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viernes, 1 de abril de 2011

Servicio militar: ¿opción para los NiNi’s?

Servicio militar: ¿opción para los NiNi’s?

Publicado en Milenio de León.

El gobernador de Chihuahua César Duarte ha provocado el escándalo nacional al atreverse a proponer una herejía: promover que los muchachos que ni estudian ni trabajan, los denominados “NiNi’s”, puedan optar por realizar un servicio militar activo, ampliado y remunerado. Políticos y opinadores de todas las tendencias se han abalanzado a declarar que la propuesta del chihuahuense busca reprimir a esos jóvenes, o darle la vuelta al problema de la violencia y del desempleo.

En lo personal me sorprendió la idea, que de inicio me sonó descabellada e imprudente. Pero he estado reflexionando e investigado sobre experiencias similares en otros países, y veo hoy las cosas de manera diferente. En Argentina el servicio militar (SM) obligatorio desapareció en 1994. Hoy día es voluntario y remunerado, y los soldados –ya no son conscriptos- pueden permanecer hasta 10 años bajo las armas, y pueden incluso llegar a ser suboficiales. En España el SM no existe desde 2001, ante la creciente cantidad de “objetores de conciencia” que se negaban a reclutarse. En Perú el SM es obligatorio para los varones por dos años. En Israel tanto hombres como mujeres deben prestar SM obligatorio por tres años los chicos y 22 meses las chicas, con la opción de quedarse en el ejército y hacer carrera militar, ya con paga.
El mejor ejemplo internacional desde mi punto de vista es Colombia. Visité ese país en noviembre pasado, acompañando a los diputados locales guanajuatenses Ramón Hernández (PAN) y Eduardo Ramírez (Convergencia). Fuimos en misión oficial a invitación de la Asamblea del Departamento de Caldas, un congreso local. De entre lo mucho que nos llamó la atención, destacó el tema de la seguridad pública y el servicio militar. En la calle uno podía observar a jóvenes policías, casi adolescentes, que se ocupaban del control del tráfico y de la vigilancia del orden. Preguntamos a nuestros amabilísimos anfitriones y nos explicaron cómo el SM colombiano fue una de las estrategias más exitosas para ganarle la batalla al crimen organizado.

La ley colombiana del Servicio Militar Obligatorio de 1993 mandata que éste podrá prestarse en el ejército, en la armada, en la fuerza aérea, en la policía nacional –que no existe en México- y el INPEC (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario), en las siguientes formas y modalidades: a) como Soldado Regular, durante 22 meses, b) como Soldado Campesino, durante 18 meses, c) como Soldado Bachiller, durante 12 meses, d) como Auxiliar de Policía, durante 18 meses, e) como Auxiliar de Policía Bachiller, durante 12 meses, y f) como Auxiliar Bachiller del INPEC,7 durante 12 meses.
El artículo 10 reza que “Todo varón colombiano está obligado a definir su situación militar a partir de la fecha en que cumpla su mayoría de edad, a excepción de los estudiantes de bachillerato, quienes definirán cuando obtengan su título de bachiller. La obligación militar de los colombianos termina el día en que cumplan los cincuenta años de edad.- La mujer colombiana prestará el servicio militar voluntario, y será obligatorio cuando las circunstancias del país lo exijan y el Gobierno Nacional lo determine, en tareas de apoyo logístico, administrativo, social, cultural o de defensa de la ecología y el medio ambiente, y en general, de las actividades que contribuyan a la modernización y al desarrollo del país y tendrán derecho a los estímulos y prerrogativas que establece esta Ley no importando la modalidad en que se preste el servicio. […] Los soldados, en especial los bachilleres, además de su formación militar, y demás obligaciones inherentes a su calidad de soldado, deberán ser instruidos y dedicados a la realización de actividades de bienestar social a la comunidad y en especial a tareas para la preservación del medio ambiente y conservación ecológica.”

La impresión que me llevé de esos jóvenes garbosos que vigilan las calles colombianas fue que prestaban su servicio con responsabilidad y entusiasmo. Al terminar su SM muchos de ellos optan por incorporarse al ejército o la policía nacional, que además les garantizan educación y remuneración. El SM es una vacuna contra la ignorancia y el desempleo. Hoy día, el SM mexicano sirve para poco más que nada: es una institución agonizante, que en algún tiempo fue fuente de corrupción para los militares. Creo que la idea del gobernador no debe tirarse a la basura, y yo propondría emular la experiencia colombiana para revigorizar nuestro SM y convertirlo en una estrategia para la paz social y el desarrollo de nuestros jóvenes.

martes, 29 de diciembre de 2009

Fin de año, crisis y esperanza

Fin de año, crisis y esperanza


Publicado en el de Guanajuato y 15Diario de Monterrey.

