viernes, 30 de mayo de 2008

Reforma concreta

Finalmente, la reforma institucional de la Universidad de Guanajuato ha sido aprobada por el Consejo Universitario. Se culminó así un acelerado y a veces accidentado proceso de debate y análisis interno, no exento de problemas e incluso de exabruptos verbales entre los miembros de la comunidad. Como en cualquier empresa humana, se defendieron posiciones de poder, así como intereses de grupo, a veces con éxito y otras no tanto. Varios directivos actuales de las unidades, por ejemplo, no mostraron demasiado entusiasmo en soltar las cuerdas del control de sus nichos tradicionales, buscaron que los cambios no alterasen la distribución institucional que hoy les beneficia, e incluso pretendieron que sólo se diera un cambio nominal, de puras etiquetas de las instancias. Otros más comprendieron bien el momento histórico y aceptaron transformaciones que les afectan en lo inmediato, pero que benefician a las comunidades académicas en su desarrollo futuro.
Hubo debates acalorados tanto por vía electrónica como en los pasillos y espacios de la institución. En mi área, por ejemplo, llamó la atención la pretensión de la rancia Facultad de Derecho de constituirse en una división, a contrapelo de otras facultades incluso más pobladas que aquélla, como la de química, la de arquitectura, la de contabilidad, etcétera, que sencillamente se transforman en uno o varios departamentos, bajo divisiones con una clara intención integradora –“Ciencias naturales y exactas”, por ejemplo, en lugar de una “División de Ciencias Químicas” . La facultad de derecho ni siquiera reunía los requisitos formales para conformar la tal división. Eso despertó una gran polémica, en la que participé junto con varios colegas. Al final la argumentación racional y pragmática imperó, y se aceptó que la dinámica particular y la proyección futura de una de las facultades con más tradición en la universidad, con más de 180 años de historia, demandaba un trato especial que evitara colocarle cinchos a su desarrollo. La propia normatividad permite este tipo de excepcionalidades. Podremos estar o no de acuerdo con la decisión final, pero lo destacable es que se dio la polémica y que se expusieron argumentos de forma respetuosa pero decidida. En suma, en este proceso mejoramos nuestras capacidades argumentativas, sin desbordamientos. Civilización pura.
Los espacios académicos que se verán más beneficiados por el nuevo organigrama serán los foráneos. La nueva organización busca combatir el centralismo, y les dará a los cuatro campus la autonomía mínima que les permita adecuar sus respuestas a las demandas de las regiones que atienden. En la práctica estamos observando el nacimiento de al menos tres nuevas universidades: la UG en León, la UG en Irapuato-Salamanca, y la UG en Celaya. Pronto, así lo espero, veremos el nacimiento de UG en el Sur, y eventualmente de la UG en el Norte. Todo a la manera como han surgido las versiones regionales de la Universidad de California, de la Universidad de Texas, de la Universidad de París, etcétera, en diferentes puntos clave de la geografía de esos territorios.
Se da inicio ahora a lo que seguramente será el proceso más dificultoso: el del nombramiento de las nuevas autoridades unipersonales y colegiadas. Se trata nuevamente de la asignación de posiciones de poder, y es inevitable que se despierten las ambiciones personales o de grupo. Las instituciones deben aprender a trabajar con las veleidades de la naturaleza humana de sus componentes individuales. No me sorprendería presenciar arrebatingas, descalificaciones, agandalles, rivalidades y descontones. Las patadas debajo de la mesa y los codazos por encima de la misma podrían evidenciarse como recursos favorecidos para lograr nominaciones. Ya lo vivimos en la universidad en sus procesos de selección de rector el año pasado, así como en 2003 y en 1999. Los candidatos y precandidatos no suelen ser amables con los rivales; antes al contrario. Los mexicanos en general no hemos aprendido a renovar nuestras autoridades y representantes sin acudir a las estrategias más ruines, como las vistas en las elecciones federales y locales del 2006.
Lo que más me entusiasma de estos cambios es que el elefante finalmente se mueve. Una universidad que prácticamente no había cambiado en su modalidad organizacional interna –excepto por el simple cambio numérico del crecimiento desde su nacimiento en 1946, se ha decidido a explorar un terreno desconocido y escabroso, pero que puede llevar al despegue de sus capacidades hoy trabadas por el viejo esquema. Es preferible arriesgarse a los resbalones y descalabros de recorrer una nueva vía, que resignarse a la cómoda estabilidad de lo bien conocido. La apuesta vale la pena.
Ojalá que el doctor Arturo Lara sepa conducir el proceso con talento y altura de miras, como hasta ahora lo ha hecho. Muchos de sus cercanos buscarán beneficiarse, así como los naturales oportunistas que se lanzarán al ruedo en busca de posiciones, sueldos y poder. Tanto el rector general como la junta directiva deben ser muy cuidadosos para no verse afectados o determinados por los inevitables abusadores. Las nuevas autoridades deberán ser, antes que nada, académicos auténticos –no burócratas disfrazados de académicos para los cuales las posiciones administrativas sean más un sacrificio personal generoso, que un proyecto de vida en sí. Yo opinaría que se les debe exigir –como criterio la posesión de un doctorado, el conocimiento probado de la institución, el haber dedicado la mayor parte de su vida a la academia y el poseer reconocimientos externos. Hay que buscar conformar una nueva clase administrativa, con más compromiso con lo académico que con lo político-coyuntural. En fin, la mía es una opinión más.

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