Etiquetas

4T Aborto Academia Agua Alteridades América Latina AMLO Antropologia social Bicentenario Campañas electorales Candidatos independientes Catolicismo Ciencia política Ciencia y Tecnología Ciencias Sociales Ciudad de Guanajuato Ciudadanía Conacyt Conmemoraciones Corrupción Covid19 Coyuntura Cuba Cultura Cultura política Cultura popular y tradiciones Delincuencia organizada Democracia Democracia participativa Deporte Derechos humanos Derechos políticos Desarrollo regional Desarrollo social Desastres naturales Ecología Educacion Educacion superior Elecciones Estado de Guanajuato Estudiantes Ética EUA Familia Federalismo Función pública Globalización Gobernadores Gobernanza Gobierno federal Guanajuato Historia política Historiografía Homosexualidad Identidad cultural IEEG IFE IGECIP impuestos Indigenas y pueblos originarios INE Intolerancia Izquierda Juventud La Radio Lengua y lenguaje León Libros Medio ambiente Medios de comunicación Memoria México Migración Momias de Guanajuato Mujeres y feminismo Mundo Municipios Nacionalismo Nuevas TIC OPLEs Organismos autónomos Partidos políticos Patrimonio PEMEX Personajes Población Poder judicial Poder legislativo Politica internacional Posmodernidad Redes sociales Reforma electoral Salamanca Salud pública Seguridad pública Seguridad social SEP Sindicalismo Socialismo Sociedad civil SOMEE Teatro universitario Terrorismo Tribunal electoral PJF UNAM Universidad de Guanajuato violencia política Violencia social Yo y mi circunstancia
Mostrando las entradas con la etiqueta Cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cultura. Mostrar todas las entradas

viernes, 13 de agosto de 2021

Inopia cultural

Inopia cultural

Por: © Luis Miguel Rionda ©

Publicado en:
ZonaFranca.mx Milenio León
https://15diario.com/diario-de-campo-inopia-cultural-luis-miguel-rionda.html
eslocotidiano.com

Desde hace décadas los diferentes gobiernos nacionales y locales de nuestro país han ejercido una política confusa —por decirlo amablemente— hacia el ámbito de la cultura. La Constitución General de la República hace referencia en once ocasiones a este concepto —incluyendo tres a la cultura física—, sin nunca definirlo. Pero es de destacar el párrafo once del artículo 4º, que dice: “Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales.” Este texto fue adicionado apenas el 30 de abril de 2009. Desde entonces el derecho a la cultura es considerado uno más de los derechos humanos de los mexicanos, y el Estado asumió formalmente la obligación de promover su fortalecimiento, su protección, su difusión y conocimiento.

A pesar de los buenos deseos, es un derecho humano que no se acompaña con los apoyos presupuestales suficientes. Desde hace más de una década los recursos públicos destinados al fortalecimiento de las culturas nacionales no rebasan el 0.1% del Producto Interno Bruto (ver aquí). Son poco menos de 14 mil millones de pesos del gobierno federal en su ramo 48 (ver aquí), más una cantidad mucho menor de parte de los gobiernos estatales y municipales. Para colmo, la quinta parte del presupuesto federal de este año se destina al megaproyecto presidencial Chapultepec (ver aquí).

Dentro del gasto cultural federal, el presupuesto destinado al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha sido uno de los más castigados. Para este año su presupuesto suma tres mil 820 millones, un recorte del 2.53% sobre el año anterior. Si consideramos que el instituto está al cargo de la preservación, estudio y divulgación del amplísimo patrimonio histórico y arqueológico nacional, podemos concluir que es un recurso en extremo limitado y que, según el sindicato del INAH, “provocará, entre otras cosas, deterioro de los monumentos paleontológicos, arqueológicos, artísticos e históricos del país, así como la red de museos y otras infraestructuras culturales dependientes del Sector Cultura y del INAH, en particular. La gran mayoría de las zonas arqueológicas, museos y monumentos históricos del país […] se encuentran en un avanzado estado de deterioro y requieren de mantenimiento urgente” (ver aquí).

Uno de esos sitios es el del Templo Mayor, que tal vez sea el repositorio arqueológico más importante del país, junto con Teotihuacan. Este conjunto, descubierto apenas en febrero de 1978 gracias al hallazgo por parte de trabajadores electricistas del monolito de la Coyolxauhqui, representa uno de los mejores ejemplos de la urbanística, la mitología y la cultura de los antiguos mexicas, a quienes conocemos tan poco a pesar de ser reivindicados como los fundadores simbólicos del México moderno.

La actual administración federal ha revivido el viejo nacionalismo mexicano, que se sustenta en una visión broncínea y anquilosada de un pasado imaginado. El discurso ideológico de la 4T se nutre con los viejos estereotipos del indigenismo de los años treinta y cuarenta, que buscaba “forjar Patria”, en palabras de su fundador Manuel Gamio. Pero al mismo tiempo cae en los simplismos de la propaganda populista, como se evidencia en los actos conmemorativos del bicentenario en este año.

Me parece indignante que el gobierno de la CDMX, con apoyo del federal, destinen recursos —no se sabe cuántos— a la construcción de una horrible maqueta del Templo Mayor a cien metros del original. Un adefesio a un tercio de su tamaño original, que me recuerda las atracciones gringas que imitan castillos y monumentos, y los banalizan con espectáculos de luz y sonido con contenido New Age —ahora les dicen videomapping—. Entretanto el sitio original se desgasta por carecer del techado que se cayó el 28 de abril pasado, por las inopias presupuestales del INAH.


martes, 24 de mayo de 2011

Premio Wigberto Jiménez

Premio Wigberto Jiménez

Publicado en de Guanajuato.

Don Wigberto Jiménez Moreno fue un destacado historiador y antropólogo leonés (1909-1985), que a pesar de –o tal vez debido a- su formación casi autodidacta descolló en el competido ámbito nacional de los estudios históricos y arqueológicos. Don Luis González y González, quien fue parte de una generación posterior de estudiosos de la historia matria y patria, escribió una semblanza del maestro para la Academia Mexicana de Historia, de donde tomo estos datos. Yo fui discípulo de don Luis, de quien tomé algunos cursos entre 1983 y 1985, por lo que me concibo como nieto intelectual de don Wigberto, a quien leímos por invitación de nuestro maestro. Don Luis tenía una especial estima por la obra de don Wigberto, y le reconocía haber sido un pionero de la historia regional y étnica.

