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viernes, 1 de octubre de 2021

Eppur si muove…

Eppur si muove…

Por: © Luis Miguel Rionda ©

Publicado en:
Zonafranca.mx Milenio León
15Diario.com
eslocotidiano.com

No puedo evitar hacer referencia a la andanada de ataques que desde hace semanas han recibido algunos colegas académicos e investigadores, provocada por el intento de procesarlos penalmente con base en presuntos desvíos, malversaciones, lavado de dinero y delincuencia organizada. El CONACYT de la 4T, por medio de la Fiscalía General de la República y con el acompañamiento expreso de la Presidencia de la República, se ha envuelto en un pleito absurdo con los integrantes del Foro Científico y Tecnológico, asociación civil creada por mandato de la ley en la materia en 2002, durante la administración de Vicente Fox y la dirección general del ingeniero Jaime Parada Ávila. Se trataba de “un espacio que albergará las opiniones de la comunidad científica, académica, tecnológica y el sector productivo y que participará en los órganos representativos del sistema como un ente autónomo” (Referencia). El Foro buscó abrir a la comunidad científica los espacios de toma de decisiones en esta materia, que es clave para garantizar un desarrollo armónico y soberano de cualquier país.

La vocación para la generación e innovación del conocimiento es una atribución personal que se vincula al amor por los demás. Nadie se dedica a esta actividad con motivaciones netamente egoístas. Tal vez sí un poco vanidosas —no hay innovación sin reconocimiento—, pero no me cabe duda de que mis colegas de la academia científica son esencialmente generosos y solidarios. Nadie se dedica a la ciencia para hacer dinero —esto lo comparto siempre con mis alumnos—; la fortuna material se hace en otra parte: en la empresa privada o en la función pública —cuando ésta se ejerce con poca ética y mucha ambición.

Ser científico en México es siempre frustrante, por la incapacidad de nuestros líderes públicos y privados para comprender el valor de la investigación. Es por esto por lo que el financiamiento es tan escaso, pero tan vigilado y auditado. Hay más prejuicios que conocimiento sobre nuestra función y actividad, y por ello debemos rendir cuentas trimestrales, semestrales o anuales de los pocos centavos que se nos acuerdan como apoyo a los proyectos, que son dictaminados rigurosamente en doble ciego por pares académicos. Ni siquiera los proyectos tecnológicos reciben apoyos que superen los 50 mil dólares anuales. Por supuesto que se incluyen viáticos para acudir a encuentros internacionales: la ciencia es una actividad globalizada y si no compartes tus hallazgos o hipótesis con los colegas de fuera, sencillamente eres intrascendente. No es turismo académico: es una necesidad que te impone la dinámica habitual de la innovación del conocimiento.

La ignorancia que han evidenciado las autoridades federales actuales, así como algunos corifeos oportunistas del sector privado, me sorprende sobremanera. A pesar del carácter subalterno de su actividad científica, México ocupa un lugar digno en la comunidad internacional, y su productividad no es frívola ni intrascendente. Pero los Torquemada del pensamiento han lanzado acusaciones sin el debido sustento objetivo. Es sólo la ideología lo que dicta las descalificaciones. La ciencia no es “neoliberal”, “socialista”, “cristiana” ni militante. En todo caso es pragmática, y sobre todo heurística.

Como ya lo han hecho cientos de mis colegas, me solidarizo con los 31 perseguidos políticos. Y les recuerdo nuestra máxima ante la persecución de los palurdos: eppur si muove…


viernes, 1 de octubre de 2010

Cien años

Cien años

Publicado en Milenio de León, y en Gurú Político.

El miércoles pasado lo pasé en la Ciudad Universitaria en el DF. Por pura casualidad me tocó el 100 aniversario de la UNAM y la fiesta que se armó tanto en el centro de la ciudad como en CU. Acompañaba yo a un tío abuelo mío, el doctor Barbarín Arreguín Lozano, profesor emérito de esa universidad. Yo había acudido en visita familiar a su casa y ese día mi tío me llevó a dar un recorrido por el Instituto de Química, donde laboran casi 70 científicos de diferentes especialidades químicas, acompañados de 25 técnicos académicos, un buen número de apoyos administrativos y gran cantidad de estudiantes de posgrado, nacionales y extranjeros. Ahí trabaja el 20% del total de miembros del Sistema Nacional de Investigadores que se dedican a la química.

