viernes, 17 de marzo de 2006

Desde San Juan


Envío estas notas de campo desde el viejo San Juan, en Puerto Rico. Acudí a participar en la edición 26 del congreso internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, sus siglas en inglés). Se cumplen 40 años de desarrollarse estos congresos, que se realizan sin falta cada 18 meses. Casi todos ellos han tenido lugar en alguna ciudad importante de los Estados Unidos, aunque algunos, como el presente y el de Guadalajara en 1997 se desplegaron fuera de ese país. Se trata de uno de los eventos académicos más importantes del continente, que convoca a entre 4 mil 500 y 5 mil investigadores, ensayistas, literatos y demás especialistas en muy diversas materias que se ven unidos por su interés en el subcontinente latinoamericano. Evidentemente LASA se fundó por la iniciativa e interés de académicos norteamericanos, que veían en estos congresos la oportunidad de compartir experiencias y puntos de vista. Pero pronto se fueron incorporando a esa asociación otros eruditos que provenían de los países que eran sujetos de estudio. De esta manera vemos cómo hoy día casi un tercio de los participantes en LASA somos especialistas de la América hispana y lusitana.
Yo he participado en cinco de las seis últimas ediciones, y gracias a mi involucramiento creciente en las actividades de la asociación ahora me siento plenamente integrado a una comunidad trasnacional de estudiosos de alto nivel. Gracias a mis participaciones –con exposición de “papers” o ponencias originales he podido vincularme a redes de investigadores sobre muy diversos temas, pero en particular con los politólogos, los antropólogos y los demógrafos que pululan en estos encuentros.
Y traigo todo esto a cuento porque el miércoles, durante la inauguración formal, que corrió a cargo de la presidenta saliente de LASA Sonia Alvarez y el secretario de Educación de Puerto Rico, se hizo expresa una protesta pública dirigida al presidente George W. Bush, por la negativa a otorgar visas a 60 profesores miembros de esta asociación, la gran mayoría cubanos, por considerarlos una amenaza contra la seguridad interna de los Estados Unidos. La asociación se solidarizó con esos colegas, y afirmó que esto constituía un ataque a la libertad de expresión y la libertad de investigación académica, que deben ser características del pensamiento riguroso –y por ende crítico de los científicos sociales. Desde que inició esta administración federal norteamericana las restricciones a la entrada al país de parte de profesores cubanos y de otras nacionalidades latinoamericanas han ido incrementándose, hasta que de plano en esta edición del congreso se le negó la entrada a este número tan importante de especialistas.
Es increíble cómo puede ejercerse este tipo de represión contra la inteligencia de parte de un gobierno que interpreta que los ciudadanos de países que ubica como parte del “eje del mal” son incondicionales a sus gobiernos o a fuerzas subversivas o terroristas que puedan amenazar la seguridad interna del país emblemático de la libertad de expresión. Me parece grave que los controles a la entrada de extranjeros a los Estados Unidos se esté llevando hasta estos extremos. Ya para mí había resultado molesto ser sujeto a un interrogatorio casi policial para permitirme entrar por la garita aérea de Dallas, y que se aplique la máxima de que “si no te pareces a mi o no te entiendo entonces eres peligroso y potencialmente terrorista”.
LASA va a publicar un desplegado en los principales diarios de los Estados Unidos, comunicándole a la administración Bush que mientras se mantenga esta política de discriminación contra colegas latinoamericanos, la asociación mudará las sedes de sus próximos congresos –el siguiente de octubre de 2007 estaba planteado para realizarse en Boston a ciudades al sur del río Bravo. De esta manera, aún sin proponérselo, LASA de “latinoamericaniza” como resultado de la solidaridad natural entre académicos y seres pensantes. Nada de esto le va a gustar a las autoridades locales de las ciudades afectadas, que sufrirán mermas económicas importantes al perder la sede de un congreso que derrama entre 5 y 10 millones de dólares en los espacios donde se desarrolla. Pero sólo pegándole a lo que le más duele al tío Sam, el bolsillo, podremos influir en algo en su política errónea. Ojalá.

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