Recordaba don Luis que “Si se le decía maestro a Jiménez era porque enseñó en cosa de doce instituciones de educación: en su juventud, en la secundaria y en la normal de León. Desde el quinto lustro de su vida en el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía, y desde que cumplió treinta años, la UNAM, la Escuela Nacional de Antropología e Historia, el México City College y la Universidad Iberoamericana. A partir de 1960 fue muy solicitado como maestro en las universidades de Texas, Illinois, Minnesota, Wisconsin, Arizona y Los Ángeles. Sus exposiciones orales o conferencias, cuya duración siempre excedía con mucho a la normal, eran frecuentes y muy frecuentadas.”
Desgraciadamente don Wigberto no fue muy amigo de la pluma, a pesar de su enorme capacidad expositora. Escribió poco y difuso, pero algunos de sus textos son referencia obligada para quienes desean profundizar en el conocimiento de la historia del Bajío. Por ejemplo, el “Brevísimo resumen de historia antigua de Guanajuato” publicado en 1933 –y republicado en otras fechas posteriores-, y otro más, “La colonización y evangelización de Guanajuato en el siglo XVI” de 1944, son textos ineludibles para comprender la colonización y descolonización nativa y europea de estos territorios. Hoy que se ha puesto de moda en nuestro estado rescatar y abrir al público algunos de los mil 400 sitios arqueológicos que salpican su territorio, estos textos cobran nueva actualidad.

Concluye don Luis: “Del inquietísimo profesor Jiménez Moreno, que esparció de viva voz y por escrito numerosos datos e interpretaciones de la vida mexicana, se han derivado numerosas interpretaciones históricas escritas por los oyentes y lectores de tan ocurrente maestro. En 1982 fundó El Colegio del Bajío, y tres años después, cuando el colegio establecido en León, Guanajuato, despegaba, la muerte lo separó de él.”
De habérsele permitido florecer, El Colegio del Bajío habría sido el segundo centro de investigación social y humanística establecido en las entidades de la República, sólo después de El Colegio de Michoacán, fundado en 1979 por el propio Luis González. La grilla política condenó a la institución leonesa a su desaparición en 1988, quedando cercenado el legado de don Wigberto. El estado de Guanajuato estaba en deuda con él, y el premio nacional que lleva su nombre, instituido en 2008, es una manera de ayudar a pagarla. Felicito a Carlos Armando Preciado por la publicación de su libro “Clase política, elecciones y estructuras legislativas Guanajuato 1833-1853” por ediciones La Rana, trabajo ganador en 2009.

Presentan Convocatoria Premio Nacional Wigberto Jiménez Moreno 2011

 Ve la nota en ZonaFranca.


martes, 3 de mayo de 2011

Educación y lectura

Educación y lectura

Publicado en la revista mensual Opinión y Desarrollo.