Ahora que termina el 2009 me di un poco a la reflexión sobre la década que se inicia en unos días. Para mí el momento es especial porque en enero cumpliré 50 años, y esa siempre es una edad que obliga a los balances y a los propósitos renovados para un futuro personal que se estrecha. La edad de los “nuncas” se me vino encima -“yo nunca me cansaba”, “a mí nunca me pasaba esto”, “a mí nunca me dolía nada”- y dio paso a los primeros achaques, al pastillero en el bolsillo, a los lentes para leer y a los dolores de espalda. En cambio mis hijos y mis alumnos se robustecen, sobre todo en lo intelectual, y sus charlas me hacen percibir mi inesperada anacronía. De golpe me he visto ubicado en una época que ya no es la mía a plenitud, y sin buscarlo al fin comprendo a mis padres cuando hace 25 años atravesaron por lo mismo.
Si el 2009 fue un año de nones, no fue de dones. Como millones de mexicanos, fui fuertemente afectado por la recesión económica y percibo la situación financiera familiar peor que hace un año. Con enojo recuerdo cuando el rubicundo y confiado Carstens aseguraba en octubre de 2008 que la crisis global nos afectaría muy poco, apenas una “gripita”, para resultar ahora que fuimos el país que peor manejó el asunto. México no crece, no genera oportunidades, y esto explica tanta migración laboral hacia los Estados Unidos y Canadá, y resulta que ya también hacia Europa. Les comento que en una estancia en Madrid hace dos meses vi a muchos paisanos trabajando allá sin documentos; en particular me impactó ver boleros mexicanos en la Gran Vía, que se anuncian como los “mejores boleros” de México. ¡Tres euros con 50 centavos la boleada, patrón!
Otro drama del 2009 fueron los 7 mil 300 muertos de este año, producto de la guerra oficial contra el crimen organizado que ya acumuló 16 mil 500 bajas totales en sus tres años de existencia. Además de los asesinatos, este combate ingrato ha llenado de presos las cárceles de México, que ya están sobrepobladas en más del 50%. 230 mil reclusos abarrotan la mayoría de las 433 prisiones de todo tipo que hay en el país. Sin embargo son pocos si pensamos que se ha calculado que más de 200 mil mexicanos están involucrados con actividades ilegales organizadas, y que todavía prevalece la impunidad.
México y los mexicanos estamos emproblemados. Para el 2010 se nos anuncian ya más medidas económicas, políticas y de seguridad pública que podrían complicar todo si nuevamente se desarrollan con torpeza, ingenuidad o soberbia. No hay mucho sustento para el optimismo, pero tampoco razones para el abandono. Yo me he dado como propósito de año nuevo concentrarme en la mejor simiente de la esperanza: los chavos, tanto mis hijos como mis estudiantes.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Independencia sin petróleo

Independencia sin petróleo


Publicado en de León.
También en 15Diario, cotidiano electrónico.

