martes, 22 de septiembre de 2009

¡Que viene el lobo!


¡Que viene el lobo!


Publicado en el de Guanajuato.


In memoriam, don Esteban Cervantes Barrera
Me pasman las declaraciones recientes del secretario de Gobernación sobre los sucesos del metro. Cuando las escuché no daba crédito a mis oídos: que el ataque a balazos que ultimó a dos ciudadanos valientes en la estación Balderas debe ser considerado como un hecho aislado y que no representa nada, ni siquiera un indicativo de la anomia social que nos atosiga.
No puedo más que diferir con el señor secretario. Son muchos ya los indicios de una creciente descomposición en el tejido social, que va más allá de la delincuencia organizada. En lo que va del mes hemos padecido el secuestro en el vuelo de Aeroméxico, con el pastor iluminado y su “Jumex-bomba”; luego los bombazos en una agencia de autos, en un banco y en una boutique de Polanco, y en León la destrucción absurda de dos cajeros automáticos, con todo y el dinero dentro. No son parte de la guerra entre el Estado y los cárteles del crimen organizado, sino actos aparentemente aislados que perpetran personas afectadas ya sea por el iluminismo religioso -incluyendo al matón del metro, un fanático religioso que se quiere pasar por demente-, o por un inescrutable altermundismo anticapitalista que se adivina en los ataques a bancos y comercios.
El sábado pasado fui expositor en un foro que organizó el PRD en la ciudad de Guanajuato, donde dio inicio un proceso de reflexión interna al que fuimos convocados analistas externos. Un miembro del público me cuestionó si consideraba yo que hay indicios de un posible estallamiento social por venir. Sin pensarlo mucho contesté que sí, que estos sucesos inquietantes deben ser tomados muy en serio, pues no están relacionados con los factores que dieron pie al enfrentamiento actual entre las fuerzas del Estado y los capos del crimen. Los cárteles y el gobierno son corporaciones orgánicas, con jerarquías y disciplina internas, previsibles y racionales. Pero cuando vemos irrumpir expresiones del “crimen desorganizado”, que carece de esa organicidad e incluso de banderas y objetivos claros, ni siquiera el deseo de beneficiarse económica o políticamente, hay razones adicionales para preocuparse. La sociedad comienza a desprender tufos de anomía y de violencia sin sentido aparente. Los personajes que protagonizan estos sucesos de violencia obtusa anuncian la emergencia de mesianismos que eventualmente podrían convocar simpatías o identidades de los sectores más vulnerables y perjudicados del conjunto social. La violencia social anómica es la más peligrosa. Mucho más que la violencia orgánica de los cárteles y los delincuentes con objetivos políticos o patrimoniales.
La SeGob, el CISEN y la PGR deben abrir bien los ojos, y no refugiarse en la cómoda negación de coyunturas que cualquier ciudadano común puede percibir como peligrosas e inquietantes. Entiendo que el secretario quiera evitar contribuir al miedo social y a la rumorología, y espero que su reacción vaya en este sentido. Pero por si no, hay que seguir gritando como León Felipe: “¡que viene el lobo!”

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