miércoles, 20 de octubre de 2004

Una educación sin rumbo

El regreso a clases generalizado nos obliga a plantear las preguntas de siempre en torno a la calidad y pertinencia de nuestro sistema educativo nacional, particularmente el correspondiente a los niveles básico y medio. Mantenemos, tercamente, un esquema mediatizado por el desprecio por la autoformación, el privilegio a la calificación mecanicista de los pretendidos saberes básicos, la anulación de la independencia y la iniciativa de los educandos, la pretensión enciclopédica y el conductismo sistemático y anulador de la creatividad. Cada año, muchos padres de familia nos volvemos a cuestionar sobre la calidad de la educación que reciben nuestros hijos, ya sea pública o privada. Por ejemplo en mi caso, que he tenido la fortuna de participar en numerosas iniciativas y comités de impulso a la innovación educativa, me provoca angustia testimoniar que, sin importar iniciativas o buenas intenciones para impulsar nuevos modelos educativos, éstos se confrontan con la inercia de un sistema esclerotizado por intereses de grupo particularmente los intereses sindicales del magisterio, de las elites gubernamentales o bien de los dueños de los planteles educativos privados , que impiden que se asuma una actitud más moderna y reconocedora de los potenciales de la apuesta por nuestros hijos.
Aun en escuelas privadas, como las que asisten mis hijos, ser repiten los esquemas nulificadores de la inventiva y la creatividad. La educación personalizada y promotora de las capacidades de autogestión y responsabilidad en el aprendizaje no dirigido, sino inducido o favorecido por los estímulos positivos del ambiente, continúa siendo una mera declaración de buenas intenciones, pero carente de veracidad o de traducción en los quehaceres concretos de las escuelas. Por ejemplo, una sinrazón inexplicable en el nivel primaria es el afán de medir el aprendizaje, y traducirlo a escalas numéricas de asombrosa precisión. Nunca he entendido cómo le hace los profesores de primaria para asignarle a un pobre niño de siete u ocho años una cifra calificatoria con una precisión de décimas de punto. Así me enteré que mi hijita Yuriria, de siete años, aprobó el segundo año de primaria mediante la asignación escrupulosa de una calificación milimétrica: siete puntos con seis décimas, ni una micra más o menos. La puntual cifra es producto del promedio aritmético de todas sus calificaciones acumuladas en el año escolar. No hay lugar para ponderar el progreso anual o la rectificación de errores iniciales: se promedia con frialdad teutónica tanto las calificaciones finales como las iniciales. Si el pequeño comenzó flojo y terminó esforzado no se valora su cambio de actitud y su evolución superadora: se le califica como una entidad que no cambia ni madura, sino que se le asume como personalidad con pleno desarrollo y responsabilidad íntegra.
Esto es un absurdo que no ha sido reconocido ni corregido por nuestras autoridades educativas. Es una evidencia más de que nuestro sistema privilegia la calificación cuantitativista por sobre el crecimiento cualitativo e intelectual de los pequeños. Nuestro esquema es formalista hasta el absurdo, y premia al memorioso y al machetero por sobre el creativo y el inteligente. Es por eso que los hijos de nuestros migrantes, al ser cambiados de escuela e ingresar a las instituciones de los Estados Unidos, con frecuencia sufren una descompensación y una crisis al involucrarse con un sistema menos formalista y más constructivista. Muchos paisanos que viven en el país norteño tienen la falsa impresión de que la educación es “mejor “ en México, ya que ellos mismos se educaron en un modelo conductista, punitivo y nulificador de la iniciativa personal. Muchos chicos padecen de inadaptación al nuevo sistema cualitativista, pero otros se incorporan sin problemas y desarrollan sus capacidades poco conocidas y más creativas.
Y esto viene a cuento porque mis propios hijos se acaban de matricular en escuelas públicas de California, y es claro que ellos mismos padecerán esta no tan pequeña crisis de adaptación a un modelo más abierto y reconociente. Por lo pronto, les dejo estas inquietudes y con ellas mi solicitud para que el gobierno estatal, pletórico de universitarios que se cobijan bajo la conveniente bandera de un gobierno que se pretende “humanista”, actúen al fin a favor de la modernización de nuestros esquemas pedagógicos y que finalmente alcancemos el ideal de lograr una “educación para todos” sin traicionar nuestra esencia y nuestra personalidad.
Les mando un abrazo desde la templada Tijuana que me alberga desde la semana pasada.

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