scott Key, “La bandera de las estrellas centelleantes”, que acompañó con una vieja canción inglesa de taberna para luego convertirse, por el uso, en el himno norteamericano. Estos dos últimos casos fueron menos artificiales que el mexicano, pero también ilustran cómo el Estado recrea a la Nación, la redefine y en buena medida la inventa.
Nuestro himno nacional tiene fecha de cumpleaños muy precisa, gracias a las circunstancias de su nacimiento. Son ya 150 años de historia formal, pero de historia real como símbolo nacional apenas podría contar con 60 años, si nos remitimos al decreto de Manuel Avila Camacho que lo formalizó como tal. No fue un cántico popular, mucho menos para los liberales, que siempre lo relacionaron con la megalomanía de Santa Ana. Muchas otras melodías, mexicanísimas en su origen y en su naturaleza, podrían haber sido consideradas como potenciales himnos, que reflejasen con más atingencia los matices del alma mexicana. Sin embargo el Estado mexicano posrevolucionario optó por este cántico belicoso, anacrónico y prácticamente desconocido para el común de la gente. Si hoy en día los mexicanos conocemos la letra y la música –y las conocemos por demás muy mal— es porque se nos impuso desde la escuela y por ello repetimos las estrofas sin tener idea de lo que dicen. No por nada es tan popular ese extraño enemigo de los mexicanos: ese masiosare de antología que deben combatir los soldados que dios le dio a la piensa opatria querida.
El secretario de Gobernación convocó el pasado día 15 a un homenaje nacional a ese símbolo patrio. Estoy seguro de que el 98% de los mexicanos no atendieron al llamado de interpretarlo al medio día, ya que nadie en su sano juicio desea hacer el ridículo poniéndose a cantar como perturbado en medio de la calle, en el mercado o en el trabajo. Me pareció francamente lamentable que se recurra a este tipo de recursos tan poco imaginativos para fomentar el nacionalismo. El cantar el himno en hora y en lugar poco apropiados no incrementa nuestro amor a la patria; lo único que produce es incomodidad y malestar al saberse manipulados por las ocurrencias de algún burócrata que así justificó su sueldo ante sus jefes en Gobernación.
El himno nacional debe limitarse a las circunstancias que justifiquen su interpretación: en ceremonias formales, con la parafernalia adecuada que realmente ayude a reforzar su papel de símbolo y referente de una Nación. Me parece absurdo imponer a la población acciones patrioteras que sólo nos faltan al respeto como ciudadanos y abaratan los mismos símbolos nacionales a los que se pretende homenajear. Por favor, no lo vuelvan a hacer.

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