viernes, 29 de septiembre de 2006

Primero los pobres

Sin sorpresa alguna se ha inaugurado una nueva administración estatal, ahora a cargo de Juan Manuel Oliva, un joven periodista devenido en actor político --es decir en su original fuente de información-- luego de una carrera personal breve pero intensa. Su asunción del poder estatal no plantea ningún quiebre con sus antecesores panistas, ni anuncia la apertura de una nueva era en una hegemonía monopartidista que ya acumula 15 años en el pandero del ejecutivo local. Guanajuato se ha ido consolidando como el enclave más consistente del conservadurismo nacional, que ha mostrado que esa es la raíz profunda que pervive en todo mexicano del altiplano.
La amplia ventaja electoral (61.9%) con que el nuevo gobernador se alzó con la victoria le provee de una amplísima legitimidad. Seis años antes Juan Carlos Romero había ganado su elección con el 56.5% de los votos, y once antes Vicente Fox, con todo su carisma y popularidad, logró un 58%. El sencillo Juan Manuel Oliva ha conseguido un verdadero récord, particularmente si recordamos que en esta ocasión no existía un candidato presidencial carismático que “jalara” la elección local, como sucedió hace un sexenio. Al contrario: todo apunta a que Felipe Calderón fue el gran beneficiario de la popularidad del paciente candidato guanajuatense, ya que recibió poco más de un millón cien mil votos guanajuatenses, extremadamente valiosos en el escenario conflictivo desatado por su cercanísimo rival a su izquierda.
El nuevo gobernador plantea algunas incógnitas para los que nos dedicamos a escudriñar en los asuntos públicos. Su personalidad no parece especialmente atractiva en un tiempo donde predomina la imagen sobre el fondo. Su verbo no es necesariamente elocuente ni conceptuoso, aunque sí prolijo en información y planes de trabajo. No es carismático como Fox, ni intelectual como Romero. Tampoco tiene el atractivo físico de Medina. Pero por supuesto no inspira la desconfianza que despertaba Corrales Ayala. Su perfil es más sencillo y común, pero tal vez ese sea su mayor activo: es una persona como cualquier otra, de origen humilde, forjado a sí mismo y acostumbrado a la chamba dura y cotidiana. Ha talacheado y picado piedra desde abajo y desde su juventud más tierna. No podemos decir lo mismo de Romero, Fox o Medina, quienes pertenecen claramente a una clase social más acomodada, lejana a las angustias de los necesitados.
Nos preguntamos ahora si el nuevo gobernador sabrá inaugurar una fase novedosa en este ya largo predominio panista, o si se limitará a preservar lo acumulado inercialmente por sus antecesores. ¿Sabrá imprimir un sello particular a su gestión, buscando trascender lo ordinario y conducirnos a una nueva forma de interacción entre gobierno y sociedad? ¿O sencillamente se hará cargo del changarro prestado por las fuerzas reales y ocultas del conservadurismo sibilino, que procuran por el beneficio privado por sobre el público?
Se requiere de un nuevo liderazgo, con raíz popular, que sepa interpretar las señales que ha emitido la sociedad política mexicana: hay que ver por los pobres, hay que compartir los beneficios del desarrollo, hay que moderar los perjuicios del liberalismo extremo. Ya lo entendió Felipe Calderón, y anuncia que rebasará por la izquierda a su más cercano rival electoral. Guanajuato tiene cientos de miles, millones de pobres. Hace casi una década el gobierno estatal de Vicente Fox encargó un estudio a los principales especialistas en pobreza en nuestro país, Julio Boltvinik y Fernando Cortés, de El Colegio de México, para evaluar el grado de marginación social de Guanajuato. Los resultados no gustaron a esa administración y el estudio --el mapa de la pobreza-- fue ocultado. Era más importante el debate que el gobernador desarrollaba entonces con el gobierno federal y no darle argumentos al enemigo político Esteban Moctezuma. Pero los pobres de Guanajuato siguieron ahí, aunque se les negara.
Juan Manuel Oliva proviene de las clases populares que no han tenido más oportunidades que las que se han sabido crear ellas mismas. Su sensibilidad hacia los amolados --“amolado”: hecho salsa, molido, aplastado-- se puso en evidencia en su determinación de destinar cien millones de pesos adicionales a becas para estudiantes necesitados. Ese es el camino correcto. Ojalá acompañe esta decisión con una política sólida en el campo del desarrollo social, y que sepa revertir la mala fama de los partidos conservadores de ver más por la comodidad de los acomodados que por el menester de los menesterosos.

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