La UNAM es sin duda uno de los mayores valores civilizatorios que hemos sabido construir en este país. Es un ejemplo de institución noble que ha soportado todo tipo de agresiones externas e internas, y sin embargo se mantiene erguida defendiendo la ciencia, el arte y las humanidades. Tiene una comunidad vibrante que se nutre constantemente de la juventud que ingresa año con año, llena de esperanzas, a sus aulas atestadas. Miles de chicos buscan labrarse un futuro mediante el desarrollo de habilidades cognitivas, físicas y actitudinales que les permitan no sólo ser competentes, sino también convertirse en ciudadanos conscientes y participativos. Miles de egresados de la UNAM son, desde hace muchas décadas, parte de la élite científica, técnica, política, empresarial y artística del país.

Mi tío abuelo Barbarín Arreguín Lozano es un ejemplo de lo que ha significado la UNAM para cientos de miles de mexicanos en estos cien años. Él es nieto del boticario, también de nombre Barbarín, que fundó y mantuvo la farmacia Arreguín en la ciudad de Guanajuato desde 1864. Se ubicaba en la calle de Belém, y floreció hasta que la inundación de 1905 arrasó con esa cuadra y obligó al abuelo y al padre de mi tío, los tres llamados Barbarín, a mudar la farmacia al jardín central de Silao, donde se mantuvo hasta los años noventa.
Mi tío abuelo nació en 1917 en Silao. Y aunque compartió su nombre con su padre y abuelo, no quiso compartir su destino como boticario. Buscó algo más. Deseaba ser químico, y para ello debió estudiar su preparatoria y su licenciatura en la ciudad de México en los difíciles años treinta. Con muy poco apoyo económico logró terminar su carrera en la joven Universidad Nacional, cuyas escuelas todavía se encontraban desperdigadas por el centro de la ciudad. Pero no se conformó con la carrera, pues la UNAM le había abierto el apetito científico, y en 1943 logró ser apoyado por el presidente Ávila Camacho con una beca para estudiar el doctorado en el prestigioso Caltech (California Institute of Technology) en Pasadena. Se dedicó a estudiar las propiedades de la planta mexicana del guayule como productora de hule natural, tan necesario y escaso en tiempos de guerra.

En 1946 culminó su doctorado y regresó a México. Pero no pudo encontrar un empleo. Entonces nadie quería emplear a un científico especialista en metabolismo vegetal. Tuvo que regresar a California a trabajar sobre nuevos proyectos de investigación por otros cuatro años. Regresó al país en 1950 ya casado y con su primer hija, y pudo trabajar en la fábrica de papel de Atenquique, Jalisco, por un par de años. De ahí emigró a la ciudad de México para trabajar en los laboratorios Syntec.
El Instituto de Química de la UNAM fue abierto en 1941, pero la fundación de la Ciudad Universitaria en 1954 le dio un enorme impulso a la institución. Se comenzó a contratar a personal de investigación de tiempo completo, y fue así que mi tío Barbarín se integró a la máxima casa de estudios. Estrenó un laboratorio en el piso 12 de la torre de ciencias. Los laboratorios Syntec contrataron al instituto para desarrollar la investigación sobre esteroides que mi tío había tenido a cargo cuando laboró para esa corporación.
El doctor en bioquímica Barbarín Arreguín Lozano ha cosechado desde entonces una importante serie de logros científicos y profesionales. Fundó la Sociedad Mexicana de Bioquímica en 1957, junto con Jesús Kumate, Guillermo Soberón y otros. Fue designado hace algunos años profesor emérito de la UNAM. Con él compartí el pastel y el brindis con que se festejaron los primeros 100 años de una de las instituciones más nobles del país. Me enorgullece su amistad, pues es un hombre joven e inquieto que habita dentro de un bien cuidado cuerpo de 93. Estoy seguro de que festejaremos sus propios cien.
Fundadores de la Sociedad Mexicana de Bioquímica. Primera Fila: Mario García Hernández, Guillermo Massieu Helguera, Guillermo Soberón Acevedo, Guillermo Carvajal Sandoval, Edmundo Calva Cuadrilla, Barbarín Arreguín Lozano y Joaquín Cravioto Muñoz. Segunda Fila: Jesús Guzmán García, Carlos del Rio Estrada, Raúl Ondarza Vidaurreta, José Laguna García, Sivestre Frenk Freund, Efraín Pardo Codina y Jesús Kumate Rodríguez.



