viernes, 27 de marzo de 2009

Historia política y política de la historia


Una de las materias que imparto en la Universidad de Guanajuato se denomina “Historia Política Regional”. La ofrecí por primera vez hace nueve años, y ahora la he propuesto como seminario semestral dentro de la Maestría en Historia del Departamento homónimo de la UG, Campus Guanajuato. Trabajo muy a gusto con dos espléndidos estudiantes fuereños: Victoria Moreno, de Chicago, y Oscar A. Reyes, periodista de Querétaro. Tenemos el objetivo de comprender a la historia política como la aproximación al pasado desde el punto de vista de la construcción y los usos del poder social, más que como la narrativa de de hechos protagonizados por los poderosos. Para ello aprovechamos herramientas analíticas y empíricas provenientes no sólo del campo de la historiografía, sino también de la sociología y la antropología políticas.
Esta semana suspendimos nuestras sesiones para poder acudir a un curso intensivo que nos está brindando el profesor Jordi Canal, un especialista de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París, de gran reconocimiento internacional por sus estudios en historia política europea. Quien haga una búsqueda en internet se encontrará abundantes materiales y referencias a este notable historiador. El periódico El País reporta que sus últimos libros son «Los éxodos políticos en España, siglos XV-XX» (2007), «Una historia política del carlismo, 1876-1939» (2006), y con Gilles Pécout y Maurizio Ridolfi, «Sociétés rurales du XXe siècle» (2004).
El cuerpo profesoral y los estudiantes de la maestría acompañamos las sesiones del estudioso, pero estuvieron abiertas al público en general, que en efecto acudió. El doctor Jordi expuso con notable sencillez las nuevas aproximaciones teóricas y metodológicas de la historia política, esa disciplina que se ha alejado tanto de sus viejas raíces grandilocuentes y panegiristas de los poderosos -la “historia de bronce” de la que hablaba don Luis González y González-, como también de las innovaciones introducidas en los cuarenta y cincuenta por la escuela francesa de los Anales -Marc Bloch, Lucien Fevre- y sus enfoques sociales, primero de corte materialista y luego concentrado en las ideas. La historia política actual se hace nuevas preguntas acerca de los actores de la acción política, tanto los comunitarios -movimientos sociales- como individuales –el liderazgo-. De esta manera se ejercen acercamientos a fenómenos como el nacionalismo, las tiranías, las democracias, las conflagraciones -guerras civiles, rebeliones o revoluciones-, buscando la comprensión cualitativa, interpretativa, de los resortes causales de sus comportamientos incidentales o estructurales. Es una historiografía que hace uso intenso de la hermenéutica y el análisis de discurso. Al menos así lo entendí de parte del expositor. Y creo que no es una búsqueda errada o inútil, ya que la historia como objeto no existe; lo que sí tiene existencia objetiva es el recuerdo, las interpretaciones, las percepciones y los registros. Y éstos, aunque con base material, “padecen” el mismo problema de las remembranzas: son también interpretaciones, glosas o registros de visiones interesadas. La historia política, al tratar con una de las expresiones más representativas de nuestra humanidad: la política como arte y ciencia de la convivencia sin violencia, debe lidiar con las polarizaciones y la competencia entre adversarios.
La historiografía ha experimentado y padecido en carne propia los usos y abusos del poder social. Sin embargo, la revolución científica en este campo del conocimiento ha permitido sustraerle de su nicho parcializado original, y le ha colocado en una situación de mayor distancia e independencia respecto a los sujetos estudiados. La objetividad, el rigor, el método y la teoría contemporáneos permiten configurar una nueva escuela historiográfica que abandone los intereses inmediatistas o partidarios, en favor de los objetivos de largo plazo en la construcción del conocimiento histórico. El poder social como objeto de estudio, y los movimientos populares, conjuntos sociales y elites dirigentes como sujetos de la investigación, todos ellos inmersos en un entramado significativo de lazos de solidaridad –sociabilidad los llama Jordi Canal- o relaciones de competencia, son ahora los destinatarios privilegiados de la atención del estudioso, que renuncia así a la tradición romántica de las historias ególatras del pasado. Por cierto hay una tarea pendiente: construir la historia política de la historiografía, donde hay mucho qué decir.

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