martes, 16 de marzo de 2010

Ética política

Ética política

Publicado en el de Guanajuato, en iGeTeO y en EjeCentral.
No quisiera unirme al coro de opinadores que se han escandalizado por la conducta exhibida por los diputados federales y los líderes partidistas en el match de la semana pasada. Pero ni modo, me siento tentado de opinar. Creo que ese circo era natural en un entorno nacional donde el reclutamiento de las élites políticas se basa más en la zalamería y la apariencia que en las capacidades efectivas tanto profesionales como de ejercicio cotidiano del diálogo respetuoso. Salvo notables y escasas excepciones, tenemos una clase política oportunista y ambiciosa, centavera y corrupta. Pesa más el interés personal o de grupo que el de la nación y de los mexicanos. No hay amplitud de miras, sino un egoísmo ramplón.
Seré ingenuo y diré que un diputado federal debería pensar primero en lo que más conviene a sus 250 mil representados; luego puede ver por el interés del resto de los mexicanos; seguido podría atender el interés de su partido, y sólo hasta el final, porque sí se vale, pensar en lo que le conviene como persona. Ese es el orden que la ética política privilegiaría, si los actores del poder realmente fueran profesionales de su oficio. Pero en México seguimos pensando como Gonzalo N. Santos, que la moral sólo es un árbol que da moras.
Los insultos, incluso los golpes, no son extraños en muchos congresos del mundo. Pero el mal de muchos no es excusa para padecerlo sin hacer algo por evitarlo. La mentira consuetudinaria no es justificable, sobre todo si los mentirosos se desnudan entre sí, exhibiendo la mugre que ha acumulado en sus almas. Por supuesto, en política, como en la vida diaria, en ocasiones es necesario mentir para lograr un propósito moralmente superior; pero es injustificable mentir con reiteración cuando se sabe que el cómplice tampoco tiene palabra de honor, ni honor.
La democracia es sólo un sistema para la representación y el gobierno, pero no garantiza efectividad ni equidad en el ejercicio del poder. Para que la democracia incluya la gobernabilidad y el desarrollo, hay que construir ciudadanía y una cultura política altamente participativa. La vigilancia ciudadana, junto con una creciente ética que los controles y contrapesos impongan sobre la clase política, son las mejores vías para que nuestro sistema sea realmente efectivo y funcional. Desgraciadamente no veo que estos componentes estén presentes en el escenario nacional, sobre todo porque el sistema educativo básico y medio sigue en manos de los peores representantes del autoritarismo y la falsedad. No se está construyendo ciudadanía a partir de la escuela, y en las familias prevalecen los valores tradicionalistas del machismo y irresponsabilidad, que desgraciadamente son semilla fértil en el alma de los chicos.
Los partidos políticos deben reconocer que su función no es servir de agencia de colocaciones, sino constituirse en academias formadoras de profesionales de la política dialogadora y respetuosa. El reclutamiento de sus cuadros debería responder a la premisa del servicio público como apostolado, no como canonjía palaciega y lacayuna.

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