viernes, 3 de junio de 2005

Fox y la ciencia obtusa

El 23 de mayo pasado en la residencia presidencial de Los Pinos se realizó la ceremonia de entrega de los premios de investigación de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) correspondientes al año 2003 y 2004. El presidente de esa asociación científica, el doctor Octavio Paredes López ---investigador del IPN-Cinvestav en Irapuato--, dirigió un mensaje al presidente Fox y a su gabinete educativo, y sus palabras, plagadas de verdades, calaron hondo en el ánimo de la comunidad científica nacional. El científico denunció cómo fue objeto de un intento de censura de parte de las autoridades del CONACYT, preocupadas de ofender los sensibles oídos presidenciales. Paredes destacó cómo en un mundo tan marcado por la competencia como el actual, el valor intrínseco del conocimiento y su expresión más perfeccionada, la Ciencia, se han convertido en el vehículo privilegiado para catapultar las capacidades sociales y fortalecer sus facultades productivas. Abundó en ejemplos de países otrora marginales que en pocas décadas han podido revertir atrasos sociales y económicos de siglos. China es el ejemplo paradigmático, pero no podríamos ignorar los ejemplos de Corea, Singapur, Taiwán, e incluso Brasil o Chile.
Es evidente que nuestro país se ha ido quedando atrás en materia de desarrollo científico y tecnológico no solamente en relación con los países desarrollados, sino incluso comparado con naciones de desarrollo económico y social equivalente o menor. Las diferentes crisis económicas han producido un abandono del proyecto original de proyectar la ciencia mexicana hacia estadios internacionalmente competitivos. El grueso de la comunidad científica nacional –los 10 mil miembros del Sistema Nacional de Investigadores— fueron formados en su gran mayoría en los años setenta y ochenta. A partir de esta última década comenzó el declive imparable de la política científica nacional. Es por eso que la planta científica se ha envejecido tanto en estos años, pues ya no se incorpora a los jóvenes investigadores a los centros de generación de conocimiento. Los gobiernos neoliberales juzgaron como absurdo seguir invirtiendo en un campo donde aparentemente las “ventajas comparativas” estaban en nuestra contra. Sale más barato convertirse en usufructuario pasivo de la ciencia y la tecnología generada en el extranjero que financiar un desarrollo nacional en esa materia. Esta visión encajaba muy bien en el proyecto pragmático de convertir a nuestro país en un espacio de maquiladoras, basado en la venta de su fuerza de trabajo abaratada y empobrecida, e incluso en la exportación de ésta mediante la emigración laboral hacia los Estados Unidos.
El gobierno federal de Vicente Fox no ha cambiado esa tendencia. Incluso la ha incrementado, al agregarle a la escuálida política científica el componente de la tecnologización imperativa y una obligada y acrítica vinculación con los intereses de la empresa privada. Se ha impuesto un olvido de la ciencia básica y de la generación de conocimiento original. El científico mexicano de hoy debe encontrar “usuarios” y “clientes” entre el sector productivo y social para justificar la recepción de los enjutos financiamientos públicos, que son cada vez más difíciles de lograr si no se cuenta con un equipo humano y material de envergadura. Desgraciadamente en la mayor parte de los espacios donde se genera investigación en México todavía se padecen precariedades profundas tanto en el ámbito de los recursos humanos como de los materiales. Y esto es doblemente válido para los espacios científicos de los estados –la provincia pues--, y más aún para ámbitos científicos de por sí marginales, como las ciencias sociales y las humanidades. Sobre estos últimos se ejerce una doble discriminación: una proveniente del ámbito oficial de la promoción científica y otra derivada de la propia comunidad científica, que aplica una visión autoritaria de lo que puede ser juzgado como ciencia “válida” y la que no lo es.
Personalmente creo que hay pocas esperanzas de que esta administración corrija este rumbo equivocado. El presidente Fox nunca se destacó, ni como gobernador, por su comprensión del quehacer científico. Recuerdo cuando en una entrevista para Radio Universidad de Guanajuato el 4 de julio de 1996 –a un año de comenzada su administración-- declaraba triunfante: “antes había un divorcio total donde el investigador y el científico con sus gafas y sus probetas y todos sus aparatos vivía encerrado en un laboratorio de investigación; hoy no, hoy está vinculándose y metiéndose y responsabilizándose con el aparato productivo mismo”. Su manejo de estereotipos lastimó y ofendió, y no hizo más que convencernos a muchos de su rusticidad.
Por cierto envío felicitaciones a mis amigos y colegas Enrique Dussel Peters (UNAM), el dolorense José Antonio Serrano y Patricia Avila (ambos del Colegio de Michoacán) por haber obtenido el galardón en el ámbito de las ciencias sociales y las humanidades. Muy merecido.

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