Este 15 de septiembre fue particular, diferente. No me refiero a las formas, sino al fondo. En esta ocasión nos afectó un ambiente de crisis y preocupación generalizados; ya no sólo por la situación de violencia social, como hace un año, sino también por la pérdida de empleos, los impuestos inminentes y el deterioro generalizado del nivel de vida. La gente hizo todo lo posible por pasarse “el grito” con algún chisguete de optimismo acompañado con un necio cariño por este país. Pero cada vez es más difícil comprender por qué celebrar la independencia cuando los mexicanos no hemos sido capaces de salir de un bache de desarrollo que ya ha acumulado tres décadas. Hoy somos menos libres, menos prósperos, menos felices que hace 30 años.
Es una vergüenza nacional que la pobreza se haya mantenido, incluso se haya acentuado durante ese periodo. Es inexplicable que un país que gozó de una oportunidad histórica para desatar un acelerado desarrollo en los años setenta, la haya desperdiciado de manera tan miserable. Me explico, y lo hago apoyándome en datos que bajé del sitio de PEMEX: en 1971 el pescador campechano Rudecindo Cantarell observó una mancha de aceite que brotaba del mar cerca de Ciudad del Carmen. En junio de 1978 se supo que se trataba del descubrimiento de uno de los yacimientos marinos más grandes del mundo, el sexto por tamaño de sus reservas. De la noche a la mañana México se colocó entre las potencias petroleras: de producir 750 mil barriles diarios en los años setenta brincó a los 2.5 millones en los ochenta, 2.8 en los noventa y hasta más de 3.2 millones al iniciarse el milenio. Cantarell representó entre un tercio y la mitad de esa cantidad.
A la abundancia del recurso más valioso en un mundo ávido de energía, México sumaba su privilegiada posición geográfica como vecino de la economía más consumidora de petróleo. Teníamos al mejor cliente en la puerta de al lado. Cualquiera hubiera podido apostar a que México abandonaría el subdesarrollo en menos de una década. En los setenta los mexicanos éramos pobres, pero menos que los españoles, los coreanos o los brasileños. Hoy es al revés. ¿Qué nos pasó?
Sostengo es que el sistema político mexicano destruyó esa oportunidad. Las administraciones sexenales, sin posibilidad de reelección, actuaron siempre en función del interés inmediato y personal del presidente en turno. El centralismo y la presidencia imperial favorecieron la toma de decisiones irresponsables; primero se hipotecó al país cuando los políticos tomaron las decisiones financieras estratégicas ignorando las veleidades del mercado. No se previeron escenarios alternos, sino que se apostó a la seguridad de la abundancia. La enorme deuda nacional se tragó los beneficios del petróleo durante una década y media. Los gobiernos, ávidos de recursos pero ineficaces para recolectarlos fiscalmente, se acostumbraron a sorberlos de PEMEX y dejar exánime a la empresa. Luego vino la quiera financiera del país en 1995, y el FOBAPROA impuso aún más presión sobre las urgencias dinerarias del sector público. Esa fue la segunda gran sangría nacional, que anuló definitivamente la petrolera promesa de desarrollo.
Los gobiernos federales no administraron con sabiduría este recurso no renovable; más bien lo dilapidaron. En primer lugar la renta petrolera nunca debió formar parte del ingreso fiscal. Si se hubiera actuado con visión de estado, incluso con visión empresarial, se habría destinado a dos propósitos: fortalecer las capacidades técnicas de PEMEX -no de su sindicato- y establecer un Fondo Nacional de Infraestructura ante el cual los gobiernos de los tres niveles podrían concursar obras de gran impacto para el desarrollo nacional y regional. El fondo sería conducido por un consejo técnico y de administración que gozara de autonomía e independencia política. Eso hubiera garantizado un sector público fuerte en términos fiscales, y la inversión productiva de los recursos incidentales del petróleo.
Nos acercamos al aniversario de dos centurias del inicio de una revolución de independencia que en teoría nos convirtió en un país libre. Y la libertad era sólo un primer paso para ser prósperos y felices. Dudo mucho que hayamos avanzado hacia esa aspiración en estos treinta años, al contrario. La borrachera petrolera nos promete una cruda que nos hará renegar de los veneros del petróleo que nos escrituró el diablo.