No cabe duda que el reto principal que enfrentó nuestro país en los cien años que van desde 1910 hasta 2010 fue el de llevar la educación y la lectura a las posibilidades reales de la mayoría de los mexicanos. En aquel año inicial, el 72.3% de los mexicanos mayores de seis años –el criterio de edad que prevalecía entonces- no sabía leer ni escribir. Esta capacidad estaba reservada para los citadinos, predominantemente hombres y de clase media o alta. Tres cuartas partes de los mexicanos, casi todos habitantes del medio rural y con prevalencia femenina, estaban excluidos de la lectura. 9 mil 541 escuelas primarias atendían a sólo 657 mil 843 educandos, cuando existía una población total de 15 millones 160 mil personas. ¿Pará qué educar a los trabajadores, si sólo deben conocer lo básico de su oficio? ¿Para qué educar a las mujeres -54% de los analfabetas- si terminarán casándose y haciéndose cargo de los menesteres de su género?
El salto cuantitativo en este siglo ha sido espectacular: según el censo de 2010 sólo el 6.9% de la población de más de 15 años no tiene la habilidad de la lectoescritura. No es un logro menor si consideramos que los números absolutos son realmente espectaculares: de 2 millones 992 mil instruidos en 1910, se llegó a más de 72 millones 205 mil cien años después. Una población letrada 24 veces superior.
Ahora bien, en los últimos 20 años la tasa de analfabetismo se redujo casi a la mitad, pero hemos llegado a la fase de los “rendimientos marginales decrecientes”, que implica que cada vez costará más trabajo y más recursos alfabetizar a los rezagados, mayoritariamente ancianos y habitantes de regiones apartadas o marginales. Un día me dijo un funcionario del INEA que ese resabio de ignorancia sólo lo acabará el tiempo, “cuando se mueran los analfabetas”. Cruel, pero parece ser cierto.
El censo de 2010 arrojó un promedio nacional de escolaridad de 9.1 grados, 1.3 grados más que diez años antes. Somos ya una población que inicia su preparatoria. Eso debería implicar que los mexicanos no sólo sabemos leer y escribir, sino que además dominamos el pensamiento abstracto: las matemáticas básicas, la lógica formal, las artes de la geometría, el álgebra y la trigonometría. También deberíamos conocer lo elemental de las tradiciones humanísticas y de las artes. Es decir que según lo que implica la estadística deberíamos poseer la capacidad para comprender y solucionar problemas cotidianos de cierto grado de complejidad haciendo uso consuetudinario de las herramientas que nos proveyó la educación formal. Pero muchos recursos de evaluación con los que contamos hoy día[1] nos dicen que no es así: que el mexicano mayoritario todavía no hace uso cotidiano de conocimientos equivalentes al primer grado de la preparatoria. Bueno, ni siquiera de la habilidad elemental para leer, y mucho menos para escribir de manera aceptable. Lo constatamos de manera lastimosa en los frecuentes gazapos de lectura que comete la lideresa del sindicato magisterial cada vez que tiene que leer discursos que evidentemente no ha escrito, prueba evidente de que nuestra educación básica está en las peores manos posibles.
Mejor echémosle un ojo a la información objetiva. La prueba PISA, por ejemplo, que “no mide qué tanto pueden reproducir lo que han aprendido, sino que indaga lo que se denomina competencia (literacy); es decir, la capacidad de extrapolar lo que se ha aprendido a lo largo de la vida y su aplicación en situaciones del mundo real, así como la capacidad de analizar, razonar y comunicar con eficacia al plantear, interpretar y resolver problemas en una amplia variedad de situaciones.”[2] Se aplicó en 2009 a muestras representativas de estudiantes de entre 15 y 16 años en 65 países. Ese año la prueba hizo especial énfasis en la competencia de la Lectura. En México se aplicaron los 190 reactivos del cuestionario a 38 mil 250 estudiantes de mil 535 escuelas. 52% de los estudiantes fueron mujeres y 48% hombres. 72.6% estudiaban el bachillerato y el resto la secundaria. El 72% de ellos cursaba el primer grado de la preparatoria, que como vimos es el promedio educativo de nuestro país. 89.3% de esos estudiantes acudían a escuelas públicas y el resto a privadas. 87% se encontraban en el medio urbano. Entre las conclusiones de esa evaluación comparada podemos destacar las siguientes:
  • México concentra entre 40% y 50% de los estudiantes en los niveles bajos (40.1% en Lectura, 47.4% en Ciencias y 50.8% en Matemáticas), lo que significa que no están preparados para realizar las actividades que exige la vida en la sociedad del conocimiento. México se ubica en una situación inferior a la que presenta Chile; mejor a la de Brasil, Argentina y el promedio de países de América Latina (Promedio AL); y similar a la que presenta Uruguay.
  • Son reducidas las proporciones de jóvenes mexicanos que alcanzan los niveles altos: 5.7% en Lectura, 3.3% en Ciencias y 5.4% en Matemáticas. En este aspecto, y en particular en Lectura y Ciencias, las cifras de México son inferiores no sólo a las de Chile, sino también a las de Uruguay, Brasil y Argentina.
  • Las proporciones de jóvenes mexicanos ubicados en los niveles más bajos de Lectura varían de manera importante entre las entidades federativas: de 20.2% para el Distrito Federal hasta 66.1% para Chiapas. El Distrito Federal, la entidad con mejores resultados, logra porcentajes similares a los de España, con una relación 20-80 (Bajo desempeño-Alto desempeño). Aguascalientes, Chihuahua y Nuevo León tienen una relación 30-70, similar a la de Chile y mejor que la de Uruguay, cuya relación es 40-60. Oaxaca y San Luis Potosí presentan una distribución similar a la de Argentina, Brasil e Indonesia, donde la relación es 50-50. Chiapas y Guerrero, que son las entidades con los resultados más bajos del país, tienen una relación 65-35 semejante a la de Perú y Panamá, y mejor que la de Azerbaiyán y Kirguistán.
  • En México, la puntuación en Lectura se mantuvo casi igual entre 2000 y 2009 (422 y 425 puntos). El informe interpreta que este resultado es positivo, si se tiene en cuenta que durante esos nueve años la tasa de cobertura de la población de 15 años se incrementó 14%. Otros países que mantuvieron las puntuaciones promedio en 2009 respecto de 2000 fueron Estados Unidos, la Federación Rusa e Italia. Estos países tienen una cobertura casi de 100%. Perú es la nación que más avanzó en Lectura entre 2000 y 2009: aumentó 43 puntos. Le siguen Chile, Indonesia y Polonia, con 39, 31 y 21 puntos, respectivamente.
Ante el aparente estancamiento o avance minúsculo en las competencias de la lectura en México, el informe PISA 2009 llega a la conclusión de que:
México necesita formar lectores capaces de procesar y darle sentido a lo que leen; capaces de comprender las relaciones explícitas e implícitas entre diferentes partes de un texto, de llegar a inferencias y deducciones, e incluso de identificar suposiciones o implicaciones. Necesita lectores que puedan relacionar el contenido de los textos que leen con su propia experiencia y sus conocimientos previos, para establecer juicios sobre su contenido y calidad. Lograr que nuestra sociedad forme lectores competentes implica, sin duda, seguir trabajando para que todos los niños y jóvenes tengan fácil acceso a una variedad de libros y materiales de lectura. Pero también implica reforzar las prácticas de enseñanza en las aulas para que, usando esos materiales, sea posible desarrollar competencias lectoras de mayor complejidad.
Los resultados de la prueba PISA son alarmantes, pero objetivos. En cambio, los números que se manejan en el ámbito oficial suelen ser engañosos. Por ejemplo, los censales. Los 72 millones de mexicanos que en 2010 declararon saber leer y escribir practican realmente poco esa habilidad. Las cifras de circulación de periódicos en el país siempre ponen en evidencia la escasa cultura de la lectura en México: nuestro periódico de mayor circulación, El Universal, tira la tercera parte de ejemplares que El País en España.[3] Hace poco el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, declaró que “según la Encuesta Nacional de Lectura del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en promedio los mexicanos leemos 2.9 libros al año, los españoles 7.7 y los alemanes leen 12 al año.”[4] En lo personal dudo mucho que el mexicano promedio lea tanto: casi tres libros al año sería magnífico, un libro cada tres meses, ¡sensacional! Pero lo dudo mucho. Creo que los encuestados en el 2006 por el Conaculta[5] les mintieron a los encuestadores.
Por lo contrario, opino lo mismo que ha sostenido el siempre agudo Guillermo Sheridan: “Las estadísticas avasallan. Demuestran con alevosía y ventaja, sin mostrar forma alguna de clemencia ni resquicio para el anhelado error metodológico, que al mexicano (el 99.99 por ciento) no le gusta leer. Es más, no sólo no le gusta leer, no le gustan los libros ni siquiera en calidad de cosa, ni para no leerlos ni para nada, vamos, ni para prótesis de la cama que se rompió una pata.”[6] Los que nos dedicamos profesionalmente a la enseñanza –en mi caso a la de nivel superior- padecemos cotidianamente el disgusto por la lectura que emanan nuestros estudiantes, incluso de posgrado: siempre te piden que les armes antologías con las fracciones de lectura a realizar durante el curso, una manera criminal de cercenar y simplificar el pensamiento de los autores a trabajar. Cuando leen, no comprenden, y mucho menos son capaces de hacer una reseña de lectura; prefieren copiarse mutuamente o fusilarse algún texto del internet. Sus capacidades para la redacción, la ortografía y la sintaxis son realmente limitadas. Y es una tortura intentar explicarles cómo se elabora un ensayo académico. Por supuesto, siempre hay excepciones; pero son sólo eso: excepciones.
Grabiel Zaid sintetizó los resultados más llamativos de la encuesta del Conaculta:
[…] dos de cada tres entrevistados declaran leer lo mismo o menos que antes, a fines del 2005. Sólo el 30% declaró leer más. El 13% dice que jamás ha leído un libro. Y cuando se pregunta a los que no están en ese caso cuál fue el último libro que leyó, la mitad dice que no recuerda. El 40% dice que ahora lee menos. También un 40% dice que nunca ha estado en una librería. Dos años antes, en la Encuesta nacional de prácticas y consumo culturales, también de Conaculta, el 37% dijo que nunca había estado en una librería.
Al 40% que dijo leer menos se le preguntó a qué edad leía más. El 83% (del 40%) dijo que de los 6 a los 22 años, o sea la edad escolar. Si de los entrevistados se escoge a los que tienen de 23 a 45 años (o sea los beneficiarios del gran impulso educativo), los números empeoran. El 45% (en vez del 40%) declara leer menos, de los cuales casi todos (90% en vez de 83%) dicen que leían más cuando tenían de 6 a 22 años. Queda claro que leían libros de texto, y que no aprendieron a leer por gusto.
Los entrevistados que no leen dan varias explicaciones, la primera de las cuales (69%) es que no tienen tiempo. Pero el conjunto de los entrevistados considera que la gente no lee, en primer lugar, por falta de interés o flojera. Sólo el 9% dice que por falta de tiempo. […]
Un aspecto interesante de la encuesta es que muestra claramente que el interés (o desinterés) de los padres en la lectura se reproduce en los hijos. Habría que medir esto, no sólo en los hogares, sino en las escuelas y universidades. Una encuesta centrada en el mundo escolar, seguramente mostraría que los maestros no leen, y que su falta de interés se reproduce en los alumnos, por lo cual multiplicar el gasto en escuelas y universidades sirvió para multiplicar a los graduados que no leen.[7]
La lectura o su ausencia tienen también implicaciones políticas. Yo vivo en una entidad muy conservadora: Guanajuato. Y el conservadurismo también se evidencia en el permanente miedo al libro y a la lectura. En las familias del Bajío no se fomenta el hábito de leer, pues en no pocas de ellas se considera peligroso acercarse a materiales escritos que podrían desorientar a las mentalidades más jóvenes. Los libros se relacionan sólo con dos espacios: la iglesia y la escuela. En casa el libro es sólo parte de la ornamentación de la sala, y se le escoge por su tamaño y color. Ahora bien, en el primer espacio mencionado las familias guanajuatenses son cuidadosas de sólo adquirir los textos recomendados por el párroco en librerías autorizadas, y repeler las influencias de los evangelizadores protestantes, que tienen  fama de lectores ávidos pero anárquicos. En el segundo espacio, el escolar, los libros de texto oficiales son censurados por los pater familias, o bien “complementados” con textos alternos que son más acordes con la ideología familiar. Esto último sobre todo en los colegios particulares, que abiertamente imparten educación “moral” –religiosa- a los educandos.
No es de sorprender que eventualmente se desplieguen manifestaciones públicas de rechazo a los libros oficiales en Guanajuato, como ocurrió en agosto de 2006 con el libro “Competencias Científicas I”, de editorial Norma, que fue cuestionado por “organizaciones civiles” y por el propio gobierno del estado por su contenido “explícito” en educación sexual.[8] Después, en octubre de 2009, resurgió la intolerancia bajo la forma una asociación de padres de familia denominada “Suma tu voz”. El líder Alberto Guerra afirmó: “Expresamos nuestro apoyo a la educación sexual basada en valores y nos manifestamos en contra de imposiciones ideológicas y sin perspectiva de familia”. Y siguió: “rechazamos las imposiciones ideológicas en educación sexual tanto en primaria como en secundaria a través de los libros de Ciencias I, Biología y Cívica y Ética para segundo y tercer grado de secundaria”. Acto seguido procedieron a la quema pública de libros en la plaza principal de León.[9] Yo escribí entonces:
Dijo el filósofo alemán Heinrich Heine: ‘donde se queman libros, se termina quemando personas’. Eso fue en 1820. Un siglo más tarde Alemania, la nación más civilizada de Europa, cayó en una profunda depresión moral y económica luego de la ‘Gran Guerra’ de 1914-1918, que perdió y por lo que se le obligó a pagar onerosos cargos a sus vencedores. Los alemanes cedieron a la tentación del pensamiento autoritario y en 1933 apoyaron el ascenso del partido Nazi y de su líder, el lunático Adolfo Hitler. Este personaje retomó la tradición que había inaugurado la Santa Inquisición siglos antes y arremetió contra los símbolos objetivados de la cultura y la sabiduría humanas: los libros. El 10 de mayo de ese año, los camisas pardas tomaron por asalto las bibliotecas alemanas y quemaron decenas de miles de libros de filósofos, poetas, pensadores, y literatos, a quienes se consideró peligrosos para el régimen excluyente.
Leo en el sitio electrónico de la Deutsche Belle que ese fue el detonante para la persecución y la expulsión de científicos e intelectuales de Alemania. Según el historiador Michael Grüttner, de esta manera comenzó su decadencia como nación privilegiada por la ciencia, pues en pocos años emigraron 24 premios Nobel de Alemania y Austria hacia los Estados Unidos.
Cuando una sociedad acepta e incluso promueve la quema de libros, está avanzando rápidamente hacia la intolerancia y el autoritarismo, así como al atraso moral. La exclusión de otras formas de pensar es una de las manifestaciones más patentes del pensamiento unívoco, ese que no acepta más forma de ver las cosas que la suya propia, y por lo mismo busca imponerla al resto de la sociedad.[10]
La lectura y la escritura como hábitos de vida son los caminos para la educación y la cultura, pero también son garantes de una mentalidad abierta, tolerante y flexible. Sin un afianzamiento de las habilidades de abstracción, nuestro pueblo seguirá amarrado a la ignorancia y a la pobreza. Seguiremos exportando brazos al extranjero, no mentes ni competencias, como lo hace Corea, la India y crecientemente China. El país atraviesa por una crisis de valores elementales de convivencia, y eso explica en parte la violencia brutal que se ha desatado. Y es que el crimen es producto de la mezcla fatal del hambre con la ignorancia: un retorno hacia nuestra animalidad.