martes, 12 de enero de 2010

La Ciencia mexicana se pronuncia

La Ciencia mexicana se pronuncia


Por: © Luis Miguel Rionda ©
Publicado en:






El 5 de enero pasado la presidente de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC), la doctora Rosaura Ruiz Gutiérrez, junto con 16 expresidentes de la misma, publicaron una declaración conjunta en torno a las recientes reformas legales antiaborto que se han gestado en 18 entidades del país. El desplegado ha circulado profusamente entre la comunidad científica nacional, y hasta donde me he podido dar cuenta, su contenido ha despertado un apoyo unánime; o casi, pues no dudo que algún sector de la clase estudiosa perciba estos cambios legales como positivos para garantizar el “derecho a la vida”.
Inician su texto señalando que “Nuestra Academia y la comunidad científica nacional realizan constantemente esfuerzos comprometidos y expresiones de alerta para señalar los aspectos causantes de que el país siga rezagándose día a día con respecto al resto del mundo, como muestran objetivamente numerosos indicadores internacionales de desarrollo económico, social, político y humano.” Y continúan: “En este contexto, nos preocupa el inaceptable fenómeno regresivo que en los últimos meses ha estado socavando la racionalidad política en el país y amenazando con retroceder a etapas dolorosamente superadas hace siglo y medio.” Esto en referencia a las reformas que han definido que la persona humana existe desde la concepción, y que por lo mismo es sujeta de derechos.
No puedo estar más de acuerdo con estos líderes académicos. Es claro que la ciencia moderna ha procurado mantener un espíritu crítico que trasciende las preconcepciones, los tabúes y los dogmas de fe en que se sustentan los diferentes pensamientos unívocos, tanto los de carácter mágico-religioso -las religiones y sus jerarquías- como los político-ideológicos. Temas como el de la vida y su origen natural o divino, la evolución de las especies, el papel de la sexualidad y el erotismo, el carácter divino o animal de la humanidad y muchos otros, han dividido fuertemente a las tradiciones científica y religiosa. Tanto que ese antagonismo se ha traducido con frecuencia en amenazas, represión e incluso violencia hacia los impulsores del cambio y la revolución científica. Recordemos al tribunal de la inquisición, la persecución fascista de los heterodoxos y la condena al evolucionismo darwiniano, que hoy día se mantiene en el sur de Estados Unidos.
Dicen los presidentes de la AMC que existe “una incompatibilidad flagrante entre el concepto moderno, multifacético y complejo, de lo que es un ser humano y la simplista, arbitraria y poco informada definición de la vida en que se basan las reformas indicadas.” En esto reside la mayor de las amenazas del movimiento neoconservador impulsado desde los legislativos estatales, porque marca camino para futuras reformas involucionarias en campos como el educativo y en los espacios de la moral privada. La ignorancia con poder es sumamente peligrosa, pero es peor cuando esa rusticidad se envuelve de iluminismo, al asumirse como vigía de los valores “universales”. La moral, por su carácter subjetivo y relativo, no puede ser universal sino particular. Por eso, siempre será mejor dejar abiertos los espacios de la libertad, antes que cerrarlos obtusamente.

