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viernes, 6 de mayo de 2011

El agua envenenada

El agua envenenada

Publicado en Milenio de León.

El agua es un elemento que debería considerarse escaso y no renovable, especialmente en México, país que padece una de las peores distribuciones poblacionales en función de la disponibilidad del recurso: 80% de la población habita en regiones donde apenas se cuenta con el 20% de la disponibilidad del líquido vital. El restante 80% del agua continental se encuentra en las costas y en el sureste. Pero somos un país centralista, que desprecia los litorales y la vegetación. Ya nadie se acuerda de aquella entrañable y fracasada campaña de Ruiz Cortines: “la marcha al mar”.

El estado de Guanajuato se cuenta entre las entidades con mayor problemática de disposición de agua para consumo humano. Somos deficitarios: dice el Programa Estatal Hidráulico 2006-2030 que “Con información del período de 1991 a 2004 […] las entradas se estimaron en mil 287 Hm3/año, en tanto que las salidas serían de mil 588 Hm3/año, lo que arrojaría una diferencia de 301 Hm3/año.” Es decir, que gastamos un 23.4% más agua de la que recibimos por vía pluvial o fluvial. ¿De dónde sale la diferencia? De las fuentes subterráneas, lo que ha acarreado un imparable abatimiento de los mantos freáticos de la entidad, que ya están en fase crítica.

Gastamos demasiada agua porque dedicamos el 87.6% del recurso a la agricultura, que todavía se sustenta en métodos anacrónicos de riego, en particular el método de inundación, que se basa en grandes flujos de agua que corren entre los surcos y que inundan su base, con el consecuente desperdicio por evaporación o por absorción. Nuestro sistema de retención y distribución de agua es faraónico, infuncional y agresivo con el entorno. Fue construido en los cincuentas luego de que el reparto agrario desarticuló el viejo sistema de riego de las haciendas y ranchos del Bajío, que se basaba en las “cajas de agua” que acumulaban agua pluvial. Ese sistema de origen colonial era más racional y amigable con la ecología, pero no resistió al reparto de los años treinta, que pulverizó la propiedad e hizo inviable a las viejas estrategias de riego. Ahora estamos pagando las consecuencias.

Las grandes ciudades de la región centro occidente, como Guadalajara y León, tienen una sed insaciable. Han agotado sus fuentes locales y, como lo hizo el DF en los años sesenta y hasta los noventa, recurren a fuentes lejanas para abastecerse. La presión social y política hace que en los nuevos proyectos de abasto de agua no se tomen en consideración los intereses locales que son afectados, ni mucho menos las consecuencias ambientales. La prioridad es arrebatar el agua ajena, acumularla y conducirla hacia las obesas y atestadas manchas urbanas, pobladas más que por habitantes… por votantes.
En su sed irreprimible, León y Guadalajara consiguieron que la Comisión Nacional del Agua (CNA) diseñara y comenzara a ejecutar una represa gigantesca, “El Zapotillo”, en un territorio de los Altos de Jalisco donde hoy se encuentran tres comunidades que serán inundadas. Entre ellas Temacapulín de los Remedios, mejor conocida como Temaca. Los técnicos de la CNA, así como los políticos de los dos estados, concluyeron que valía la pena inundar y borrar del mapa a esas colectividades cargadas de historia, tradiciones e identidad. La ganancia política potencial es enorme, así como la urgencia de legitimidad por parte del gobierno federal y de los estatales. Nótese todos son del mismo signo partidista, y de tener éxito consolidarán la lealtad de los votantes para las elecciones por venir. Si el Zapotillo garantiza 25 años de servicio a León, sus promotores asegurarían la lealtad de un millón de electores. Nada mal.

Pero los habitantes de Temaca, alteños al fin, no se han dejado zarandear y en pocos meses han construido un movimiento que ha rebasado las fronteras regionales y nacionales. Se vincularon con movimientos hermanos nacionales y extranjeros, y el año pasado organizaron un “Encuentro internacional de afectados por represas y sus aliados”. Este movimiento global afirma que los grandes depósitos de agua trasforman irremediablemente la ecología regional, y que son una forma disimulada de privatizar el agua, en principio un recurso social.
Centenares de jóvenes se movilizan para la lucha por la dignidad y la preservación de bienes ancestrales, como la cultura y la naturaleza. Miles de lugareños se niegan a abandonar sus comarcas, donde descansan los huesos de sus ancestros. Esos son valores intangibles que resultan incomprensibles para los gobiernos y para los negociantes.

