jueves, 13 de abril de 2006

El sueño hispano

Las multitudinarias manifestaciones de trabajadores indocumentados y en general de la comunidad hispana, que se han sucedido en múltiples ciudades de los Estados Unidos, particularmente las de este lunes pasado, han sacado a la luz varios hechos que tienden a ser ignorados o minusvaluados por la precaria mayoría anglosajona, sobre todo sus miembros de corte conservador: 1) esa nación se construyó sobre la base de la aceptación y la tolerancia hacia las permanentes corrientes de inmigración europea, africana, asiática e hispánica; 2) la riqueza que ha sabido consolidar ese país se funda en la disponibilidad permanente de fuerza de trabajo barata, que permita al aparato productivo mantener su competitividad; 3) los trabajadores hispanos ocupan nichos laborales que han sido abandonados por otras minorías, pero sobre todo por los anglos; 4) las migraciones son un fenómeno inevitable en un mundo globalizado, que se basa no sólo en la libre circulación de mercancías, capitales y conocimiento, sino también en los flujos de fuerza laboral; 5) la gran mayoría de los 11 y medio millones de indocumentados se encuentran ocupados y generando riqueza e impuestos, y sólo un porcentaje ínfimo representa un riesgo a la seguridad de ese país; 6) los indocumentados no hacen uso de los servicios médicos o de seguridad social, a pesar de pagar impuestos; 7) la población hispana reconoce sus raíces culturales en sus países de origen, pero también desean ser americanos y asimilarse a la sociedad de ese país, y para eso necesitan un estatus legal; 8) las banderas extranjeras que ondearon en las manifestaciones sólo son una manifestación del orgullo de su origen, no una reivindicación política anacrónica sobre una ridícula “reconquista” de territorios perdidos, y 9) ninguna medida represora, policial o persecutoria, ni tampoco los muros fronterizos, conducirán a la reducción de los flujos migratorios: sólo incrementarán el costo humano de un fenómeno económico y demográfico que sólo podrá ser contrarrestado con una política de desarrollo compartido en las Américas.
Las manifestaciones han despertado los miedos inevitables que genera la ignorancia, y ya se ven las primeras muestras de irritación, intolerancia y rechazo de parte de los “red necks” y demás supremacistas, que divulgan rumores alarmistas sobre los riesgos para el futuro de la sociedad WASP (White, AngloSaxon & Protestant) si continúa la inmigración de “beaners”, “greasers” y demás “spiks”. No hay razonamientos de carácter económico o social detrás de sus histéricos rechazos, sólo medias verdades y auténticas mentiras, que ocultan sus prejuicios raciales y los rescoldos de los fanatismos kukuxclánicos y del darwinismo social.
Afortunadamente los líderes de los cientos de miles, quizás millones de hispanos que se han lanzado a las calles, se han mostrado sabios y prudentes. Por ejemplo ya convocaron a sus seguidores a guardar las banderas latinas y reemplazarlas por la de las barras y estrellas. La explosión previa de banderas extranjeras dio argumentos a los intolerantes, que volvieron a denunciar los supuestos ideales de “reconquista” de los territorios perdidos por México en el siglo XIX. Un absurdo que se basa en las bromas que suelen hacer en este sentido los paisanos en ese país. Nadie en sus cabales defendería idea tan descabellada. Los indocumentados y el resto de los hispanos desean ayudar a construir una nación plural e incluyente, donde también ellos tengan cabida y reconocimiento. Defienden su identidad pero no lo hacen como reivindicación nacionalista, sino como parte de su aportación cultural al gran “pot-purri” norteamericano.
Es un hecho que la economía estadounidense no puede sostenerse con tan sólo el aporte laboral de su población nativa, que se envejece rápidamente y que ha desplazado su campo de acción hacia áreas laborales calificadas y bien pagadas. La agricultura, la industria básica, el comercio y los servicios todavía demandan la participación de trabajadores de baja o media calificación. Los inmigrantes han llenado esos nichos, y han ayudado a mantener sueldos e inflación bajos. Para colmo todavía demandan pocos servicios y casi nada de seguridad social. La transferencia de valor que hacen hacia el resto de la sociedad es enorme, y eso es reconocido por la mayoría de los economistas y hombres de negocios de ese país. Tan sólo hay que reconocerlo y comenzar a diseñar medidas legislativas, diplomáticas y laborales que ayuden a ordenar y conducir los flujos laborales entre nuestros países. Los indocumentados no son una amenaza, ni son criminales o terroristas potenciales. Son en su gran mayoría personas honestas con deseos de salir adelante, ayudando a construir el verdadero “sueño (pan)americano”.

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