[1]              Como las encuestas y evaluaciones que aplica el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (http://www.inee.edu.mx/). La más útil para entender nuestra situación relativa es la prueba PISA (por sus siglas en inglés), “Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes”.
[2]              Informe “México en PISA 2009”. México: Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. 2010. Pp. 13-14. Es consultable en la página electrónica del INEE.
[3]              José Pérez-Espino, “La prensa en México: la transparencia no llega”, 10 de diciembre de 2004. http://www.almargen.com.mx/
[4]              Noticieros Televisa. 26 de agosto de 2010. http://www2.esmas.com/noticierostelevisa/mexico/nacional/199011/mexicanos-leen-2.9-libros-al-ano
[5]              Se puede consultar la Encuesta Nacional de Lectura 2006 en: http://www.oei.es/pdfs/encuesta_nacional_lectura_mexico.pdf
[6]              Sheridan, Guillermo. “La lectura en México/1”, en Letras Libres No. 100, abril de 2007.
[7]              Zaid, Gabriel, “La lectura como fracaso del sistema educativo”, en Letras Libres No. 95, noviembre de 2006.
[8]              Nota de Martín Fuentes “Maestros no pidieron el libro Competencias Científicas I”, en periódico Correo, 8 de agosto de 2006.
[9]              Nota de Gisela Chavolla, “Queman libros de Biología”, periódico Correo,  5 de octubre de 2009.
[10]             Luis Miguel Rionda, columna “Diario de campo”, periódico Correo, 6 de octubre de 2009.

