viernes, 4 de septiembre de 2009

Calderón y su New Deal

Calderón y su New Deal


de León.

El tercer informe del presidente Calderón fue novedoso en muchos aspectos, aunque no todos positivos. Cambió la forma y también el fondo. En cuanto a la forma la exposición dejó de hacerse frente al Congreso de la Unión, destinatario real del expediente, y se armó ahora un gran templete externo desde donde se dirigió a la sociedad mexicana entera. Por ello el ejercicio no ha perdido todo el fausto y oropel que le adornaron en los viejos tiempos: aquel “día del presidente”, cuando la nación entera feriaba dizque para presenciar la trasmisión televisiva y radiofónica “en cadena nacional”, que iniciaba desde muy temprano con entrevistas pomposas al gobernante desde la intimidad de su hogar, al que nos permitía asomarnos en esa ocasión tan especial. De la residencia de Los Pinos el dignatario se trasladaba con gran boato a la sede del Poder Legislativo, donde era recibido más que con respeto, con sumisión y gratitud por parte de los diputados y senadores, la gran mayoría de los cuales le debían el cargo y su futuro político.
Las largas lecturas de Echeverría o López Portillo agotaban a cualquiera excepto a ellos mismos, enamorados de su propia voz. Sus mensajes eran panegiristas y exultantes, sin relación clara con la realidad que percibía el común de los mexicanos. Pero el señor presidente ni se inmutaba, rodeado de la bien conocida burbuja que rodea al “solitario de palacio”. Luego de varias horas de tortura para los sufridos traseros legislativos, el presidente del Congreso emitía un mensaje “de respuesta” al informe, que era todo menos eso: más bien se trataba de la gran oportunidad para ese político -o política- para balconearse y ser bendecido por el gran proveedor. Leer esa lisonja era prueba irrefutable de cercanía a la querencia presidencial, llave de un futuro prometedor.
Al terminar el “protocolo” del informe -inexistente pero inventado a lo largo de los años-, el presidente-emperador se montaba sobre un enorme descapotable negro y se sumergía en el baño de confeti tricolor que arrojaban empleados públicos “voluntarios” desde balcones y azoteas. Miles y miles de acarreados vitoreaban la figura del prohombre, el gran taumaturgo y salvador de la Nación. Luego, en Palacio Nacional se procedía a la “salutación”, ese largo besamanos que practicaba la clase política en pleno so pena de excomunión.
Y al día siguiente las unanimidades en los medios: “fue un texto realista”, “es un gran líder”, “anunció medidas dolorosas pero necesarias”, “ya estampó su nombre en la historia como el mejor presidente desde Madero”, “es insustituible: debería existir la reelección”, etcétera. Mieles y flores, aunque el país se estuviese derrumbando.
Esas formas ya acabaron, pero no así el fondo. Se sigue abordando la realidad nacional desde una perspectiva parcial e interesada. El presidente Calderón, en la primera parte de su discurso –bien estructurado, bien ensayado, bien actuado-, nos dio multitud de explicaciones sobre el desbarajuste que atravesamos en el campo económico -crisis que vino de fuera-, en el de seguridad –violencia y narco prohijados desde el exterior-, en el político -reforma política mal hecha, hay que reinventarla y correr de nuevo a los consejeros del IFE-, en el educativo -hay que cambiar todo, menos a la maestra-, en el fiscal -un erario petrolizado y abusivo con la clase media-, en el energético -no hay PEMEX ni Cantarell que aguanten mantener al gobierno y al sindicato-, y demás desastres nacionales. Ahora que llegamos a la mitad de su administración no hay muchas buenas noticias, pero presumió el Seguro Popular -cuya viabilidad y cobertura real no están claras-, la atención a la influenza “mexicana” -producto con calidad de exportación-, y el programa de infraestructura -que vino a sustituir al prometido programa de empleos formales-, ahora bajo el ropaje de medida “anticíclica” que hoy sufre recortes presupuestales que lo inutilizan.
El presidente convoca ahora a la Nación a emprender reformas de fondo, que nos rescaten de los múltiples aprietos estructurales en los que estamos metidos. ¿Será posible emprender tal aventura a tres años de terminar su encargo, y con un Congreso opositor? Son demasiados codos rozando el tintero, diría Mafalda. Pero no podemos disentir en el fondo de la convocatoria: México requiere de cirugía mayor, incluso a nivel constitucional, de pacto social y de concepción del Estado. Pero, ¿tendremos a mano el liderazgo proporcional para tal desafío?

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