viernes, 21 de enero de 2005

Lutos de invierno

Luego de una ausencia por motivos vacacionales, vuelvo a saludar gustoso a los lectores de Correo. Seguiremos compartiendo reflexiones a lo largo de un año que se inicia tempestuoso ¡en todos los sentidos!
Primero que nada, el dolor. Doscientos veinte mil muertos despidieron el 2004 y lo impregnaron de un halo de luto y aflicción globales. La pequeñez de la humanidad se evidenció de una forma radical: se nos olvida que como especie seguimos siendo minúsculos habitantes de un planeta vivo que se mueve y reacomoda al ritmo que imponen sus fuerzas inconmensurables. Somos bichos que podemos ser victimizados en el momento menos pensado por los fenómenos planetarios y climatológicos. De nada vale nuestra soberbia ante una naturaleza que bulle y aplasta. Es una enseñanza que debe quedar entre lo poco bueno que trajo este accidente masivo.
Segundo, el testimonio de que México y su gobierno se han quedado atrás en el concierto de la solidaridad internacional. Compartimos créditos con los Estados Unidos dentro de la lista de las naciones mezquinas y tacañas. La primera reacción del gobierno federal mexicano fue tardía y limitada: se ofreció aportar un mísero millón de dólares al esfuerzo de ayuda global. Claro, se puede argumentar que con eso se podría alimentar a cien mil personas… por un día. Los gringos, con una economía 30 veces más grande que la nuestra, parecieron ser escrupulosamente proporcionales a la tacañería mexicana y ofrecieron 35 millones, para verse de inmediato en el ridículo cuando Japón ofreció, de primera instancia, 500 millones. Los países agarrados como el nuestro han tratado de componer las cosas con posterioridad, y para pronto a alguien se le ocurrió enviar al Asia a dos viejos buques cargueros de la armada mexicana, cargados con provisiones y enseres de emergencia, que tardarán un mes en llegar a su destino, ya cuando los lodos de las inundaciones se hayan secado y las epidemias estén incontrolables.
Nuevamente, como siempre sucede en tiempos de desastres, nos volvemos a preguntar: ¿existe realmente un sistema de emergencias en nuestro país? ¿Cómo responderíamos ante un drama como el asiático en caso de que nos pegara en nuestras costas? Me quiero imaginar a una población como la de Acapulco, que ya suma un millón de habitantes, si se viera afectada por un tsunami. ¿Tendríamos la capacidad para enfrentar una desgracia masiva? ¿Existen previsiones dentro de un atlas nacional de riesgos que nos garanticen la existencia de estrategias de respuesta pronta? ¿Podríamos aprovechar de forma sabia la solidaridad internacional? Porque recordemos que durante los desastres de septiembre de 1985, el estado mexicano quiso rechazar cualquier ayuda foránea en un desplante de nacionalismo estúpido.
Por otro lado, el clima mundial está desbocado. Yo no sé si es correcto echarle la culpa al calentamiento global, a la corriente del niño, a las manchas solares o bien a que no queremos aceptar que siempre hay que prepararse ante lo azaroso. Dice la ley de Morphy: “lo que puede suceder, sucederá”.
En lo personal me tocó sufrir una experiencia escalofriante hace un par de semanas cuando, de regreso de pasar las fiestas con mi familia en Stockton, California, casi quedo atrapado por una tormenta de nieve en la sierra nevada. La carretera más importante de ese estado, la interestatal 5, había sido cerrada debido al clima, y se me hizo fácil tomar una carretera secundaria, la 33, para llegar a Ventura y de ahí a Los Angeles. Nunca en mi vida he visto tanta nieve acumulada a los costados de una carretera. Las llantas escuetas de mi carro citadino, que orgulloso porta placas guanajuatenses, resbalaban sobre una blanca carretera cristalizada por el hielo. El susto no fue menor, y lo único que me permitió salir del atolladero fue pegármele a un trailer y rodar sobre sus huellas durante cuatro horas, que es lo que tardé en recorrer 60 millas congeladas. Al día siguiente los noticieros reportaron que no se recordaban nevadas como esas en los últimos 25 años. El meteoro ocasionó varias docenas de muertos por accidentes, por frío o por los deslaves como el de La Conchita, que sepultó a más de una docena de personas un par de días después de que yo había circulado por ahí.
En fin, primera enseñanza del año: cobremos conciencia de nuestra insignificancia planetaria y preparémonos para enfrentar lo mejor posible las desgracias, con su carácter inevitable y fortuito. Y por hoy profundicemos nuestra solidaridad con los hermanos asiáticos.

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