Artículo "Educación y lectura", en Opinión y Desarrollo No. 9

Artículo "Educación y lectura", en Opinión y Desarrollo No. 9

viernes, 25 de febrero de 2011

Radio Universidad, 3

Radio Universidad, 3

Publicado en Milenio de León.

os aniversarios, como el actual cincuentenario de Radio Universidad de Guanajuato, deben ser motivo no sólo de festejos y congratulaciones, sino también de evaluaciones, reflexión conjunta y propósitos para el mejoramiento futuro. Con ese espíritu constructivo ofrezco estas líneas.

En nuestro país los medios de comunicación electrónica son materia regulada por la Ley Federal de Radio y Televisión. Vale la pena recordar su artículo 5º: “La radio y la televisión, tienen la función social de contribuir al fortalecimiento de la integración nacional y el mejoramiento de las formas de convivencia humana. Al efecto, a través de sus transmisiones, procurarán: I.- Afirmar el respeto a los principios de la moral social, la dignidad humana y los vínculos familiares; II.- Evitar influencias nocivas o perturbadoras al desarrollo armónico de la niñez y la juventud; III.- Contribuir a elevar el nivel cultural del pueblo y a conservar las características nacionales, las costumbres del país y sus tradiciones, la propiedad del idioma y a exaltar los valores de la nacionalidad mexicana.” Y el artículo 6º amplía esa función social a: “Fortalecer las convicciones democráticas, la unidad nacional y la amistad y cooperación internacionales.” Estos artículos no han sido cambiados desde la emisión de la ley en 1960.
Ventana auditiva,de Hugo Almanza
La radio y la telecomunicación tienen una función social y solidaria. Eso se ha olvidado en la práctica, cuando vemos que las grandes televisoras y los enormes conglomerados radiales del país, mantienen una situación de cuasi monopolio en este ámbito, que les ha permitido convertir el recurso en un mecanismo gigantesco para la deseducación, la desinformación, el entretenimiento vacuo, y la difusión de antivalores como la violencia como entretenimiento, el sexo como mercancía, los ataques a la lengua española, el egoísmo como sistema de vida, en fin, innumerables contenidos que violan flagrantemente la venerable y utópica ley.

Los sistemas de radio y televisión públicos y culturales tienen la desproporcionada función de solventar los estropicios que provocan los emporios de la estupidez comunicativa. Lo hacen sin mucho apoyo ni entusiasmo de parte de los gobiernos o las universidades que los sustentan. Las radio comunitarias en el país sobreviven precariamente en un océano de ondas hertzianas que niegan la identidad y la cultura nativas. TV once, la televisora pública más importante del país, debió pagar caro el apoyo brindado por el gobierno federal para lograr la cobertura nacional, y ha empobrecido sus antes ricos contenidos y cada vez asume más el lenguaje alienante de la tele comercial. Las radio universitarias, con excepciones como Radio UNAM y Radio-UIA, se han enclaustrado en un culteranismo hermético, ajeno a sus realidades sociales. En buena medida esto es lo que le ha ocurrido a RadioUG, que se ha resistido sistemáticamente a una apertura hacia las sociedades hacia las que se debe, tanto la comunitaria como la universitaria.

A pesar de su alcance casi estatal, las cuatro frecuencias de RadioUG trasmiten lo mismo, sin contenidos producidos desde las regiones. La UG cuenta con presencia en diez municipios, y hay cuatro campus regionales. ¿Por qué no existen islas de producción en cada uno de ellos? La tecnología para la edición es cada vez más barata, y la radio es el medio más maleable y versátil, con el que nuestros estudiantes harían maravillas. Y luego, ¿por qué no abrirles espacios a otras universidades?

Aquí hay que tocar otro tema de urgente atención: la necesidad de academizar RadioUG. Es decir, vincularla a un programa académico, como podría ser una licenciatura en producción y locución radiofónica. Cabría recordar el ejemplo del antiguo centro de idiomas de la institución, que cuando se decidió a academizarse incrementó grandemente sus estándares, y hoy es un orgulloso Departamento de Lenguas donde labora una plantilla profesoral altamente calificada, con programas de licenciatura y posgrado.

Otro tema: el exceso de barras y contenidos dedicados a la música denominada clásica o culta. Hace décadas esto era comprensible, ante la dificultad de acceso a este tipo de oferta en nuestro país. Pero hoy, con los enormes recursos que tienen a su alcance los melómanos, es un error dedicar largas emisiones de conciertos mal registrados, que además tienen problemas técnicos para su adecuada emisión. Y mejor no hablemos de los narradores.

