viernes, 23 de abril de 2010

El crimen del celibato

El crimen del celibato


Publicado en Milenio de León.

Publicado en 15Diario

"El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo."
Papa Juan Pablo II, julio de 1993

El celibato, el voto de soltería y castidad entre los sacerdotes católicos, está generando una de las más serias crisis por las que ha atravesado la milenaria iglesia romana. Las acusaciones de pederastia y de práctica disimulada del sexo y la paternidad, han colocado a la antes incólume institución en una situación de enorme incomodidad, que obliga a revivir la vieja discusión sobre la viabilidad y la justificación del celibato. ¿Es ético y posible exigirle a un conjunto de hombres y mujeres sanos a renunciar a las relaciones maritales, a cambio de profesar un ministerio? Me parece que todo indica que no.

Desde el siglo IV, a partir del Concilio de Nicea (año 325), se impuso a los oficiantes cristianos el voto de castidad y la renuncia al matrimonio y la posibilidad de formar una familia. ¿Cuáles fueron las razones? ¿Se consideró que el sexo, implícito en la unión de una pareja, es intrínsecamente malo y que socaba la fe del religioso? ¿Era una forma de alejarse del pecado original y purificar el alma? No: la verdad es que la iglesia cristiana, crecientemente poderosa en un decadente imperio romano, estaba más preocupada por preservar sus bienes materiales, que se veían amenazados por la práctica de los primeros clérigos de heredar sus propiedades a sus mujeres y descendientes. Era sencillamente una medida pragmática, no teológica, que le permitió a la iglesia cristiana convertirse en uno de los estamentos más poderosos del mundo post romano. Nunca iglesia alguna lograría acumular la cantidad de bienes que consolidó la cúpula católica, a tal grado que se convirtió en un grave problema para las economías europeas. Los monarcas pronto tomarían medidas para apropiarse de los enormes capitales, en buena medida improductivos, de la corporación. En México lo vivimos con la “consolidación de los vales reales” en 1804, y durante la reforma con la enajenación de los bienes “en manos muertas”.

Dado que el celibato es antinatural, los clérigos católicos “obedecieron pero no acataron”. Por cientos de años hubo mil formas de evitarlo, al menos en su componente sexual. No había cura sin una o más “sobrinas”, incluso “sobrinos”. Las instituciones educativas fueron espacios para el abuso sexual sobre los pupilos influenciables. La hipocresía fue la regla, como nos lo enseñaron los curas de la independencia, Hidalgo, Morelos y Matamoros. Pero el objetivo principal se cumplió: la iglesia preservó sus bienes, sin importar que concubinas e hijos naturales quedaran en el desamparo. Eso es lo que ilustró el caso del padre Maciel: los legionarios no van a soltarle un quinto a los hijos y mujeres del fundador. Sólo les han pedido perdón. Y el perdón no cuesta nada.

La historia da abundantes muestras de las paradojas del celibato y la castidad sacerdotales. Saco ejemplos del internet: En el año 385 el Papa Siricio abandonó a su esposa para poder convertirse en Papa. De inmediato se decretó que los sacerdotes ya no pueden dormir con sus esposas. A partir de entonces durmieron con las amantes. En el 401 San Agustín de Hipona, que gozó de una juventud libertina, escribió que “nada hay tan poderoso para envilecer el espíritu de un hombre como las caricias de una mujer”. Hipocresía pura.

En el año 567 el segundo Concilio de Tours determinó que todo clérigo que sea hallado en la cama con mujer será excomulgado. Pero sólo se prohíbe lo que se practica. A fines de ese siglo el papa Pelagio II aplicó la sabia política de no meterse con sacerdotes casados, en tanto no heredaran la propiedad de la iglesia a sus esposas o hijos.

El papa Gregorio “el Grande” aseguró que todo deseo sexual es malo en sí mismo. Pero en Francia los documentos del siglo VII demuestran que la mayoría de los sacerdotes eran hombres casados. En el siguiente siglo San Bonifacio informó al Papa que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote es célibe.
En el año 836 el Concilio de Aix-la-Chapelle admite que en los conventos y monasterios se han realizado abortos e infanticidio. San Ulrico, un obispo sabio, argumenta que la única manera de purificar a la Iglesia es permitir a los sacerdotes que se casen.

En el año 1045 el Papa Bonifacio IX se dispensó a sí mismo del celibato y renunció al papado para poder casarse. Una hermosa historia de amor, al estilo del rey Eduardo VIII de Inglaterra en 1936.
En 1074 el Papa Gregorio VII aseguró que toda persona a ser ordenada debe hacer primero un voto de celibato: "Los sacerdotes deben primero escapar de las garras de sus esposas". En 1095 el Papa Urbano II hizo vender a las esposas de los sacerdotes como esclavas y sus hijos fueron abandonados.
En el año 1123 el papa Calixto II, durante el primer Concilio de Letrán, decretó que los matrimonios clericales no eran válidos. Pero existían. El decreto fue confirmado por el papa Inocencio II en el segundo Concilio de Letrán de 1139.

En el siglo XVI el obispo Pelagio se quejaba de que las mujeres todavía eran ordenadas y administran confesiones. En el siglo XV el 50% de los sacerdotes eran hombres casados, aceptados por la gente. El Concilio de Trento (1545 a 1563) definió que el celibato y la virginidad son superiores al matrimonio.
En 1517 la reforma de Martín Lutero permitió que los pastores luteranos pudieran tomar mujer en matrimonio y criar una familia.

En 1930 el papa Pío XI definió que el sexo puede ser bueno y santo, pero no entre los sacerdotes. En 1962 durante el Concilio Vaticano II, con Juan XXIII el “Papa bueno”, se definió que el matrimonio es equivalente a la virginidad. En 1966 el Papa Pablo VI dio dispensas al celibato. En 1980 se realizó en Estados Unidos la ordenación como sacerdotes católicos de pastores anglicanos y episcopales casados; en 1994 y 2009 sucedió lo mismo en Canadá e Inglaterra.


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