viernes, 16 de junio de 2006

Partidos, balones y dinero

El pesadísimo ambiente futbolero que viviremos -y padeceremos los no aficionados- durante casi un mes es un nuevo motivo para referirnos a la política, pero ahora aprovechando para hacer paralelismos y metáforas desde la cancha del deporte profesional. Podemos decir que en ambos campos hay “partidos”: unos que se refieren a las sectas y parcialidades políticas, y otros que más bien designan los encuentros y contiendas en que se enfrentan dos equipos de afanosos pateadores de pelota. Ambos tipos de partidos implican la noción de lucha, de pugna para obtener un objetivo, un “goal” o “gol”, que abre las puertas a la victoria. El balón es el objeto perpetrador de esa conquista; en la política democrática lo es el voto y su portador físico, la boleta. Claro que en el futbol los equipos son parejos y exigen la equidad por parte del arbitraje; pero en la competencia electoral es lo mismito. Se supone que todos los equipos cuentan con las mismas condiciones para el triunfo, y que lo único que marca la diferencia es el talento individual y de grupo, la fortaleza física y el temple mental. En el caso de la competencia electoral se supone que las palmas se las lleva el equipo que cuente con el mejor candidato, la oferta más atractiva, las promesas más sugerentes, la ideología más preciada. Sin embargo en ambos casos las cosas no suceden como dicta la teoría y las normas que regulan la refriega. Resulta que son los intereses extradeportivos y extrapolíticos los que inciden con más efectividad en los resultados que se experimentan en la realidad de la cancha o el sufragio.
Esos intereses oscuros tienen que ver con el mercantilismo y el dinero. Los ideales del deporte como actividad lúdica y superadora del ser humano se corrompen por los dictados de los oligopolios comerciales. Los grandes negocios que propicia el futbol profesional son la causa de su decadencia moral. En lo personal me confieso sentirme ajeno al fenómeno mediático del futbol opulento y extraviado que impulsa la FIFA y los mercaderes de la imagen. De ninguna manera me “pongo la verde” pues no me siento representado por ninguna “selección”, ni me quita el sueño el eventual papel que pueda ejecutar la “oncena nacional”. Los jugadores profesionales hace tiempo que perdieron su liga con los afanes originales, gozosos y de sana competencia del futbol llanero y popular. Hoy esos muchachos son peones de capitalistas pervertidos que lo que menos les interesa es fomentar el deporte como expresión de la muy natural necesidad humana -y animal- de atemperar el físico, desarrollar nuestras habilidades corporales y competir gregariamente para socializar y compartir nuestra alegría de ser lo que somos.
La política también se ha visto contaminada por el mercantilismo y el poder corruptor del capital. En esta posmodernidad que nos ha tocado vivir, la competencia política se dirime ante los medios y no ante los ciudadanos. La victoria podrá depender más de la habilidad de los mercadólogos y publicistas para “vender” un “producto”, un candidato en este caso, que del debate razonado de ideas, perfiles y propuestas. Pesa más la apariencia que la realidad. No es necesario ser honesto; es preferible parecerlo. La forma es fondo. Al final quien gane habrá dilapidado recursos que desembocan en los abultados bolsillos de los monopolios de la comunicación y la propaganda. Al igual que en el futbol profesional, se nos habrá vendido un sueño, una imagen, una quimera que nos alegrará el rato gracias a la temporal incertidumbre de la competencia. Al igual que cualquier animal que gusta de la cacería, los seres humanos nos alimentamos de la carne del rival y la saboreamos mejor con la adrenalina del combate. Pero siempre quedará esa ulterior sensación de vacío, de insatisfacción, que nos llevará a buscar nuevas cacerías, nuevos combates, nuevos partidos -match- y nuevas elecciones.
Soñando un poco diré que ojalá un día el futbol y el deporte regresen a ser lo que fueron: simples ocasiones para el goce y la convivencia social, sin que fuesen corroídos por las ratas del mercado. Y diré también que me encantaría ver a la política en esa misma utopía idealista, y que recuperara su esencia original como actividad que permite a las personas vivir juntas sin exterminarse mutuamente. Sólo eso, sin la halitosis de los vocingleros de la tele y la suciedad de las talegas de los mercaderes. Qué ingenuidad…

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