viernes, 1 de junio de 2007

UG: Nuevo ciclo

El día de ayer sesionó el Consejo Universitario de nuestra máxima casa de estudios estatal, y el punto principal que abordó fue la selección de la comisión especial que coordinará los trabajos del proceso de selección –que no elección del próximo rector, quien muy probablemente asumiría el cargo con la nueva calidad de Rector General, de acuerdo a la nueva ley orgánica que está por aprobar el congreso.
Ya comienzan a manifestarse voces que expresan interés por hacerse de la conducción de la institución universitaria. El primero fue el maestro Emeterio Guevara Ramos, uno de los profesores de más rancio abolengo en la Facultad de Relaciones Industriales. Es muy probable que pronto veamos a más protagonistas mostrar su interés por participar, incluyendo al titular actual, y no sería raro que llegasen a sumar una media docena de suspirantes.
¿Qué motiva a estos personajes a participar en el proceso? Si fuéramos banales y cínicos diríamos que bien pesan en su ánimo los 130 mil pesos mensuales que puede significar el acceso al puesto, así como un considerable control sobre un presupuesto institucional anual de 1,800 millones de pesos, o el poder sobre una comunidad de alrededor de 3 mil trabajadores y 23 mil estudiantes. Pero afortunadamente no somos banales ni cínicos, y preferimos creer que los candidatos se presentan por una auténtica pasión por el servicio público, un compromiso personal con la educación superior pública, una mística en la procuración de la excelencia académica, un acendrado amor por la colmena legendaria, y hasta por gusto por contribuir en el debate sobre la casa de estudios. En lo personal, prefiero creer que más bien se trata de una mezcla muy humana entre las motivaciones egoístas y las generosas, pues ninguno de nosotros escapamos de la falibilidad y las debilidades de la naturaleza humana, así como de sus fortalezas y bondades.
No me cabe duda de que el actual rector, el doctor Arturo Lara, buscará la reelección a que tiene derecho por la actual legislación. Es su prerrogativa y es totalmente esperable que la demande, ante el cúmulo de proyectos que se han venido desatando en su rectorado y que se mantienen en proceso, incluyendo la necesidad de consolidar la reforma universitaria. Es un hombre que no parece tener una agenda política futura más allá de la propia rectoría; bueno, eso si el PAN no decide cooptarlo como hizo con los rectores Juan Carlos Romero y Silvia Álvarez. Pero da la impresión de que con Lara no será así. Y eso es bueno. La UG ha sido históricamente una cantera para la clase política estatal, tanto priísta como panista, pero eso ha tenido efectos indeseables que se han traducido en los hechos en una subordinación que contradice los objetivos de la autonomía: libertad de pensamiento, autogobierno, compromiso con la calidad y con la búsqueda de la verdad. La injerencia de los poderes fácticos desvía a la institución hacia otros rumbos que poco tienen que ver con lo académico y lo científico.
La competencia siempre será benéfica para cualquier proceso de selección. Por eso me alegra que se estén manejando varios nombres, y además de universitarios con altos perfiles: Manuel Vidaurri, Luis Felipe Guerrero, Pedro Luis López de Alba… Todos con doctorado y con perfil académico notable. Ojalá algunos de ellos, y otros más, se animen a participar, pues se requiere estimular el debate sobre la universidad que queremos y que podemos ofrecer a la sociedad. Nadie puede salir perdiendo si el proceso obliga a la reflexión conjunta, y también a que el seleccionado final se vea en la necesidad de recuperar los puntos más valiosos de las perspectivas contrastadas. No puedo imaginar peor escenario que aquél que vimos en 1995, cuando el rector Romero buscó su reelección en medio de un vacío deplorable, haciendo un round de sombra con un único aspirante, de bajo perfil y que sólo despertó pena ajena. Es cierto que es difícil competir con un rector en funciones, y que la normatividad actual no garantiza la equidad entre los candidatos -sobre todo cuando recordamos cómo se volcó el aparato burocrático interno a favor del “patrón” en el 95-, pero me parece que esa circunstancia ya no es posible en estos momentos, cuando seguramente el proceso será hiper vigilado por la prensa y por los propios universitarios.
Me parece que la selección del nuevo rector, o la ratificación del actual, debe ser asumida como una oportunidad para reactivar los debates que se vieron interrumpidos por la necesidad de mostrar un frente unificado ante la reforma de la ley orgánica que realizó el Congreso. Cabe ahora exhibir y defender nuestra pluralidad y nuestras necesarias diferencias, de tal manera que la nueva autoridad -que no es la única ni la más importante- inicie sus responsabilidades con la obligación de mantenerse sensible ante ese concierto de múltiples voces, y rescatar la armonía sinfónica que pueda unificarlas.

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