viernes, 3 de octubre de 2008

Enseñar a investigar

Los días de ayer y hoy se desarrolla el Coloquio “Enseñar a investigar en la complejidad contemporánea”, que impulsa la Universidad de Guanajuato en las instalaciones de su Facultad de Derecho. Se estará discutiendo sobre los problemas concretos con que se enfrenta el docente-investigador para formar o confirmar la vocación investigativa que de forma natural subyace en todos los estudiantes. Desgraciadamente, cuando los chicos llegan a la educación superior traen consigo arrastrando años de una enseñanza autoritaria, desmotivadora de la generación de conocimiento crítico e innovador. Somos herederos de una tradición escolástica y conductista que privilegia la memorización de conocimientos que son considerados “consagrados” por la tradición de la palabra publicada; es decir, que el promedio de nuestros docentes nunca se atrevería a sembrar en las mentes de sus alumnos la sombra de una crítica hacia la tradición académica -científica o no- que se eterniza en las aulas. A todos nosotros se nos impuso durante nuestra infancia y adolescencia la idea errada de que no hay nada nuevo bajo el sol y que no se puede cuestionar lo establecido por la costumbre y la rutina. Prueba de ello es que en las aulas mexicanas no se fomenta, sino que se evade, el debate abierto sobre temas que son considerados tabúes, o al menos poco apropiados, como el de la sexualidad humana, la religión, la política y muchos temas o personajes de la historia real de nuestro país. Al chico se le prepara para convertirse en un trabajador calificado, pero nunca crítico ni consciente de su realidad. De esta manera, la educación no se transforma en recurso para la liberación -a la manera como lo concebía Paulo Freire-, sino para la perpetuación de las relaciones de dominación social.
La investigación es una actitud y una práctica. Desde que nacemos, somos criaturas cuestionadoras y curiosas: todo lo queremos saber, todo lo queremos comprender. Y muchas de las preguntas inocentes de los niños ponen en aprietos a los adultos, ya deformados por los prejuicios y por los conocimientos considerados “válidos” y tradicionales. Con el tiempo, el niño abandona su curiosidad natural y se convierte en un ser conformista y reprimido. Devolverle a un joven estudiante esas facultades, tanto tiempo combatidas por un sistema alienante, es un reto que debemos confrontar con pocas herramientas los profesores-investigadores en el nivel superior. ¿Cómo lograr que se reviva el natural instinto cuestionador en los alumnos? Eso estaremos discutiendo en este evento universitario.
No es fácil enseñar a investigar a muchachos que tienen la impresión de que poco o nada pueden aportar al conocimiento científico y a la tecnología que el mismo genera. México es un país consumidor, y no generador de ciencia y técnica. El gobierno invierte poquísimo en estas actividades, y los empresarios prácticamente nada. Nuestro sistema productivo prefiere comprar el know-how antes que generarlo. Por ello, la educación se ha preocupado poco por formar capital humano proclive a la investigación y la construcción de ciencia. ¿Para qué, si todo marcha tan bien si aceptamos nuestro papel pasivo ante la innovación del conocimiento? ¿Para qué arriesgarse a crear profesionales inquisitivos, críticos y analíticos, que luego pueden dedicar sus aptitudes cuestionadoras hacia la censura del sistema imperante? Un pueblo ignorante y conformista es más cómodo de gobernar, más fácil de engañar, más sencillo de esquilmar.
El epistemólogo Gastón Bachelard identificaba como el principal “obstáculo epistemológico” para la generación de saber científico el llamado “conocimiento ordinario”, que se caracteriza precisamente por su tendencia conservadora y acrítica. La experiencia y los juicios que vamos construyendo a lo largo de la vida tienden a esclerotizarse y a establecerse como verdades inmóviles. Eso es lo peor que puede sucederle a nuestra capacidad de avance hacia nuevos y más válidos conocimientos, particularmente en la ciencia. Hay que evitar caer en ese conformismo. Y hay que hacerlo mediante el fomento de la mentalidad inquisitiva, cuestionadora y de curiosidad permanente que debe caracterizar a los sabios verdaderos. Eso es lo que hay que buscar con nuestros jóvenes estudiantes, antes de que terminen de caer en el inmovilismo intelectual. Yo le he apostado a una técnica sencilla: desde la clase primera “moverles el tapete” a los chicos con quienes he compartido los quince cursos que he impartido sobre metodología de la investigación. Lo hago aprovechando mi formación antropológica, que me permite cuestionarles muchos de los tabúes y prejuicios con los que la cultura “ordinaria” ha condicionado su conducta. Por ejemplo, les lanzo ideas inquietantes como que el tabú del incesto es un constructo cultural, inexistente en el estado de naturaleza; o que la religión es un recurso también cultural para ordenar conductas y justificar un orden establecido; o que mucho de nuestra conducta cotidiana está determinado por nuestra obsesión por el sexo; o que el matrimonio romántico es un invento de la sociedad capitalista; o que el ser humano no nace como tal, sino que se hace; o que… etcétera. ¡Se arman unos debates bien sabrosos! Cuando se les cuestiona sobre elementos de su vida diaria que son considerados imbatibles, inamovibles, los muchachos comienzan a dudar, y con la duda les nace la curiosidad, y con la curiosidad viene el deseo de aprender cosas nuevas, y con ello florece la actitud científica. Así puede vencerse la molicie y la flojera mentales con las que nos educaron nuestros viejos maestros para domesticar nuestro instinto más humano: preguntar, investigar, conocer. De ahí, el paso siguiente es mucho más fácil, el de aprender los métodos y técnicas con que las ciencias nos han provisto desde la revolución de Copérnico, de Galileo y de Gutenberg: la experimentación, la comparación, la verificación y la democratización del conocimiento. Y así la verdad en efecto nos hará libres.