RadioUG debería trabajar más en producciones propias con contenidos informativos que sirvan a las sociedades regionales y a la comunidad universitaria. Hay que abandonar los temores evidentes a la emisión libre de las ideas, y propiciar el debate franco de las mismas. RadioUG tiene retos enormes para el futuro inmediato, pero tiene los recursos para enfrentarlos: tiene la gente de talento, tiene la imaginación de su lado, y cuenta con el apoyo de una comunidad de 38 mil universitarios.


martes, 22 de febrero de 2011

Humanismo para el desarrollo

Humanismo para el desarrollo

Publicado en de Guanajuato.

El viernes pasado se presentaron a la consideración del público guanajuatense dos libros recién editados por la Fundación Cervantista Enrique y Alicia Ruelas A.C. Se trató de los textos “Rasgos de Armando Olivares Carrillo, una aproximación”, de la pluma del escritor Octavio Torija, y “Eugenio Trueba Olivares, el último humanista”, de mi propia autoría y la de Luis Ernesto Camarillo. Dos apretadas semblanzas de dos personajes que hicieron época en la deprimida ciudad de Guanajuato de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado.

Hay que saber que en esa época Guanajuato era una ciudad empobrecida y en vías de desaparición. A principios de la década de los cuarenta el Colegio del Estado apenas tenía 1,256 alumnos, 720 de ellos concentrados en la ciudad de Guanajuato y el resto en León y Celaya. La población de la ciudad de Guanajuato se estancó en poco más de 23 mil habitantes entre 1940 y 1950, y en 1960 apenas subiría a los 28 mil pobladores. La pobreza y el abandono eran evidentes en sus calles maltratadas y despobladas.
Surgió de pronto una generación de jóvenes intelectuales que buscaron superar la marginación provinciana del pensamiento. Se integraron alrededor de una casa del callejón del Venado que desde 1942 y hasta 1949 rentó Luis Pablo “Palillo” Castro, a donde acudían con regularidad a leer textos literarios propios y ajenos, a escuchar música, a debatir sobre temas culturales, artísticos, educativos y políticos, y a departir y hacer bohemia. Se trataba de los dos biografiados, Armando Olivares Carrillo y Eugenio Trueba Olivares, junto con Manuel Ezcurdia, José Guadalupe Herrera Carrillo, el juez Cristóbal Castillo Arbide, el pintor Luis García Guerrero, el teatrista Enrique Ruelas Espinosa, el pintor Manuel Leal, el escritor Salvador Lanuza, Rodolfo González, Jesús Villaseñor, Josefina Zozaya viuda de Romero, Paula Alcocer de Aguilera y otros eventuales.
De estas reuniones intelectuales nacieron proyectos como la revista Garabato, publicaciones individuales y colectivas, montajes escénicos, recepción de artistas invitados, etcétera. Incluso personajes como Luis Echeverría llegaron a participar eventualmente.

De ese grupo nacerían los proyectos culturales que le dieron viabilidad a la ciudad, y le otorgaron vocación hacia el arte, la cultura y la educación. Destacan los Entremeses Cervantinos, que el mismo viernes pasado cumplieron 58 años de representarse en la Plaza de San Roque. Un montaje teatral original, que desató una fiebre local hacia la obra cervantina, que le ha llevado a ser sede desde 1972 del Festival Internacional Cervantino, y ser declarada en 2005 Capital Cervantina de América, por parte de la Junta de Comunidades de Castilla y por el Centro UNESCO de Castilla-La Mancha.
Armando Olivares y Eugenio Trueba, ambos rectores en más de una ocasión de la Universidad de Guanajuato, institución que el primero fundó en 1945, y que el segundo consolidó en dos rectorados memorables (1957-1961 y 1973-1976), son dos personajes cuya acción en el campo de la cultura y como líderes de una generación brillante, ayudaron a salvar a una ciudad, que desde 1988 presume ser considerada Patrimonio Cultural de la Humanidad por parte de la UNESCO, y que puede ser exhibida como ejemplo del potencial que representa el arte, la educación y el conocimiento humanístico para el desarrollo regional de México.



viernes, 16 de julio de 2010

Los millones de la Expo

Los millones de la Expo


Publicado en Milenio de León.

