viernes, 12 de marzo de 2010

Los días de la mujer

Los días de la mujer




Publicado en Milenio de León.

En nuestro país, el día internacional de la mujer -cada 8 de marzo- ha ido cobrando cada vez más importancia desde que fue instituido por la ONU en 1975, el “año de la mujer”. El régimen de Luis Echeverría buscó y logró un destacado protagonismo en este tema, y consiguió que la ONU designara a la ciudad de México como sede de la primera Conferencia Internacional de la Mujer, primera de cuatro se han realizado -la última en Pekín en 1995-. La conferencia se desarrolló del 19 de junio al 2 de julio de 1975, bajo la conducción de un hombre (!): el procurador Pedro Ojeda Paullada. ¿Sería que el régimen vio la cuestión de la mujer como asunto de procuración de justicia? ¿O como fuente de delitos potenciales?
Entonces yo era un adolescente, y el asunto de la conferencia me entusiasmó tanto que durante años conservé un hermoso cartel alusivo en una pared. El logo era hermoso: un rostro-paloma femenino en el que se incluía un signo de Venus y el de rayitas paralelas de la igualdad, referencias al lema del coloquio femenino: “Igualdad, desarrollo y paz”.

México era -y es- un país identificado por su machismo inveterado. Por eso era tan significativo que se albergara a una conferencia de este tipo, con delegaciones de mujeres procedentes de 133 países. Pero el clima político se prestaba: un gobierno con banderas progresistas como el de Echeverría buscaba integrar a las mujeres mexicanas al desarrollo y a los espacios de poder; bueno, al menos en lo declarativo. La conferencia venía a sumarse a otras medidas que reconocieron derechos antes negados a las mujeres, en particular en lo que respecta a su cuerpo y la reproducción. Un ejemplo fue la reforma del artículo 4o. constitucional que se concretó el último día de 1974, que a partir de entonces rezó “El varón y la mujer son iguales ante la ley. Esta protegerá la organización y el desarrollo de la familia.- Toda persona tiene derecho a decidir de manera libre, responsable e informada sobre el número y el espaciamiento de sus hijos.” Precisamente este es el artículo que el presidente Calderón quiso leer como el estatuto que define a la familia como la unión de un hombre y una mujer, con intenciones de reproducción. Por supuesto que esto no es así, ya que la constitución general no define en ninguna parte cómo se integra la familia.
Han pasado 35 años desde la conferencia y el año de la mujer. Los avances en la protección y garantía de los derechos del “segundo sexo” -como lo llamó Simone de Beauvoir- son enormes, pero todavía insuficientes. Y han corrido paralelos a los derechos de las minorías sexuales, el “tercer sexo”, los homosexuales. Aún con resistencias, los sistemas social y político han ido asimilando y adoptando modalidades nuevas de inclusión y vigilancia que le dan a las mujeres nuevas herramientas de defensa.
Desgraciadamente en pleno siglo XXI la situación tiende a involucionar. Los avances logrados por las mujeres mexicanas en los últimos treinta años, así como las conquistas consolidadas en el Distrito Federal en fechas recientes, son amenazados por una ola conservadora y neomachista que busca imponer una concepción unívoca y simplista de lo que es la “familia” humana y el denominado “derecho a la vida”. Y en los espacios de la política también constatamos esa involución cuando se burla el espíritu de la ley electoral para permitir la renuncia a sus curules de las diputadas “juanitas”, para que sus lugares sean ocupados por los machines oportunistas de sus suplentes, verdaderos destinatarios de las codiciadas posiciones.
Ojalá que los derechos de las mujeres no sigan siendo moneda de cambio entre nuestra clase política. Es una lástima constatar que todavía persisten prácticas de discriminación, de explotación y de violencia contra las mujeres de México. La tragedia acumulada de las 350 muertas de Ciudad Juárez sigue siendo una herida abierta. Y el asesinato de mujeres es una constante en el resto del país, incluyendo al muy machista estado de Guanajuato, donde las desapariciones de mujeres son asumidas de inicio por las policías como escapes con el novio, y las violaciones como provocadas por las víctimas (“facilitas que son, ya saben”). Por eso, la liberación definitiva de las mujeres transita necesariamente por la liberación masculina de sus atavismos culturales.

1 comentario:

Blanca Olivia Peña Molina (Pola) dijo...

Me gusta tu artículo Miguel .... tantos reveses para los derechos humanos de las mujeres ... saludos, Pola