martes, 21 de abril de 2009

No hay política… ni ciudadanos

Es claro que la novel democracia mexicana está transitando por una crisis de credibilidad ante la ciudadanía más llana. La Secretaría de Gobernación publicó los resultados de la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas (ENCUP) 2008, la cuarta versión de este sondeo desde el 2001. Se confirma el desgaste que mantienen las instituciones nacionales ante la percepción pública, un deterioro que los entrevistados manifiestan ante las corporaciones que en teoría deben garantizar el estado de derecho, la práctica de la democracia y la efectividad del gobierno.
La ENCUP involucra ahora, además de la SEGOB –que la diseña- y el INEGI –que la levanta-, a la Secretaría de Relaciones Exteriores y al Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA). Esto sin duda le agrega confiabilidad. Recordemos que la ENCUP fue impulsada por Juan Molinar, en sus tiempos como subsecretario de Desarrollo Político, donde sí tenía experticia. En cada versión se han perfeccionado las técnicas de levantamiento e interpretación, y se han simplificado sus reactivos.
Los resultados no sorprenden, pero sí inquietan. La iglesia y el ejército se mantienen como las instituciones con los porcentajes más altos de confianza (72% y 66%), en contraste con la policía (26%) y los partidos políticos (23%). En cambio a nivel internacional la Encuesta Mundial de Valores 2005 reportó un 56% de confianza hacia la policía y 26% hacia los partidos. Es evidente que nuestra problemática de seguridad pública se percibe muy relacionada con la corrupción en las corporaciones policiacas.
El desinterés en la política es pasmoso en México: sólo un tercio de los encuestados afirmó interesarse mucho o algo; mientras que a nivel mundial la cifra fue del 44%. En cambio, el 98% de los mexicanos se manifiesta orgulloso de serlo en grado de “mucho” o “algo”, cuando a nivel mundial el 89% se sienten orgullosos de su país. ¡Como México no hay dos!
Pero los mexicanos están insatisfechos con su democracia: el 20% se dijo “nada” satisfecho y un 34% “poco” satisfecho, lo que totaliza un 54% que no se siente contento con el modelo democrático. Sólo un 28% dijo estar “algo” satisfechos y apenas un 5% se siente “muy” satisfecho. Hay que considerar también el factor ignorancia: un 42% de los entrevistados manifestaron no saber si su ideología es de izquierda, de derecha o qué. Del resto, un 14% se considera de izquierda, un 12% de centro y un 32% de derecha. De los encuestados entre 18 y 49 años de edad, un 50% considera que México vive en una democracia, pero este porcentaje disminuye diez puntos entre los mayores de 50 años. A más viejo más escéptico.
No sorprende que más de la mitad de los ciudadanos que hoy día visita el IFE para integrar las mesas directivas de casilla tengan mil pretextos para no participar con esta obligación ciudadana. ¿Para qué? dicen, si es una pérdida de tiempo. Conclusión: hace falta construir ciudadanía.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Guerra sin esperanza