Si León quiere agua, hay que buscarla mediante el ahorro, no mediante la expoliación de otras regiones. No olvidemos la reacción social cuando se le impuso a Romita el acueducto de La Muralla, que dejó heridas difíciles de curar. Hay que modernizar la agricultura, aprender de Israel, de España y de Argentina, que han sabido optimar la escasez del recurso. De ahí saldrá el agua necesaria para la vida urbana.


viernes, 19 de febrero de 2010

Desastres evitables

Desastres evitables

Publicado en Milenio de León.
Las excepcionales lluvias de enero y febrero han inundado el oriente de la ciudad de México y otras regiones del país. Lo llamativo no es la cantidad de lluvia fuera de estación, sino el pasmo gubernamental. Se confirma nuevamente la incapacidad de las autoridades locales y federales para prevenir los riesgos a los que está expuesta la población. De nuevo vemos pasear las ineptitudes de los burócratas de alto nivel, que a fuerza de declaraciones y apariciones continuas en los medios, creen que pueden resolver los problemas que torturan a sus gobernados, aunque sea desde la virtualidad verbal. ¿De qué sirven las visitas continuas del presidente Calderón a Chalco? ¿A qué va Peña Nieto a Ixtapaluca? ¿Cómo ayuda Ebrard a Iztapalapa? Los políticos encumbrados sólo estorban y distraen recursos que son necesarios para la gente; por ejemplo, los centenares de elementos de seguridad que se movilizan para garantizarles seguridad a los funcionarios y sus pantalones inmaculados, que no a los afectados, hundidos en lodo.
Cada visita de estos encopetados personajes –cada quien con su estilo de copete o de calvicie penosamente disimulada-, que llegan en helicóptero para evitar el mundanal tráfico, es una afrenta a los damnificados, que se baten en el fango negro, apestoso a caca, que sale de sus casas, donde pudrió sus muebles humildes, manchó sus enseres y borró sus fotos familiares. Llegan esos líderes carismáticos dando órdenes producto de la ocurrencia, de la ignorancia, de la soberbia de creerse indispensables. Y meten en problemas al personal de salvamento, que ese sí es profesional, comprometido y esforzado; pero que es distraído o incluso destinado a la atención de los policastros. Todo sea por la foto.
La clase política de todos los partidos –en este caso los tres más importantes- ha sido incapaz de construir un Sistema Nacional de Emergencias que no sólo otorgue atención a las consecuencias de los desastres, sino que detecte y resuelva los puntos de riesgo más evidentes. Los espacios amenazados por las inundaciones son los más numerosos, como podemos constatar en los mapas de riesgo que se han elaborado en el país. Pero aunque estén claramente identificados esos espacios de riesgo, la autoridad no actúa en consecuencia. Sólo cruzan los dedos en espera de que no ocurran contingencias en el lapso de ejercicio de cada gobernante. El mexicano siempre le va a la lotería.
El Distrito Federal se hunde desde los años cincuenta. Y se hunde por la excesiva extracción de agua de su subsuelo, antaño tan rico en contenido hídrico. El Valle de México, región naturalmente lacustre por su condición de vaso cerrado, no debería contener una población tan numerosa con actividades económicas tan demandantes de agua. Esto no tiene vuelta de hoja: el hundimiento no se va a parar nunca si no se desarticulan los factores que provocan los excesos contra el entorno natural. ¿Por qué nuestro país abandonó políticas inteligentes y ambiciosas como la de la “Marcha al Mar” del presidente Ruiz Cortines? Él pretendía que los excedentes de la población del altiplano se mudaran a las costas, donde se cuenta con el 80% del agua del país. ¿O por que se desechó la directriz de descentralización que impulsó el presidente De la Madrid? Recuerdo que sólo el INEGI fue congruente y se mudó a Aguascalientes. Pero la secretaría de Marina continuó en el DF, tal vez en espera de la inminente inundación que permitirá mantener una flota en el renacido lago de Texcoco. Pero ya no sería un lago de aguas dulces y saladas separadas por el albarradón de Nezahualcóyotl, sino un mar interior de puras aguas negras hediondas.
La solución de largo plazo no puede consistir en mejorar los actuales sistemas de drenaje, que siempre se verán rebasados. Hay que pensar en bajar la presión poblacional y productiva sobre el Valle de México, y hacerlo mediante el desarrollo de regiones periféricas más sustentables, que con oportunidades y calidad de vida atraigan población trabajadora chilanga que podrá gozar de seguridad para su patrimonio y su integridad, en el tibio ambiente del trópico. Sueños, dijo Calderón (de la Barca).