martes, 25 de agosto de 2009

Magisterio a prueba, 2

Magisterio a prueba, 2


Publicado en el de Guanajuato.

En línea con mi colaboración de hace una semana, quiero seguir bordando sobre el tema de la calidad del magisterio nacional en los niveles básico y medio básico. Es imposible ignorar los inquietantes resultados de la prueba aplicada a los profesores que aspiran a una plaza definitiva en los servicios de la SEP y los estados. Más de un 70% mostraron un desempeño insatisfactorio, desde la visión de los examinadores. No es de extrañar: quienes hemos estado en contacto con el sector de la educación pública de nuestro país, ya sea como servidores públicos o como padres de familia, hemos testimoniado de primera mano las carencias en formación profesional que padecen los profesores de banquillo y los mismos directivos escolares y de sector. En alguna ocasión, allá por 1987, la entonces Secretaría de Educación, Cultura y Recreación de Guanajuato bajo la conducción de José Trueba Dávalos, aplicó el primer examen de ingreso a las plazas estatales disponibles. Yo participé en el diseño del instrumento, que quisimos se centrara más en habilidades y en criterios pedagógicos, que en conocimientos puntuales. Según recuerdo, los resultados fueron similares a los que hoy publicita la SEP. Desde la visión de los examinadores de entonces, sólo unos cuantos egresados de las normales mostraban oficio, capacidad y vocación auténticos hacia la enseñanza; la gran mayoría había estudiado para profesor simplemente porque era la única opción a su alcance. Para ellos sólo era una chamba más, que bien podrían cambiar por otra mejor pagada si se diera el caso; como en efecto sucede con frecuencia.
Recuerdo el caso de un par de profesores que atendían una escuela primaria unitaria en la comunidad de la Mesa de San José, en la sierra de Guanajuato. En teoría cada uno de ellos atendía dos grados, hasta el cuarto. Enseñaban a no más de 20 alumnos en total. Los dos se trasladaban todos los días desde alguna ciudad no tan cercana. Por eso llegaron a la ocurrencia de alternarse: “un día vas tú y el otro yo”, se dijeron. Así, un solo maestro atendía a 20 chicos de cuatro grados, y ni eso, pues a veces faltaban los dos por necesidades “del sindicato”. El delegado municipal me puso al tanto de esta situación y yo la comuniqué a la autoridad competente, que tomó las medidas pertinentes.
La ausencia de mística profesional, de amor al trabajo, ya se ha convertido en situación demasiado frecuente. Si a esto unimos la carencia de conocimientos y habilidades básicas -como el lastimoso desconocimiento de nuestra lengua castellana-, podemos encontrar una de las explicaciones a nuestro desastre educativo nacional. Por supuesto, no hay que ignorar que los gobiernos, primero los del revolucionario y después los de sus aventajados discípulos de izquierda y derecha, han convertido al gremio y su sindicato en instrumentos de control político y electoral. Ellos son los "Simitrios" que han engañado al profesor ciego y a su apostolado.

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