viernes, 5 de noviembre de 2004

Los EU y su encrucijada II

No cabe duda que observar las elecciones norteamericanas directamente en suelo de ese país deja una perspectiva diferente a la que uno puede construirse desde el exterior. Me trasladé con mi familia a casa de mis suegros, en Stockton California, en el valle de San Joaquín, y desde ahí pude movilizarme a la capital del estado, Sacramento, que se encuentra a tan sólo 45 minutos. Prácticamente toda la familia de mi esposa vive en este país desde hace casi 20 años; muchos de mis parientes políticos son ya ciudadanos americanos por naturalización o por nacimiento, lo que me brinda la oportunidad de percibir desde dentro las reacciones de la comunidad mexico-americana ante un proceso político que sin duda afectará sus intereses de conjunto.
Hay que señalar que el ambiente político que se percibe en lugares públicos contrasta fuertemente con lo que un mexicano puede esperar de un momento de tanta significación como es la renovación de una presidencia controvertida. Los debates se limitan a los diálogos grupales, pero no se trasladan a los espacios públicos ni al paisaje urbano. Por ejemplo, la propaganda abierta es apenas perceptible, limitándose a discretos rótulos que los vecinos colocan en los jardines frente a sus casas, apoyando al candidato o a las iniciativas de su preferencia. Fuera de eso, las calles se encuentran libres de publicidad política tanto visual como auditiva. La competencia propagandística se realiza en los medios de comunicación, que sí se inundan de mensajes a favor o en contra de candidatos o propuestas. También llama la atención la casi nula referencia al partido al que pertenece cada aspirante. Cuesta trabajo averiguar si tal o cual candidato es demócrata, republicano o independiente. La iconografía partidaria casi no existe: el asno demócrata o el elefante republicano no son elementos frecuentes en los mensajes, sino más bien son identidades manejadas por los medios. En este sentido las campañas electorales pueden ser calificadas de relativamente tranquilas, civilizadas y poco agresivas con el entorno. Esto es algo digno de imitarse, particularmente por parte de un país como México, donde las competencias comiciales se convierten en ferias escandalosas, invasivas, pendencieras y derrochadoras de recursos públicos. Tan sólo hay que recordar el basurero en el que transformamos nuestras calles y espacios públicos con propaganda de pésima calidad, contaminante y horrible.
La jornada electoral se desarrolló de forma tan tranquila que a mi, observador tropical, me pareció hasta aburrida. En este país es difícil localizar los centros de votación, que apenas están señalizados. En México estamos acostumbrados a que las casillas nos las coloquen a la vuelta de la esquina, y que casi nos lleven de la mano a votar. En EU cada votante debe enterarse con sus medios de a dónde debe presentarse a votar, además de que la ubicación de las casillas casi nunca cambia, como tampoco los funcionarios electorales. Se las ubica sobre todo en edificios públicos, como la estación de bomberos donde votó Bush. Yo observé en dos casillas ubicadas en el edificio administrativo del condado de Sacramento. Me llamó la atención el grado de tecnologización del proceso, algo sin duda necesario en un país donde no solamente se vota por candidatos sino también por decenas de propuestas administrativas. Cada votante se llevaba al menos 15 minutos en el proceso de emisión de sus opiniones, en papeletas diseñadas para el lector óptico que existe en cada casilla. El equipamiento –urnas, mamparas y demás es duradero para uso continuo, en contraste con la parafernalia de las casillas mexicanas, que se desecha en cada elección. La profesionalización de los funcionarios de casilla es evidente, lo que permite un tránsito fluido de electores. Otra ventaja es la posibilidad de emitir el voto por adelantado y por medios diversos, como el correo o el voto electrónico. El Internet todavía no se aprovecha por los bien conocidos agujeros en su seguridad.
La comunidad hispana californiana me pareció muy comprometida con el apoyo al candidato John Ferry. California le dio sus 55 votos en el colegio electoral, de un total de 270 que requería para ganar –y que finalmente no logró. Al menos en este estado las minorías y los sectores progresistas se volcaron en una clara mayoría en favor del demócrata, lo que ayudó a crear la ilusión de una victoria inminente, que luego se ha transformado en una decepción generalizada. El mismo día de la elección pude observar cómo grupos de estudiantes de la universidad estatal de California en Sacramento promovían a los candidatos demócratas sin contraparte republicana. El ambiente era de una victoria anunciada. Esto hizo doblemente dolorosa la derrota en el estado dorado. Una encuesta Gallup al día siguiente de la elección mostró que un 23% de los americanos se muestra entusiasta por la victoria de Bush, un 33% son optimistas, pero un 18% se manifestaron pesimistas y un 24% se dijeron temerosos (“afraid”) ante el futuro. Esto evidencia la profundidad de la división en que cayó este país en un momento que requiere de decisiones ante un mundo crecientemente inseguro y ambiguo.

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