Mi colaboración para Milenio de la semana pasada provocó algunas reacciones de lectores y de periodistas que me obligan a ampliar un poco más mis convicciones sobre el proyecto de la Expo Guanajuato Bicentenario que se inaugura mañana. Quiero insistir en que lo que me parece criticable del proyecto, además del costo exorbitante, es su concepción y diseño. La superficialidad ignorante es la nota. Lo educativo se subordina al entretenimiento y la historia nacional se caricaturiza, aunque se supone es el motivo de la conmemoración. Hidalgo y Allende ha sido convertidos en polichinelas que recorren centros comerciales.
Mi punto principal es que la enorme cantidad de recursos públicos que se le dedicaron a la Expo demandaba que la empresa se hubiera debatido con más tiempo y participación social. Haberla discutido con las universidades públicas y privadas, con los institutos y casas de la cultura, con las organizaciones de la sociedad civil de corte social y cultural, con la comunidad de historiadores y cronistas, con la colectividad de artistas, con políticos de todos los partidos, y con los ciudadanos interesados en conmemorar de la mejor manera posible el único centenario patrio que van a testimoniar esta y las siguientes dos generaciones.
Alguien me cuestionó sobre el papel que están cumpliendo miembros de mi familia en el desarrollo de estos eventos, y si no encuentro contradictorio criticar una obra en la que están involucrados parientes cercanos. Yo no lo veo así. Ellos son profesionales probados en sus campos y viven de salarios ganados honestamente. Nunca ha estado en sus manos la toma de decisiones iniciales y sustantivas de lo que hoy es la Expo. Esas decisiones han estado en manos de políticos encumbrados, incluyendo al gobernador y al mismo presidente de la República. Pero pido una disculpa a mis familiares si mis juicios personales les causan algún daño en sus ámbitos laborales.
Insisto en mi opinión personal inicial. La conmemoración de los centenarios mediante la Expo merecía una mejor y más compartida definición como recurso educativo y de trascendencia, no como excusa para el divertimento simplón de las masas. Para eso ya contamos con la televisión comercial, que perpetra todos los días los ataques más arteros contra la educación que recibimos trabajosamente en las escuelas y en nuestros hogares. Al Estado le corresponde vigilar por la ampliación y consolidación de los valores culturales que nos dan identidad y conciencia de nuestro devenir y destino. Los centenarios no deben servir de pretexto para que un gobernante gane popularidad personal o se justifique ante sus gobernados. Ante otros proyectos grandilocuentes que han fracasado en otros lares, sobre todo por la oposición ciudadana, el gobierno federal le compró la idea al estatal y se optó por la Expo en Silao, que prometía desarrollarse en la tranquilidad de la desinformación y la indiferencia de los guanajuatenses. Y no ha sido así.
Por su parte, el gobierno estatal no logra justificar la ausencia de obra pública de gran aliento, en particular en las comunicaciones, que siguen en mal estado. Sí, en cambio, se estorbó a la administración municipal leonesa para conseguir un importante financiamiento para obras que permitirían que la ciudad más importante del estado ponerse al parejo de sus similares. En cambio un proyecto de relumbrón, aunque sea efímero, podrá servir de escaparate nacional para apuntalar una ansiada precandidatura presidencial.
Hay que insistir en que la memoria del bicentenario estaría mejor planteada mediante obras públicas de trascendencia, que dejen huella permanente. A manera de ejemplo pregunto: ¿por qué mejor no se invirtieron los mil millones en concretar el tren interurbano “bicentenario”? A lo largo de sus estaciones se pudieron haber ubicado las exposiciones que adornarán los actuales pabellones, con un mayor impacto entre las decenas de miles de pasajeros que emplearían el servicio interurbano. Hoy día, quien transite temprano por la carretera 45 puede observar cómo circulan camionetas y otros vehículos destartalados atiborrados de trabajadores que se dirigen a León o a otras ciudades. Pagan a los “raiteros” entre 10 y 30 pesos por ser trasladados como ganado y sin la menor seguridad. El gobierno sólo se aparece en la forma de federales que los detienen y extorsionan.
Incluso, ¿por qué no se pensó en agregar una Feria del Libro Histórico que girase en torno a la conmemoración de los dos centenarios. Podría haber sido de carácter internacional, para que las editoriales, los gobiernos y las universidades de toda Iberoamérica acudiesen a exhibir la gran cantidad de libros y publicaciones que se están dando a la luz con motivo de esta fecha que tiene importancia para el subcontinente, y no sólo para nuestro país.
Para terminar, agradezco la comunicación que recibí de la señora Guadalupe Álvarez, esposa del doctor Mario Molina, para hacerme saber que el Premio Nobel de Química 1995 “no está colaborando en ninguna de las celebraciones del Bicentenario con el Estado de Guanajuato ni en dicha expo”. Los organizadores de la misma deberían corregir su página electrónica, donde afirman que los visitantes podrán recorrer “museografías inéditas con importantes colaboraciones como la del Premio Nobel de Química, Mario Molina”.
 P.D.--> Recién me doy cuenta de que la Expo hará la diferenciación entre "espectáculos culturales", que serán todos ellos gratuitos, y "espectáculos artísticos", esos sí de paga. He de suponer que los primeros consistirán en las presentaciones de todas esas expresiones que los organizadores consideran culteranas y aburridas (conciertos clásicos, ballet, ópera...) y los segundos en las presentaciones de los "artistas del momento", esos que salen en la tele y que provocan diversión y goce hedonista.

viernes, 9 de julio de 2010

Bicentenario Disney

Bicentenario Disney



Publicado en Milenio de León, en 15Diario y en Gurú político.

La llamada Expo Guanajuato Bicentenario se acerca a su inauguración. Alrededor de mil millones de pesos habrá costado un megaproyecto que se caracterizó por sus prisas, sus pausas y los cambios en su conducción y concepción. Desde el principio la idea pareció ser una ocurrencia personal, más que una empresa educativa ambiciosa y de largo plazo. No hubo chances ni tiempo para el debate, ni para que desde la sociedad y las instituciones educativas se plantearan ideas alternas que pudieran enriquecer la conmemoración histórica más importante que podrán presenciar las generaciones hoy vivas. Como en los viejos tiempos, la decisión quedó en manos de políticos poderosos pero carentes de sensibilidad y cultura histórica.

Contrasta con lo que sucedió hace un siglo. Cuando recordamos los festejos del primer centenario de la gesta independentista en 1910, de inmediato los referenciamos con obras y edificaciones porfirianas que se han convertido en íconos de la identidad mexicana. La columna de la independencia, por ejemplo, fue encargada por el presidente Díaz al arquitecto Antonio Rivas Mercado diez años -no diez meses- antes de la fecha de su inauguración. Primero se analizaron diversos proyectos, hasta que el 2 de enero de 1902 se colocó la primera piedra del monumento, que se inauguró finalmente el 16 de septiembre de 1910. Para preparar la conmemoración centenaria, durante esa década el gobierno federal sembró el país con obras y monumentos que aún perduran, como los hermosos monumentos a Hidalgo en Guanajuato y Dolores, o el magnífico mercado Hidalgo de la ciudad de Guanajuato, que todavía hoy, a cien años, presta servicio como espacio para el expendio de mercancías de primera necesidad.
Nada mejor que conmemorar los centenarios con obras que sean trascendentes, y que puedan ser relacionadas por la memoria colectiva con el evento irrepetible. En el Guanajuato de hoy, parece que la única obra directamente vinculada con la remembranza histórica será esta “Expo” -neologismo espantoso importado del inglés- que inaugurará pronto el presidente de la República. Pero su conceptualización es más cercana a la de las ferias y centros recreativos que a la de un recinto dedicado al cultivo del conocimiento histórico y al homenaje a los hombres y mujeres que nos legaron independencia y conciencia social. Los diferentes pabellones expondrán la visión tutti-frutti del régimen sobre nuestra historia y destino, aderezada con presentaciones de los “artistas” pop del momento, la mayor parte de ellos analfabetas funcionales.

