viernes, 17 de agosto de 2007

En busca de un Rector, IV

En contraste con las semanas previas, esta última ha estado pletórica de novedades, y de ires y venires informativos en cuanto al proceso de selección del Rector de la Universidad de Guanajuato. El viernes pasado se desarrolló una intensa sesión del Consejo Universitario donde, inesperadamente, el dictamen de la comisión especial –ese conjunto de consejeros que en esos momentos conduce el proceso-, fue rechazado parcialmente, y se modificó en el sentido de agregar un nombre más a la propuesta original de un denegado. El procedimiento establecido fue el de analizar y debatir cada uno de los cuatro casos. La comisión había opinado que el único perfil-proyecto que no correspondía a los criterios determinados en la norma para aspirar el puesto de Rector, era el del maestro Archundia. Esa denegación fue aprobada por el pleno.
Las propuestas de los doctores Lara López y Vargas Salado pasaron sin problemas por la aduana de la votación. Pero no sucedió así en el caso del maestro Emeterio Guevara. Y es en este punto en el que se concentra el posterior cuestionamiento público de los resultados de esa sesión: una propuesta de un consejero, en el sentido de rechazar esta tercera opción, prosperó por muy estrecho margen, acompañado también de una elevada proporción de abstenciones. Resultó así que dos aspirantes, y no uno, quedaron oficialmente fuera de la competencia.
Estoy convencido de que este resultado fue fortuito e inesperado para la mayoría de los consejeros. No creo que ni siquiera el emisor de la propuesta del voto negativo hacia la aspiración de Emeterio, el maestro Troy Crawford, haya esperado con realismo que su invitación tuviese éxito. Los votos negativos hacia Guevara fueron pocos en realidad (33) en comparación con los apoyos activos a su candidatura (31); lo que me sorprende es la cantidad tan elevada de abstenciones (¡25!), que en la práctica equivalen a un voto pasivo en sentido negativo, que al combinarse con los votos negativos activos produjeron un resultado inopinado. Estas cifras fueron muy contrastantes con los votos positivos activos que obtuvieron los aspirantes Lara (89) y Vargas (69), que les permitieron ser validados como candidatos.
¿Qué sucedió? Aventuro una explicación personal: el proyecto y el perfil de Emeterio no despertaron mucha simpatía. Poco contribuyó su protagonismo tempranero y su búsqueda de candilejas. Sin duda fue el aspirante que más entrevistas concedió, tuvo su propia página en internet, estructuró un grupo de seguidores –y aduladores- entre sus estudiantes y colegas, y lanzó críticas al autoritarismo universitario, cuando su propia trayectoria y personalidad no lo avalaban como un adalid del democratismo. Nunca conocí su proyecto, pero me han comentado algunos consejeros que fue decepcionante y elemental. En fin. El hecho es que fue rechazado por una sobrada mayoría pasiva y activa en el Consejo, y eso es lo que cuenta al final.
El resultado global de esta fase de preselección de candidatos me parece positiva: pasaron la aduana los dos pretendientes que sí cuentan con un doctorado culminado, realizado por ambos en el extranjero y en instituciones muy reconocidas. Los dos son investigadores con amplia producción publicada en medios arbitrados. Sé que al menos Lara es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, aunque Vargas, si no lo es, tiene el perfil para serlo. Los dos aspirantes rechazados no tenían las características óptimas del académico-investigador: más bien eran académico-administradores. Y eso, desde mi punto de vista, debe pesar mucho en el momento de dirigir una comunidad que busca la excelencia académica antes que su conducción burocrático-administrativa.
Por supuesto con este motivo está reviviendo el desgastado debate sobre si la universidad pública debe someterse a una elección o a una selección de sus autoridades, particularmente la del Rector. Y no dejo de advertir lo que he reiterado en esta columna en ocasiones anteriores: una institución que busca garantizar la calidad antes que la cantidad, la excelencia antes que la mediocridad, el servicio a la comunidad antes que el servicio a los grupos de interés –internos y externos-, debe darse métodos de selección que privilegien el escrutinio profundo de las propuestas y los perfiles de los aspirantes. Sin duda la calidad está peleada con la cantidad. Recordemos a los atenienses clásicos: la voluntad colectiva de 500 jurados condenó a la cicuta a Sócrates y su dialéctica heterodoxa, demostrando que la suma de las ignorancias individuales no conduce a la sabiduría colectiva. Es por eso que los sistemas democrático- representativos modernos han restringido el asambleísmo al poder legislativo, y lo han eliminado del ejecutivo y el judicial.

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