viernes, 24 de septiembre de 2004

México por carretera

Acabo de realizar un intrépido periplo por 2,600 kilómetros de las carreteras de México. Se me ocurrió la no muy brillante idea de que, viviendo como estoy ahora en la ciudad de Tijuana, me era más económico traerme mi automóvil personal –mejor dicho el de mi esposa—, seminuevo, antes que comprar alguna carcacha de mil dólares que me podría dejar tirado en las autopistas del norte de California, donde ahora viven mis hijos y mi señora, todos de sabático junto con el papá.
Aunque me lo advirtieron, nunca quise creer en las historias macabras de un viaje agotador por carreteras carísimas y en pésimo estado. Ingenuo, me dejé llevar por la buena impresión que me han dejado las freeways de los Estados Unidos, donde he podido manejar largas distancias sin mayor desgaste o angustia, siempre descansando en las Rest Areas que están limpias, bien acondicionadas y bien vigiladas. Por eso no me contuve en emprender un viaje de tres días –había que hacer escalas pues viajé solo— que de un tirón habría significado 32 horas de camino. Alguna vez transité por esos caminos en un cómodo camión Tres Estrellas que sin broncas lo traslada a uno de Guanajuato a Tijuana en 50 horas. Lo único de lo que había que preocuparse es por matar el aburrimiento y dormir sin que se le tuerza el pescuezo a uno.
Nuestro país, en siete décadas de desarrollo carretero, no ha sido capaz de hacerse de un sistema de autopistas que facilite el tránsito de bienes y personas entre los extremos de nuestro enorme territorio nacional. El ferrocarril fue miserablemente abandonado desde los años setenta, y todo ese flujo de carga se volcó hacia las insuficientes y defectuosas carreteras nacionales, saturándolas y deteriorándolas. Hoy día no se puede entender que entre Guadalajara, Tepic y Mazatlán, por ejemplo, que son polos de desarrollo regional de gran importancia, no exista más que trozos descompuestos de carretera de doble carril. Gran parte de esa vía sigue integrada por una ruta endeble de dos sentidos, donde los numerosos camiones de carga imponen su pesado y lento ritmo a toda la circulación. Miles de tráileres y vehículos de carga de todo tipo congestionan las vías que comunican el centro, el occidente y el norte del país, las regiones de mayor desarrollo relativo. No es difícil entender por qué no podemos lograr índices de crecimiento económico como los de China, que mueve su carga por medio de una inmensa y poderosa red de canales que desde hace miles de años permite una circulación fluida entre sus regiones. Ellos ni siquiera requieren de carreteras. Europa, Japón y los Estados Unidos mueven la mayor parte de su carga por medio del ferrocarril, que compite sin problemas con las carreteras, también congestionadas, pero allá lo son por vehículos de uso personal y familiar.
Me dio mucha tristeza constatar en el terreno que no existe ninguna política integral de expansión y mantenimiento de nuestra red carretera. Si existiera, se podría constatar cierta uniformidad al menos en las vías federales, que hoy día carecen incluso de asignación de número secuencial que las identifique. Cada tramo es diferente al anterior. A veces se transita por una buena y cómoda autopista, y al poco rato se transforma en un camino apenas asfaltado, lleno de baches y charcos, sin ningún tipo de peralte o acondicionamiento. Varias “autopistas de cuota” apenas merecen el primer apelativo: llenas de peatones, camiones suburbanos, cruce de animales, obras de reparación que aparentan estar abandonadas, etcétera. Pro eso sí, con una buena caseta de cobro…
Y ni qué decir del costo que debemos cubrir los que nos atrevemos a circular por las carreteras de México. De Guanajuato a Tijuana pagué 1,395 pesos en 26 casetas (!) La gasolina apenas me representó un poquito más de esa cantidad. De veras no puede ser. En nuestro país no existe la libertad de circulación en los hechos. Ya me imagino si me hubiera atrevido a transitar por las carreteras “libres”, que deben ser auténticas brechas para burreros.
Y hay que mencionar la quincena de puestos militares donde debe uno detenerse a explicarle a un sardo lo mismo que al del puesto anterior: “no soy traficante de drogas o de armas, lo juro, pero ándele: revise otra vez mis maletas y vehículo”. ¿Y si se me ocurre hacer valer mis derechos constitucionales y negarme a la inspección? ¡Huy! Mejor ni pensarlo. Pero también existen la media docena de puestos de control fitosanitario, donde hay que dejar que manoseen de nuevo nuestras maletas, pero ahora en busca de frutas o animales. Y lo que me da más coraje es que todos esos operativos no están pensados para proteger a nuestro país del azote de la droga o las epizootias, sino para darle gusto a los vecinos del norte, que obligan a nuestro gobierno a agredir a sus ciudadanos sometiéndolos a estas inspecciones humillantes.
En fin, que la experiencia dio para mucho, pero concluyo que nada mejor para tomarle el pulso a un país subdesarrollado como el nuestro que viajar por tierra y testimoniar nuestras enormes carencias. ¿Cuándo tendremos las vías y los recursos que nos permitan despegar? Habrá que preguntárselo al sofisticado arquitecto Cerisola y Weber… o bien a su sucesor.

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