viernes, 3 de octubre de 2008

Enseñar a investigar

Los días de ayer y hoy se desarrolla el Coloquio “Enseñar a investigar en la complejidad contemporánea”, que impulsa la Universidad de Guanajuato en las instalaciones de su Facultad de Derecho. Se estará discutiendo sobre los problemas concretos con que se enfrenta el docente-investigador para formar o confirmar la vocación investigativa que de forma natural subyace en todos los estudiantes. Desgraciadamente, cuando los chicos llegan a la educación superior traen consigo arrastrando años de una enseñanza autoritaria, desmotivadora de la generación de conocimiento crítico e innovador. Somos herederos de una tradición escolástica y conductista que privilegia la memorización de conocimientos que son considerados “consagrados” por la tradición de la palabra publicada; es decir, que el promedio de nuestros docentes nunca se atrevería a sembrar en las mentes de sus alumnos la sombra de una crítica hacia la tradición académica -científica o no- que se eterniza en las aulas. A todos nosotros se nos impuso durante nuestra infancia y adolescencia la idea errada de que no hay nada nuevo bajo el sol y que no se puede cuestionar lo establecido por la costumbre y la rutina. Prueba de ello es que en las aulas mexicanas no se fomenta, sino que se evade, el debate abierto sobre temas que son considerados tabúes, o al menos poco apropiados, como el de la sexualidad humana, la religión, la política y muchos temas o personajes de la historia real de nuestro país. Al chico se le prepara para convertirse en un trabajador calificado, pero nunca crítico ni consciente de su realidad. De esta manera, la educación no se transforma en recurso para la liberación -a la manera como lo concebía Paulo Freire-, sino para la perpetuación de las relaciones de dominación social.
La investigación es una actitud y una práctica. Desde que nacemos, somos criaturas cuestionadoras y curiosas: todo lo queremos saber, todo lo queremos comprender. Y muchas de las preguntas inocentes de los niños ponen en aprietos a los adultos, ya deformados por los prejuicios y por los conocimientos considerados “válidos” y tradicionales. Con el tiempo, el niño abandona su curiosidad natural y se convierte en un ser conformista y reprimido. Devolverle a un joven estudiante esas facultades, tanto tiempo combatidas por un sistema alienante, es un reto que debemos confrontar con pocas herramientas los profesores-investigadores en el nivel superior. ¿Cómo lograr que se reviva el natural instinto cuestionador en los alumnos? Eso estaremos discutiendo en este evento universitario.
No es fácil enseñar a investigar a muchachos que tienen la impresión de que poco o nada pueden aportar al conocimiento científico y a la tecnología que el mismo genera. México es un país consumidor, y no generador de ciencia y técnica. El gobierno invierte poquísimo en estas actividades, y los empresarios prácticamente nada. Nuestro sistema productivo prefiere comprar el know-how antes que generarlo. Por ello, la educación se ha preocupado poco por formar capital humano proclive a la investigación y la construcción de ciencia. ¿Para qué, si todo marcha tan bien si aceptamos nuestro papel pasivo ante la innovación del conocimiento? ¿Para qué arriesgarse a crear profesionales inquisitivos, críticos y analíticos, que luego pueden dedicar sus aptitudes cuestionadoras hacia la censura del sistema imperante? Un pueblo ignorante y conformista es más cómodo de gobernar, más fácil de engañar, más sencillo de esquilmar.
El epistemólogo Gastón Bachelard identificaba como el principal “obstáculo epistemológico” para la generación de saber científico el llamado “conocimiento ordinario”, que se caracteriza precisamente por su tendencia conservadora y acrítica. La experiencia y los juicios que vamos construyendo a lo largo de la vida tienden a esclerotizarse y a establecerse como verdades inmóviles. Eso es lo peor que puede sucederle a nuestra capacidad de avance hacia nuevos y más válidos conocimientos, particularmente en la ciencia. Hay que evitar caer en ese conformismo. Y hay que hacerlo mediante el fomento de la mentalidad inquisitiva, cuestionadora y de curiosidad permanente que debe caracterizar a los sabios verdaderos. Eso es lo que hay que buscar con nuestros jóvenes estudiantes, antes de que terminen de caer en el inmovilismo intelectual. Yo le he apostado a una técnica sencilla: desde la clase primera “moverles el tapete” a los chicos con quienes he compartido los quince cursos que he impartido sobre metodología de la investigación. Lo hago aprovechando mi formación antropológica, que me permite cuestionarles muchos de los tabúes y prejuicios con los que la cultura “ordinaria” ha condicionado su conducta. Por ejemplo, les lanzo ideas inquietantes como que el tabú del incesto es un constructo cultural, inexistente en el estado de naturaleza; o que la religión es un recurso también cultural para ordenar conductas y justificar un orden establecido; o que mucho de nuestra conducta cotidiana está determinado por nuestra obsesión por el sexo; o que el matrimonio romántico es un invento de la sociedad capitalista; o que el ser humano no nace como tal, sino que se hace; o que… etcétera. ¡Se arman unos debates bien sabrosos! Cuando se les cuestiona sobre elementos de su vida diaria que son considerados imbatibles, inamovibles, los muchachos comienzan a dudar, y con la duda les nace la curiosidad, y con la curiosidad viene el deseo de aprender cosas nuevas, y con ello florece la actitud científica. Así puede vencerse la molicie y la flojera mentales con las que nos educaron nuestros viejos maestros para domesticar nuestro instinto más humano: preguntar, investigar, conocer. De ahí, el paso siguiente es mucho más fácil, el de aprender los métodos y técnicas con que las ciencias nos han provisto desde la revolución de Copérnico, de Galileo y de Gutenberg: la experimentación, la comparación, la verificación y la democratización del conocimiento. Y así la verdad en efecto nos hará libres.

3 comentarios:

Fátima Ruvalcaba dijo...

Hola! Soy alumna de Miguel de la UG y claro estoy de acuerdo con él. Desgraciadamente nosotros los jóvenes no tenemos una amplia gama de conocimientos ya que somos la mayor parte de las veces conformistas, pero gracias a personas como Miguel Rionda aprendemos a crearnos juicios propios y a tener la necesidad de investigar y salir de dudas, aplicarlas a nuestro entorno y poder desarrollarnos como entes sociales un más preparados para las condiciones que lo puedan implicar.

alma dijo...

Hola. Soy docente del CECYTEG plantel Irapuato 1.
El articulo es excelente, nos motiva para ayudar a nuestros alumnos de nivel medio superior, a motivarlos a que investigen, pero reconocemos que lo primero es enseñarles a investigar, lo triste es que ya no existe la materia de metodos de investigación en la curricula

Luis M. Rionda dijo...

Agradezco mucho los amables comentarios de la familia Ruvalcaba y de Alma, del CECYTEG. Me encanta saber que somos muchos los que compartimos la inquietud de fomentar un auténtico y crítico espíritu científico entre los muchachos y muchachas en educación media. Un saludo afectuoso.