viernes, 21 de abril de 2006

La reforma que viene

La reforma institucional que se ha venido discutiendo en la Universidad de Guanajuato, y que eventualmente será aprobada en el Consejo Universitario y en el Congreso del Estado, retoma una aspiración que había sido generada desde los primeros debates sobre el tema promovidos por el exrector Cuauhtémoc Ojeda. En su periodo se realizaron maratónicas sesiones de reflexión y debate que frecuentemente desataban pasiones encontradas, particularmente cuando fue evidente que entre los universitarios existían dos grandes tendencias: los que estaban convencidos de la urgencia del cambio y la necesidad de avanzar hacia un modelo de organización académica más moderno y eficiente, y aquellos que consideraban que sólo se requerían cambios menores pero preservando la estructura napoleónica de escuelas, facultades e institutos, que responde mejor a la tradición ortodoxa y aislacionista existente en las disciplinas científicas desde el siglo XIX. A pesar de los esfuerzos no se logró construir acuerdos, y sencillamente el proceso se abandonó, también motivado por el cambio en la rectoría.
Durante los primeros dos años de la administración del doctor Arturo Lara no se volvió a tocar el tema, al menos entre el grueso de la comunidad. Se llegó a pensar que sencillamente la modernización de la universidad se dejaba para tiempos más propicios, y que era mejor no mover más el avispero de la colmena. Inopinadamente el Rector presentó ante la comunidad una propuesta de departamentalización que sorprendió a todos -o a casi todos- sus miembros. Los apretados tiempos que se propusieron para difundirla, analizarla y votarla dieron mucho qué pensar. Parecía que la rectoría no deseaba repetir la experiencia desgastante de las consultas interminables en que se entrampó la anterior administración. Eso sonaba razonable, pues no hay nada peor para la toma de decisiones que el asambleísmo agorero. Pero también corrió el rumor de que la prisa actual respondía a la necesidad de abrir nuevos y numerosos espacios laborales para cuando en septiembre regrese la parvada universitaria que hoy labora en el gobierno del estado. Eso sí que despertó inquietud.
Yo quiero creer que las prisas respondieron al primer razonamiento, y que sencillamente se desea aprovechar los favorables vientos políticos que aún corren para la universidad, y sacar adelante una nueva ley orgánica cuando se cuenta con un legislativo y un ejecutivo que podrían ser más propicios que sus sucesores. Es sencillamente realismo político.
Sobre la propuesta de nueva ley orgánica, me parece atinado que las autoridades promoventes de la iniciativa hayan optado por una reforma “marco”, muy genérica, que deje abiertas las puertas para su ulterior afinamiento y su debate cuidadoso, a fin de aterrizar en estructuras departamentales concretas que realmente respondan a las necesidades de crecimiento académico y expansión institucional que demanda la compleja realidad social guanajuatense, que es muy diferente a la que existía apenas hace doce años, cuando se realizó la más reciente reforma institucional. La primera propuesta que se circuló entre la comunidad incluía un diseño fino que evidenciaba la permanencia de la vieja distribución de las unidades tradicionales en la nueva estructura. Incluso se mantenían las antiguas denominaciones, sencillamente anteponiéndoles las nuevas figuras de departamento o división. ¡Incluso se preveían divisiones con un solo departamento! Esto patentiza la resistencia de algunos a abandonar el viejo modelo, y aceptan la nueva nomenclatura pero manteniendo sus tradicionales nichos cerrados. Esto contradice la filosofía del sistema departamental, que propicia la interdisciplina, los vasos comunicantes y la permeabilidad institucional. Ojalá que los ocho meses previstos para aterrizar el diseño definitivo permitan ponderar las reales ventajas del modelo que se quiere adoptar, y que las divisiones y departamentos correspondan a las líneas de conocimiento y no a los compartimentos estancos que existen hoy día. El diseño debe hacerse partiendo de una hoja en blanco virtual donde se tracen los nuevos espacios académicos que realmente requiere la sociedad regional y las posibilidades institucionales, y no respondan a intereses personales de los que hoy detentan posiciones. Como ha sostenido antes el doctor Leonardo Valdés, en declaraciones a Correo, el nuevo modelo implica el abordaje íntegro de las tres funciones de la universidad: la docencia, la investigación y la extensión en cada una de las unidades departamentales, aunque administrativamente la docencia sea responsabilidad de las divisiones y la investigación de los departamentos. Esto no parece haber sido entendido. Hago votos por que el nuevo camino se recorra pensando en el bien de nuestra universidad superando los viejos atavismos egoístas.

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