Repartidos por los espacios encontraremos diferentes monigotes que representarán personajes, historias mezcladas con la leyenda, reproducciones fidedignas de animales prehistóricos, cabezas olmecas y atlantes de fibra de vidrio, así como escenografías de cartón que nos darán una idea de las exóticas calles de Dolores Hidalgo, Guanajuato y San Miguel, cuyos originales están a unos cuantos kilómetros de este Disneyworld de la independencia. Historia visual de pacotilla para los holgazanes de la lectura. Un producto típico de una época donde la virtualidad tiende a desplazar a la realidad.
Cuatro meses durante los cuales el show de la superficialidad hedonista desplazará al verdadero conocimiento del camino andado por esta nación, que por cierto no cumple 200 años de libertad, como reza la engañosa publicidad. Desde ahí estamos mal, pues el público recibe de entrada errores garrafales, pues México concretó su independencia once años después. Lo que se conmemora es un levantamiento libertario que pondrá en evidencia las aspiraciones del criollismo novohispano; la chispa que encendió una mecha muy larga.
El proyecto arquitectónico carece de originalidad. Siete cajones y un montón de esferas no parecen una propuesta de frontera. Pero se promete “un sinfín de atractivos, exposiciones, foros, congresos, espectáculos y conciertos que te dejarán una experiencia inolvidable”. Y todavía mejor si la acompañas con la soda que es “chispa de la vida”, además de patrocinadora del jolgorio. Además, “14 mil metros cuadrados de museografías inéditas [ni modo que no lo sean] con importantes colaboraciones como la del Premio Nobel de Química, Mario Molina, y el célebre antropólogo español, Juan Luis Arzuaga”. Y por supuesto el espectáculo de luz y sonido del “francés Xavier de Richemont”. Por favor. El joven paleontólogo Arsuaga -con “s”, no con “z”- no es más célebre que muchos otros de sus colegas europeos y americanos. Y se evidencia el malinchismo más puro cuando se insiste en la nacionalidad de los especialistas, confirmando que no hemos logrado nuestra independencia mental.

Me pregunto si los mil millones no hubieran tenido un mejor destino de haberlos dedicado a proyectos de educación cívica e histórica dirigidos a nuestros jóvenes, que han crecido bajo un modelo educativo desnacionalizado y empobrecido por la eliminación de contenidos humanísticos. Pero se me olvida que eso hubiera dejado fuera a una pléyade de constructores y proveedores que se han embolsado la mayor parte de esos millones.


viernes, 21 de mayo de 2010

Feria de lectura en León

Feria de lectura en León







Publicado en Milenio de León.


La Feria Nacional del Libro de León (FeNaL) me provoca dos reacciones: una de intenso optimismo, y otra de preocupación; la primera al constatar que cada año el evento mejora, y que en lo personal me recuerda la evolución acelerada que experimentó la FIL de Guadalajara desde sus humildes inicios en 1987, hasta el espectacular despliegue actual de 34 mil metros de exposición con mil 200 editoriales y docenas de miles de títulos, lo que la hace una de las mayores ferias del mundo. La segunda reacción, de preocupación, responde a mi personal y relativa percepción de poca afluencia de visitantes leoneses, excepto cuando hay alguna presentación atractiva, en la que los autores locales suelen acarrear a amigos y familiares, o bien por la presencia de algún figurín de la literatura nacional.
Son ya 20 años, apenas tres menos que la FIL, y ya es la cuarta feria del libro más importante del país, según reza el sitio publicitario del evento. Supongo que las otras dos son la Feria del Libro del Palacio de Minería y la Feria Metropolitana del Libro, ambas en la ciudad de México. También la de Monterrey podría entrar en esa puja por las más importantes del país.
La FeNaL se despliega en más de 9 mil metros cuadrados de exposición y 250 puestos –no son stands, por favor- con la misma cantidad de editoriales. Un montón de presentaciones de libros y novedades, así como un programa cultural paralelo, le dan vida al encuentro librero. Pero tal vez la mejor iniciativa fue la del bono “LeeMás-FeNaL”, que dobletea los escasos centavos con que concurren los sufridos lectorales para comprar su cuota anual de libros. Eso no existe, que yo sepa, en ninguna otra feria. Es una espléndida idea, que espero se pueda sostener financieramente en el futuro.
Se dice que en su última edición la FeNaL logró convocar a 99 mil visitantes durante los diez días de actividades del 2009. Nueve mil al día. Es la misma cantidad que reporta la Feria del Palacio de Minería. Lo malo es que muchos de esos visitantes son jóvenes alumnos de educación básica y media, que acuden acarreados por sus profesores. ¿Cuántos serán los que acuden por voluntad propia? Me aventuro a calcular que menos de la mitad. Muy pocos para una ciudad que suma ya más de un millón 300 mil habitantes. Y es que el leonés promedio, el guanajuatense y el mexicano, leen muy poco, y no gustan de gastar su dinero en libros ni en revistas de contenido. Y si un día nos animamos a comprar un libro, a veces obligados por la escuela, buscamos comprarlo pirata, fotocopiarlo o “googlearlo”. No nos parece delito el pirateo en el libro, pero sí en otros vehículos culturales, como el disco compacto musical.

Espero que en poco tiempo veamos cómo la FeNaL desborda sus actuales linderos. Pero para ello hay que trabajar mucho con el reforzamiento de la lectura como hábito cotidiano, como acción placentera que nos pone en contacto con lo mejor de nuestros imaginantes, nuestros creadores y nuestros ensayistas. Hay que crear y criar lectores, y un espacio privilegiado es la escuela en todos los niveles. Pero en la familia es donde el joven mama la lectura. Los libros como adorno de la sala no sirven para fomentar el hábito; pero sí lo hace el observar al padre o la madre que dedica media hora, una hora a la lectura en su sillón favorito, o en la cama junto a al buró, donde los libros compiten con el control de la tele.
Las universidades de León deberían armar sus propias ferias del libro, algunas de ellas especializada en campos del conocimiento. Lo mismo podrían hacer las cámaras empresariales, los clubes de servicio, los círculos de estudio y otras colectividades. También se podría impulsar la lectura electrónica mediante la distribución gratuita de libros sin derechos de autor vigentes. Y agregar formas alternas de lectura: audiolibros para débiles visuales, lecturas en Braille, maratones de lectura, talleres literarios, etcétera.
Pero hay que aplaudir la buena organización y la renovada proyección de la FeNaL al ámbito nacional. Ojalá la feria un día se constituya en un destino turístico, como ya lo es la FIL, que es capaz de llenar los hoteles de Guadalajara durante una semana. Al tiempo.