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viernes, 1 de octubre de 2010

Cien años

Cien años

Publicado en Milenio de León, y en Gurú Político.

El miércoles pasado lo pasé en la Ciudad Universitaria en el DF. Por pura casualidad me tocó el 100 aniversario de la UNAM y la fiesta que se armó tanto en el centro de la ciudad como en CU. Acompañaba yo a un tío abuelo mío, el doctor Barbarín Arreguín Lozano, profesor emérito de esa universidad. Yo había acudido en visita familiar a su casa y ese día mi tío me llevó a dar un recorrido por el Instituto de Química, donde laboran casi 70 científicos de diferentes especialidades químicas, acompañados de 25 técnicos académicos, un buen número de apoyos administrativos y gran cantidad de estudiantes de posgrado, nacionales y extranjeros. Ahí trabaja el 20% del total de miembros del Sistema Nacional de Investigadores que se dedican a la química.

La UNAM es sin duda uno de los mayores valores civilizatorios que hemos sabido construir en este país. Es un ejemplo de institución noble que ha soportado todo tipo de agresiones externas e internas, y sin embargo se mantiene erguida defendiendo la ciencia, el arte y las humanidades. Tiene una comunidad vibrante que se nutre constantemente de la juventud que ingresa año con año, llena de esperanzas, a sus aulas atestadas. Miles de chicos buscan labrarse un futuro mediante el desarrollo de habilidades cognitivas, físicas y actitudinales que les permitan no sólo ser competentes, sino también convertirse en ciudadanos conscientes y participativos. Miles de egresados de la UNAM son, desde hace muchas décadas, parte de la élite científica, técnica, política, empresarial y artística del país.

Mi tío abuelo Barbarín Arreguín Lozano es un ejemplo de lo que ha significado la UNAM para cientos de miles de mexicanos en estos cien años. Él es nieto del boticario, también de nombre Barbarín, que fundó y mantuvo la farmacia Arreguín en la ciudad de Guanajuato desde 1864. Se ubicaba en la calle de Belém, y floreció hasta que la inundación de 1905 arrasó con esa cuadra y obligó al abuelo y al padre de mi tío, los tres llamados Barbarín, a mudar la farmacia al jardín central de Silao, donde se mantuvo hasta los años noventa.
Mi tío abuelo nació en 1917 en Silao. Y aunque compartió su nombre con su padre y abuelo, no quiso compartir su destino como boticario. Buscó algo más. Deseaba ser químico, y para ello debió estudiar su preparatoria y su licenciatura en la ciudad de México en los difíciles años treinta. Con muy poco apoyo económico logró terminar su carrera en la joven Universidad Nacional, cuyas escuelas todavía se encontraban desperdigadas por el centro de la ciudad. Pero no se conformó con la carrera, pues la UNAM le había abierto el apetito científico, y en 1943 logró ser apoyado por el presidente Ávila Camacho con una beca para estudiar el doctorado en el prestigioso Caltech (California Institute of Technology) en Pasadena. Se dedicó a estudiar las propiedades de la planta mexicana del guayule como productora de hule natural, tan necesario y escaso en tiempos de guerra.

En 1946 culminó su doctorado y regresó a México. Pero no pudo encontrar un empleo. Entonces nadie quería emplear a un científico especialista en metabolismo vegetal. Tuvo que regresar a California a trabajar sobre nuevos proyectos de investigación por otros cuatro años. Regresó al país en 1950 ya casado y con su primer hija, y pudo trabajar en la fábrica de papel de Atenquique, Jalisco, por un par de años. De ahí emigró a la ciudad de México para trabajar en los laboratorios Syntec.
El Instituto de Química de la UNAM fue abierto en 1941, pero la fundación de la Ciudad Universitaria en 1954 le dio un enorme impulso a la institución. Se comenzó a contratar a personal de investigación de tiempo completo, y fue así que mi tío Barbarín se integró a la máxima casa de estudios. Estrenó un laboratorio en el piso 12 de la torre de ciencias. Los laboratorios Syntec contrataron al instituto para desarrollar la investigación sobre esteroides que mi tío había tenido a cargo cuando laboró para esa corporación.
El doctor en bioquímica Barbarín Arreguín Lozano ha cosechado desde entonces una importante serie de logros científicos y profesionales. Fundó la Sociedad Mexicana de Bioquímica en 1957, junto con Jesús Kumate, Guillermo Soberón y otros. Fue designado hace algunos años profesor emérito de la UNAM. Con él compartí el pastel y el brindis con que se festejaron los primeros 100 años de una de las instituciones más nobles del país. Me enorgullece su amistad, pues es un hombre joven e inquieto que habita dentro de un bien cuidado cuerpo de 93. Estoy seguro de que festejaremos sus propios cien.
Fundadores de la Sociedad Mexicana de Bioquímica. Primera Fila: Mario García Hernández, Guillermo Massieu Helguera, Guillermo Soberón Acevedo, Guillermo Carvajal Sandoval, Edmundo Calva Cuadrilla, Barbarín Arreguín Lozano y Joaquín Cravioto Muñoz. Segunda Fila: Jesús Guzmán García, Carlos del Rio Estrada, Raúl Ondarza Vidaurreta, José Laguna García, Sivestre Frenk Freund, Efraín Pardo Codina y Jesús Kumate Rodríguez.



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