viernes, 15 de abril de 2011

De encuentros

De encuentros

Publicado en Milenio de León.

El día de ayer participé en una mesa redonda convocada por el recién resucitado Instituto de Administración Pública de Guanajuato (IAP), que hoy conduce el maestro Gerardo Mosqueda Martínez, exsecretario de Gobierno y autodestapado aspirante a la candidatura del PAN a la gubernatura. El tema propuesto por los convocantes fue “La Democracia en el Sistema Electoral Mexicano”, que incluía una amplia lista de temas a abordar. En la mesa participaron también el exrector, exgobernador y exdirector general del Conacyt Juan Carlos Romero Hicks, así como mi colega el doctor Santiago López Acosta, experto en temas electorales. Tres académicos de la Universidad de Guanajuato, pero con trayectorias y visiones muy diferentes.
Hace una semana recibí la invitación por medio de mi amigo Ricardo Sánchez Benavides, colaborador de Mosqueda, y confieso que me sorprendió un poco pues no había vuelto a tener contacto con el IAP desde que fue fundado hace 15 años. El instituto tuvo un arranque prometedor cuando lo dirigió José Luis Romero Hicks, pero luego cayó en un largo letargo que muchos creímos equivalió a muerte por ostracismo. Ricardo me explicó que Gerardo Mosqueda, hiperactivo como siempre, le está dando una buena sacudida al viejo tapete y lo ha vuelto a poner en circulación. Por supuesto, no me habló del evidente uso como plataforma preelectoral del precandidato, pero entre amigos no todo debe ser dicho.
Como analista político no dejé de tener ciertos escrúpulos ante la convocatoria, sobre todo por las posibles interpretaciones a que podría prestarse el evento. Pero cuando recibí la invitación formal me quedó claro que se trataba de un evento académico, a desarrollarse en un espacio universitario y con participantes que difícilmente podrían ser relacionados como apoyos del precandidato. Se nos dio la mayor libertad para expresar nuestras múltiples inquietudes sobre el desarrollo y la situación actual del sistema político-electoral de México y de Guanajuato, y la mesa se desarrolló bajo el cariz clásico del debate académico.
Como era de esperarse, Santiago y yo destacamos los pendientes y las ausencias dentro del imperfecto modelo político que nos hemos dado en la entidad y en el país, y Juan Carlos, ni modo que no, se concentró en los numerosos avances de la democracia electoral mexicana en los últimos 20 años, y en la necesidad del perfeccionamiento de la calidad ciudadana, como condición aún no alcanzada para convertir a la democracia en sistema de vida. Todos coincidimos en la existencia de una importante brecha entre el deber y el ser del modelo político consagrado en la Constitución, y el ejercicio concreto del poder. Sobre todo los fuertes déficits que padecen los partidos políticos en su eficacia como correas de trasmisión entre las aspiraciones de los conjuntos sociales y el aparato de gobierno, lo que explica el fuerte desprestigio social que padecen.
Me alegró ver a un Juan Carlos Romero más relajado; más dispuesto al necesario debate al que se deben someter los hombres del poder. Es evidente que sus responsabilidades anteriores, el Conacyt y la gubernatura, le imponían un cuidado extremo de sus opiniones públicas. Era un hombre apegado a guiones escrupulosos, sembrados de ampulosas citas de autoridades. Ahora lo vi más suelto: es de nuevo un orador de notas manuscritas, y de improvisación fresca. Más académico. Nomás le falta que se deje de nuevo su barba quijotesca. Pero tal vez la barba de hombre sabio no se vea bien en el Senado.
El presidente del IAP, venciendo su natural inclinación polemista, no se permitió abonar al debate y participarnos sus personales puntos de vista. Un escrúpulo que le debe ser reconocido, al mantenerse en su papel como convocante y representante de un instituto que aún está convaleciente luego de una larga indisposición. Anunció más actividades de corte académico, abiertas a cualquiera que tenga interés en la cosa pública. Yo le deseo la mejor de las suertes, tanto en esta como en la otra aventura. Pero hasta ahí.

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