viernes, 24 de marzo de 2006

Desde la frontera texana, I



On the road again, y me toca ahora enviar estas notas de campo desde El Paso, Texas, donde realizo un recorrido por una semana a lo largo de la frontera, a invitación de la embajada de los Estados Unidos y la Universidad de Texas en El Paso (UTEP). Nos convocaron a una docena de académicos mexicanos a testimoniar de primera mano la realidad fronteriza, sosteniendo encuentros con autoridades de los dos países, con agentes migratorios, con activistas de los derechos humanos, con voluntarios de ONG’s que atienden migrantes, con diplomáticos, con otros académicos que estudian los fenómenos de la región, con economistas de la Reserva Federal e incluso con militares norteamericanos.
Aunque conozco de primera mano la situación que priva en la zona de frontera de las Californias, la situación que se vive en los lindes con Texas y Nuevo México se me escapaba. Los sistemas de ciudades gemelas (Juárez/El Paso, Matamoros/Brownsville, Reynosa/McAllen, los Laredos, los Nogales, etcétera) son bastante más definidos e interdependientes que en la zona Tijuana/San Diego. Estas dos últimas ciudades tienen más una relación desigual y de subordinación de la primera hacia la segunda, donde San Diego francamente da la espalda a su vecino mexicano y se congratula por su ser anglosajón. En cambio en las ciudades limítrofes de Arizona, Nuevo México y Texas se establece un vínculo de interdependencia y profunda interacción con sus contrapartes mexicanas, tanto así que sus ciclos económicos responden más a los vaivenes monetarios de México que a los de su propio país. Además, los negocios reclaman con apremio la presencia del poder de consumo y la oferta de mano de obra mexicanos para poder sobrevivir e incluso progresar. Pero los políticos de Washington, particularmente los representantes que no tienen relación con la región fronteriza, atizan los sentimientos antiinmigrantes y pretenden impulsar medidas tan espectaculares como absurdas, como el famoso muro limítrofe. En uno de los recorridos que nos ha brindado la Border Patrol, un agente nos condujo a un sector de la raya donde existe una alta cerca de malla, la mitad de la cual se encontraba enterrada bajo la arena del desierto; nos hizo notar que en una zona como esta un muro no tendría ningún sentido, por más alto que fuese, ya que pronto se vería aterrado y habría necesidad de darle un caro mantenimiento para que cumpliera su función. “No hay muro que detenga a esta gente”, nos dijo. Y hablaba haciendo uso de un sentido común del que carecen sus líderes en el congreso.
En el centro de detención de la patrulla fronteriza testimoniamos el proceso de recepción, registro y retención de los “ilegales” (como ellos les llaman) o “indocumentados” (como nosotros preferimos designar a nuestros paisanos en situación de extranjería sin papeles). Varios compatriotas eran interrogados, fotografiados y sujetos a la impresión de sus huellas digitales mediante un sofisticado sistema informático que es empleado por el FBI para fichar criminales. Los paisanos reciben un buen trato, pero sin duda padecen la humillación de ser manejados como peligrosos malhechores, y que para ello sean agentes hispanos o exmexicanos recientes quienes los sometan al mismo. A los profesores del tour de la embajada nos conmovió la tragedia personal que reflejaban las caras de todos los apresados. No pudimos cruzar una sola palabra con ellos, por política de la “migra”, pero sí intercambiamos miradas cargadas de significados.
La realidad de la frontera ha sido afectada profundamente por la paranoia post 11 de septiembre. Una de las autoridades más influyentes en la zona es el general José (Joe) Riojas, comandante de la fuerza de tarea de las tres ramas del ejército, que atiende las dos fronteras de los Estados Unidos y previene el ingreso de terroristas. Este hombre latino, bajito pero enérgico, nos expuso con gran talento el discurso patriota que empapa el discurso oficialista norteamericano. Su prioridad es apoyar a las autoridades federales, estatales y locales en todo aquello que pueda convertirse en puerta de entrada a terroristas. Evidentemente la inmigración ilegal es una de sus preocupaciones principales. Y esto puede ser lo más grave para los paisanos: se han convertido en un objetivo para militares y fuerzas de seguridad que los perciben no solamente como “criminales” (término bárbaro que quiere remitirse al hecho de que violaron una ley de los EU para ingresar al territorio gringo) sino como masa humana que perfectamente puede disimular a terroristas radicales. De esta manera la migración ya no es más un asunto de política laboral, sino de seguridad nacional. Y sobre esto seguiremos reflexionando la próxima semana…

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