viernes, 7 de noviembre de 2008

Bajas de guerra

Los lamentables fallecimientos del joven secretario de gobernación, Juan Camilo Mouriño; el recién estrenado secretario Técnico de la Comisión de la Reforma Penal, José Luis Santiago Vasconcelos, y los otros funcionarios y trabajadores de la Secretaría de Gobernación, ha significado un shock que será difícil de asimilar para la sociedad mexicana. Cuando oí la noticia de la voz de mi esposa, me encontraba concentrado en la elaboración de un informe urgente. No dí crédito: me sentí pasmado y opté por abandonar el informe. Encendí la radio y para mi asombro se confirmó lo que en un primer momento creí que era un posible rumor. Estoy seguro de que esa misma sensación fue la que experimentamos muchos de los mexicanos que nos manteníamos informados sobre las urgencias que atendía esa secretaría, sobre todo en materia de seguridad, pues se acercaba el plazo perentorio marcado por el gobierno federal para reportar avances sustantivos en el combate a la delincuencia organizada.
Por supuesto que todos pensamos de inmediato en que se trataba de un evidente ataque de los criminales que han mantenido en jaque al Estado mexicano desde hace casi dos años. Me imaginé que los embates de Morelia y este “atentado” estaban relacionados. También quise ver algún vínculo entre este suceso y la muerte del exsecretario de Seguridad Pública, Ramón Martín Huerta, sacrificado en circunstancias que se parecen en demasía a las que ahora vemos. Ni modo: los mexicanos somos asiduos creyentes en las conspiraciones. Pero no se nos puede culpar porque un ligero vistazo a la historia nacional nos exhibe múltiples ejemplos de “accidentes” que resultaron demasiado convenientes para algún actor político o social interesado. Como somos herederos de una larga travesía de impunidades y sucesos nunca clarificados a cabalidad, no es inexplicable que nos prestemos a las teorías más arcanas sobre maquinaciones y confabulaciones que se esconden detrás de los sucesos de alto impacto.
Conforme se han dado a conocer más detalles, parecería afianzarse la hipótesis del accidente. Sin embargo, el propio presidente Calderón en su mensaje del martes fue en extremo cuidadoso en la selección de los términos con los que se refirió al suceso: “desgracia”, “percance” y otros que transparentaron su voluntad de no eliminar ninguna alternativa, incluida la del atentado. Fue el secretario Luis Téllez el primero en referirse al hecho como un “accidente”, apenas un día después del mismo.
Al escuchar la grabación que compartió el secretario de Comunicaciones con el público nacional, llama mucho la atención que los pilotos no reportaran emergencia alguna. Me parece que ese es un primer indicio de que el evento tuvo un desenlace abrupto, instantáneo y posiblemente provocado. No es creíble que un avión moderno, con 10 años de uso, se venga abajo así nomás. No había mal tiempo, ni vientos, ni obstáculos a la visibilidad. Se nos ha informado que el avión se encontraba dando el último viraje para atacar una pista del aeropuerto de la ciudad de México, y que estaba cumpliendo estrictamente las instrucciones del personal controlador de vuelos. ¿Entonces qué pasó?
Mi temor es que pronto se aduzca la explicación más facilona en estos casos: “fue un error humano”, nos dirán. Es decir, que el piloto se confundió, se norteó, se ofuscó, o tal vez estornudó sobre los controles y desquició el sistema electrónico. Con la tecnología que cargan esos jets modernos, dudo mucho que el elemento humano sea causa fundamental de estos “accidentes”. O bien dirán que fue un error en el mantenimiento, que un mecánico olvidó apretar la tuerca fundamental del sistema de viraje de las alas, y a lo mejor por eso “se reventó el chicote” que las controla. No me estoy pitorreando: lo digo en serio. Tengo la sospecha de que se nos dará una explicación absurda, pues de lo que se trata es de atajar los rumores y preservar la imagen de los altos funcionarios como intocables para el crimen organizado.
Al mismo tiempo, a diario conocemos de la acumulación de asesinatos de servidores públicos de menor nivel relacionados con la seguridad pública: directores, comandantes, agentes, que son masacrados por pistoleros armados hasta con lanzagranadas. Ellos reciben una muerte menos glamorosa, pero igual de deplorable e injusta. Es posible que las muertes de aquéllos funcionarios no se sumen a la enorme lista de bajas en esta guerra, pero no puedo dejar de pensar que ellos también fueron sacrificados en batalla.

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