viernes, 5 de febrero de 2010

Paso del Norte y su tragedia

Paso del Norte y su tragedia

Publicado en Milenio de León, y en iGeTeO.
Conocí Ciudad Juárez en marzo de 2006, cuando participé en un programa que comenzó a desarrollar la Embajada de los Estados Unidos entre profesores universitarios mexicanos que estudian cuestiones relativas a la frontera o a las relaciones entre nuestros dos países. Fui seleccionado junto con otra docena de académicos, que nos trasladamos a la Universidad de Texas en El Paso para iniciar un interesante recorrido por la frontera, sus ciudades, sus lugares de cruce legal e ilegal y los centros de detención de la Border Patrol. Durante una semana tuvimos encuentros con autoridades, activistas, organizaciones y especialistas que nos expusieron la situación fronteriza desde ambas ópticas, la mexicana y la norteamericana.
En Ciudad Juárez dialogamos con académicos de la UACJ y con autoridades municipales y estatales. Entonces todavía no se desataba la violencia brutal de estos días, pero ya se evidenciaba una tensión social enorme a causa de las “muertas de Juárez”, esos centenares de mujeres trabajadoras que estaban siendo liquidadas por sociópatas enfermos de deseo sexual, y odio irracional hacia sus víctimas.
Una ciudad fronteriza como Juárez acusa enormes problemas que son producto de su crecimiento acelerado y desordenado, su rol como lugar “de paso” –de ahí la idoneidad de su viejo nombre “Paso del Norte”- que conlleva la imposibilidad para buena parte de su población de echar raíces y convertirse en miembros constructivos de su comunidad. La atmósfera urbana destacaba lo efímero en todos sus espacios: favelas sobrepobladas de precaristas, trabajadores eventuales que no acumulan derechos, aspirantes eternos a migrar al norte del río Bravo, y una situación de anomia cultural que impedía el trazado y fortaleza de redes de solidaridad social. Casi todo el mundo en Juárez proviene o nació en otra parte del país. Los “locales” controlan el poder y las instituciones, pero son franca minoría frente a los fuereños. Nada raro, pues lo mismo sucede en Tijuana o Matamoros, que carecen de base social arraigada.
Las empresas maquiladoras han encontrado un nicho excepcional en las ciudades fronterizas, pero muy en particular en Juárez. Carlos Rincón, director en El Paso de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (USEPA), experto en manejo de aguas y su polución, nos explicó que la normatividad juarense y chihuahuense en cuanto a prevención y control de la polución es una de las más laxas de la frontera, y ha permitido la contaminación de los pocos flujos y cuerpos de agua locales, así como del suelo y del aire. Además de esta permisividad ambiental, la maquila se beneficia de la abundancia de mano de obra efímera, sobre todo femenina, cuya rotación permanente permite mantener bajos los salarios y la ausencia de organización sindical. Así, la pobreza es endémica entre los juarenses adoptivos.
No es de sorprender que las organizaciones criminales florezcan en un espacio social tan precario. Centenares de hombres y mujeres desesperados se prestan al peligroso juego del tráfico de drogas, armas y personas, a cambio de participar en los enormes volúmenes de dólares que fluyen hacia el sur. Es una decisión que con toda su carga de riesgo y maldad, es estrictamente racional: mejor participar en el negocio maligno, aunque la vida se acorte, que verse condenado a una larga existencia de miseria y desesperanza.
La violencia en Juárez, así como en el resto del país, no podrá nunca erradicarse por la vía de la simple contraviolencia estatal. El crimen se alimenta del mismo y enorme ejército de reserva con el que cuentan las maquiladoras para lucrar; la diferencia es que el primero paga enormes sumas que hacen ver ridículas a las rayas semanales de 700 pesos que ofrece la industria. Sólo el empleo masivo y bien remunerado podrá socavar las bases del crimen organizado, y sólo la educación permitirá adentrar en las conciencias del proletariado los valores de la convivencia civilizada, la ley y la ética ciudadana.
Mi solidaridad y amor hacia las familias de los chicos masacrados el domingo. Nuestra juventud deportista paga las terribles consecuencias de una estrategia federal equivocada.

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