De inicio me declaro asombrado, azorado y en…corajinado por lo que sucedió este lunes 15 en la hermosa plaza Melchor Ocampo de Morelia. Pobre gente. Nunca creí ver sucesos así en mi patria. A fines de los años setenta viví en París, y recuerdo cómo era frecuente escuchar las historias del terrorismo de la ETA española, de los palestinos, o del ERI irlandés. En Francia estaban muy frescos los recuerdos de la guerra de Algeria, colonia que logró su liberación en buena medida apoyándose en el terrorismo. El miedo era una característica del ciudadano europeo común. Pero era impensable que una situación similar pudiese presentarse en México; al menos eso creía yo. Acá teníamos algunas guerrillas, secuestros políticos y baja criminalidad. En treinta años nuestro país cayó en un hoyo profundo de violencia social imparable, y ahora padecemos de los mismos problemas que aquejaron a Colombia en los ochenta. Nunca lo hubiera creído. Estoy pasmado y enojado.
Sobre el 15 de septiembre, confieso que nunca me ha gustado “dar el grito” entre las multitudes. Siempre he tenido una aversión innata hacia el gentío, donde el individuo es neutralizado por la enajenación colectiva del evento del que se trate. Por eso prefiero observar la festividad, acompañado de mi esposa e hijos, desde la lejanía de la azotea, o bien desde la comodidad del sofá ante la tele más grandota de la casa. Ya tuve mis buenos festejos callejeros en la juventud, y es tiempo de ser apaciguado. Me da mucho placer ver de lejos la romería y sin embargo sentirme parte de la misma. La emoción del grito siempre será la misma. Pero hoy veo con tristeza que muchos de mis paisanos no tendrán más remedio que imitarme, y recluirse en casa a partir de ahora. El terror a las multitudes va a ser la nota a partir de ahora, y con justa razón. La locura se ha apoderado de los malosos, y ya no se limitan a asesinar con saña a policías, a cómplices o a rivales: ahora van sobre la población, despedazándola con granadas de fragmentación.
El régimen del terror es la peor circunstancia en que puede vivir un pueblo. La historia nos ha dejado múltiples ejemplos. Los mexicanos tendremos miedo ahora de salir al mandado, pues capaz y se les ocurre a los maleantes masacrar a algunos parroquianos inocentes, para que “aprendan”. La guerra declarada por el Estado mexicano contra el crimen organizado está pasando una factura extrema: nunca se nos dijo que habría tantas bajas entre la población civil, o que perderíamos la confianza de andar por nuestras calles y plazas. Los más de tres mil muertos que arrastra esta guerra es una factura extremadamente cara, y da la impresión de que es el Estado, y no los mafiosos, el que la va perdiendo. Parece que se agitó un colmenar sin tener las protecciones para ello, y ya no sabemos cómo deshacernos de las avispas.
Estoy prácticamente seguro de que no se encontrará a los culpables del atentado de Morelia, mucho menos a los que lo concibieron, pues de seguro los perpetradores materiales fueron sólo esbirros a sueldo de los verdaderos asesinos. Los sistemas nacionales de inteligencia preventiva y de procuración de justicia, enanos ante los nuevos retos, se están viendo incapaces de adelantarse –el primero- y perseguir –el segundo- los golpes de los criminales de alto impacto. Y sumémosle la acción sospechosa de ciertos jueces que liberan a los pocos narcos consignados. Estamos cosechando décadas de abandono del sistema nacional de seguridad pública, y de ineficiencias e incluso corrupción de los administradores de justicia, y no será en un sexenio que se componga esta situación, por más buena voluntad que tengan los líderes no corruptos del país. Realmente estamos metidos en un brete.
Estamos en medio de una guerra que no se puede ganar. Las condiciones estructurales de la economía y la política internacionales promueven los intensos flujos de drogas y sustancias ilegales entre los países productores y los consumidores. Es la ley del libre mercado: cuando hay demanda, habrá oferta en la misma proporción. Y si el flujo se declara ilegal, entonces surgirán los proveedores clandestinos que acompañarán su acción con la violencia que se requiera, pues es mucho, muchísimo el dinero involucrado. Así no se puede hacer gran cosa. A la manera del niño holandés del cuento, quisimos tapar la fuga del bordo con nuestro dedo, y ya tenemos metido el brazo hasta el hombro y dentro de poco nos puede arrastrar la corriente de la inundación. La solución verdadera es hacer que el bordo sea innecesario. ¿A qué me refiero? A que deberíamos plantearnos con seriedad la necesidad de emprender acciones que socaven las raíces del comercio ilegal de estupefacientes, y para ello nada mejor que la legalización del comercio de esas sustancias. Es en serio. Otra solución sería mudarnos de región geográfica para ya no ser vecinos del mayor consumidor de narcóticos del mundo, y limitarnos así a controlar nuestro propio consumo. Esto es irreal evidentemente, pero no así la primera solución, que además debe plantearse a nivel global como un acuerdo entre naciones, para evitar que persistieran los “paraísos” regionales de la prohibición.
Hoy día el consumo de alcohol a nivel mundial es sólo un problema de salud individual y pública, pero no es una fuente de violencia y criminalidad; tampoco de corrupción. Y no lo es porque en la mayor parte del orbe su consumo es legal. El alcohol fue prohibido en los Estados Unidos entre 1919 y 1933 y los resultados fueron catastróficos. Con la legalización las mafias criminales debieron dedicarse a otras actividades, incluso a “blanquear” sus negocios. Algo similar podría suceder con la legalización de las drogas. Recordemos que hace menos de cien años eran legales en todo el mundo -Freud y muchos intelectuales eran heroinómanos o cocainómanos por ejemplo- y no causaban mayor problema. Fue a partir de las guerras mundiales cuando los ejércitos propagaron su uso y abuso. Luego los gobiernos prohibieron el consumo y distribución. Y ahora vivimos las consecuencias.

