viernes, 9 de junio de 2006

¿Para qué debatir?

Es casi imposible evadir como tema de la semana el debate del martes pasado entre los postulante a la presidencia de la República, que ahora sí se presentaron completos a exponer y confrontar puntos de vista ante el auditorio televisivo. Sin duda este debate llamó más la atención y fue más interesante que el primero, que padeció la ausencia del entonces puntero en las encuestas y que por lo mismo pareció más un ejercicio de boxeo de sombras entre cuatro contendientes, de los que sólo dos podían albergar aspiraciones realistas a disputarle al puntero la opción de la victoria.
La democracia mexicana, la auténtica, la que inauguramos en las elecciones de 1991 con el debut del IFE como nuevo y renovado árbitro, ha acumulado ya 15 años de ejercicio, con saldos ampliamente positivos, como lo evidencia el alto grado de aceptación y legitimidad que ha acumulado ese instituto. A pesar de ello, en tres comicios presidenciales apenas se han realizado cinco ejercicios de debate presidencial, todos ellos frustrantes por la rigidez y artificialidad de los formatos. Todos me han parecido montajes severos y entumecidos, que impiden el intercambio libre de argumentos y contrargumentos entre los participantes, quienes se concentran más en dirigirse a los televidentes que a responderles a sus contrincantes. Han sido una sumatoria de monólogos, con alguna eventual pulla que con frecuencia es ignorada o descalificada. La argumentación es pobre, y más bien se busca el golpe mediático, la proyección de imágenes -seguridad en sí mismo, sonrisa imperturbable, apostura, semblante confiable, vestuario impecable, estampa presidencial- y la evidencia de facultades histriónicas y de oratoria elocuente. Poco importa que esa imagen esconda personalidades aviesas, intenciones ocultas, intereses comprometidos, inteligencia enana y cualquier cantidad de defectos que nunca se harán evidentes ante la brillantez de las luces del escenario y la complicidad de la cámara y el maquillaje.
Aunque reconozco la utilidad de estos ejercicios parciales, insisto en la necesidad de que avancemos hacia nuevos estadios de información y debate electorales. Si continuamos el camino pervertido de anudar las campañas políticas a los medios masivos, particularmente los electrónicos, estamos renunciando a la posibilidad de que los ciudadanos promedio no tengan más fuente de información política que la televisión o la radio, tan empapados de intereses particulares y agendas inconfesables. Me pareció patético, por ejemplo, que Televisa se arrogue el derecho de demandarles a los presidentes de los partidos que firmen un pacto que los comprometa -¡una vez más!- a cumplir con lo que demanda la ley, y reconocer sin embragues el triunfo de la opción política que el árbitro declare ganador. ¿Es Televisa una especie de procuraduría ciudadana que marca el paso y supervisa la acción de los agentes públicos? ¿Lo es Televisión Azteca? ¿El grupo ACIR o MVS? Por supuesto que no.
En los siguientes estadios de nuestra democratización permanente, debemos alejar a los partidos y candidatos de su actual dependencia de la imagen en medios electrónicos. La publicidad en esos medios debe regularse o incluso eliminarse, como en España. Los partidos y candidatos deberían tener acceso a cuotas equilibradas en cuanto a su acceso a medios, y que se imposibilite la contratación directa. La difusión de debates y demás espacios de información real debe ser obligatoria y parte de los tiempos oficiales, en horarios estelares y por las cadenas más amplias y populares, no como ahora, que se difundieron por medio de los canales segundones de las televisoras cuyos públicos objeto son la clase media y el componente infantil -los debates “Bob Esponja” se les ha llamado-. Los debates deberían ser obligatorios para todos los candidatos, hacerlos más abundantes y habría que flexibilizar su formato. Hay que hacerlos debatir entre sí para que mutuamente desnuden sus flaquezas y evidencien sus fortalezas. No se trata de hacer un show de lucha triple A, sino ejercitar las facultades del raciocinio y la dialéctica socrática. ¿Por qué no confrontar a los candidatos a un panel de académicos y periodistas destacados? ¿Por qué no verlos dialogar con las mejores mentes del país, con la inteligencia nacional? Con ello sí veríamos de qué cuero salen más correas, y nos permitiría a los ciudadanos calibrar sus bondades y descubrir sus raquitismos. Debemos procurar bajarle al peso de la propaganda vacua, superficial y estrafalaria, para incrementar la presencia de foros para la información y el debate auténtico. Para votar hay que pensar, no rumiar.

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