viernes, 29 de agosto de 2008

Centenarios


Los aniversarios que se avecinan, el del arranque de la rebelión de independencia en 1810 y el del inicio de la revolución social de 1910, están causando no pocas reacciones y debates que obligan a ejercitar una reflexión conjunta sobre el asunto. Por eso me decidí a compartir algunas convicciones desde mi visión como antropólogo y guanajuateño. Primero: es evidente que es importante fomentar y reforzar la memoria histórica sobre los dos momentos más trascendentes de nuestro devenir como nación, en especial en estos tiempos durante los que se ha debilitado sensiblemente el conocimiento de nuestros jóvenes acerca de sus raíces. Segundo: sin duda el estado de Guanajuato debe procurar y sostener un claro protagonismo nacional en este asunto. Tercero: las conmemoraciones deben ser compartidas por amplias capas sociales, que son las únicas que deben verse beneficiadas, y por lo mismo hay que evitar que la ocasión se convierta en oportunidad para que unos pocos hagan su agosto. Cuarto: los escenarios privilegiados de la gesta insurgente inicial de 1810-1812 fueron las villas y pueblos del Bajío, incluyendo a Michoacán y Querétaro; pero dentro de esos espacios destacaron la villa de Dolores, la de San Miguel el Grande, la ciudad de Guanajuato, la de Celaya y el pueblo de Acámbaro.
La identidad cultural es el mortero que unifica a una nación soberana, o que aspira a serlo. México ha padecido históricamente fuertes crisis de identidad, que nos han conducido irremediablemente a trances sociales muy complejos, incluso a guerras intestinas o a invasiones extranjeras. El nacionalismo mexicano fue una entelequia durante demasiado tiempo, hasta que la fundación de la Secretaría de Educación Pública en 1921, y la emergencia de un modelo de desarrollo nacionalista en los años treinta, permitieron consolidar un vigoroso sentido de pertenencia que nos dio fama internacional, ya que se evidenció con fuerza en nuestras artes y en nuestra cultura. Desgraciadamente, la globalización y el neoliberalismo de los años noventa cambiaron el escenario, y hoy día los jóvenes con menos de 30 años carecen de los valores identitarios que nos dieron prestigio. Un chavo de hoy se identifica mucho más con los “valores” de la sociedad anglosajona, incluso con los de la cultura japonesa, que con los de la mexicanidad. Si no me creen, charlen con sus hijos adolescentes sobre historia…
El valor de los festejos que se avecinan debe observarse desde la perspectiva de esta crisis de identidad que padecemos. Es una espléndida oportunidad de rehacer el vigor de la nacionalidad mexicana, para que pueda plantarse con pie seguro ante los embates de la globalización sin perderse en esa vorágine. Si recordamos un poco, Porfirio Díaz comprendió bien el valor simbólico del centenario, y emprendió fastuosos festejos que colocaron a México en la atención internacional, aunque no pudieron evitar el estallido social con que se despidió el año del huateque. Décadas después, cuando se desató la crisis social producto de los sismos de 1985 y la debacle económica, el gobierno federal optó por lanzar una magna campaña en torno de los símbolos patrios y los aniversarios 175 y 75 de los inicios de la independencia y la revolución. Fue una medida inteligente, ya que permitió restablecer en cierto grado la confianza del ciudadano común hacia su país, aún cuando ya se la hubiese perdido a su gobierno autoritario. Cientos de miles de mexicanos testimoniamos el recorrido de los símbolos patrios –la bandera, la constitución de 1917 y la campana de Dolores-, y nos sentimos confortados hasta cierto punto.
Vale la pena entonces emprender un festejo con la magnitud necesaria para reforzar nuestra identidad como pueblo que comparte historia y camino. Pero hay que hacerlo bien, sin evidenciar precisamente los problemas de falta de identidad que estamos señalando. Me explico: los Estados Unidos de Norteamérica celebraron su bicentenario en 1976 con toda la majestuosidad y el exhibicionismo a los que ese pueblo está acostumbrado. Muy al estilo hollywoodense, pleno de oropel y falsedad. Los que hayan tenido la oportunidad de visitar los sitios históricos de ese país, como Filadelfia o Boston, estarán de acuerdo conmigo en que esa experiencia se parece mucho a dar un paseo por Disneylandia, con sus coloridos palacios escenográficos de yeso y cartón. Los vecinos del norte han reconstruido los pocos sitios históricos que poseen con artificialidad y mal gusto. Me parece que ahora los mexicanos queremos imitarlos. El megaproyecto de la Expo Bicentenario me suena a ese intento. Es absurdo pretender replicar los sitios históricos de Dolores Hidalgo, Guanajuato y San Miguel en maquetas y pabellones turísticos, que además se ubicarán a poca distancia de los sitios originales. ¿Para qué malgastar el dineral que se ha anunciado, en obras de oropel? ¿De veras se considera que la memoria histórica y la identidad se refuerzan con museografías y carpas de artificio? Si tenemos al mero tablado de la independencia en la añosa Dolores y en las tres entidades consideradas patrimonio cultural de la humanidad –Guanajuato, San Miguel y Atotonilco-, a no más de 100 ó 200 kilómetros de urbes como León o Querétaro, ¿qué no será mejor invertir esos dineros en el reforzamiento de la infraestructura cultural, histórica, hotelera y de servicios para soportar una gran conmemoración en las propias calles de esas ciudades? ¿Por qué se pensó en los lomeríos de Silao y no en los llanos de Dolores-San Miguel?
Sin duda algo huele mal en Dinamarca…