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viernes, 25 de marzo de 2011

Ley indígena, 2

Ley indígena, 2

Publicado en Milenio de León.

La Ley para la Protección de los Pueblos y Comunidades Indígenas en el estado de Guanajuato, aprobada por el Congreso local el día 15 pasado, es una norma que reconoce la personalidad, capacidad y voluntad de las comunidades indígenas para regirse y organizarse en su fuero interno mediante los usos y costumbres que dicta su cultura ancestral; ello excepto cuando algunos elementos de esa cultura contradigan al derecho general instituido o violen derechos humanos y garantías constitucionales, como lo es la participación de la mujer en el ámbito público. Sabemos que en las sociedades indígenas sigue siendo difícil que los varones reconozcan derechos a las mujeres, pero eso tiende a cambiar rápidamente.

La autonomía es definida acertadamente como “la expresión de la libre determinación de los pueblos y las comunidades indígenas como partes integrantes del Estado, de conformidad con el orden jurídico vigente, para adoptar por sí mismos decisiones e instituir prácticas propias relacionadas con su manera de ver e interpretar las cosas, con relación a su territorio, recursos naturales, organización sociopolítica, económica, de administración de justicia, educación, lenguaje, salud y cultura, que no contravengan la unidad nacional.”
Ahora bien, los sujetos principales de protección de la ley son los indígenas, pero no en lo individual, sino como comunidad. Y se entiende por comunidad indígena a “aquélla que forma una unidad social, económica y cultural, asentada en un territorio y que reconoce autoridades propias de acuerdo con sus usos y costumbres.” Esto me inquieta en lo personal, porque la gran mayoría de los indígenas de nuestro estado viven en las manchas urbanas de los municipios desarrollados, sin formar comunidades en sí, excepto cuando se concentran en colonias de precaristas, como las cercanas a las vías y la estación de ferrocarril en León (10 de Mayo, Morelos, Lomas de Guadalupe). Más de cinco mil indígenas inmigrantes, que difícilmente forman comunidades. Lo mismo sucede con los más de 2 mil 600 que habitan en Irapuato, y otro tanto en Celaya, o los 700 que viven en Guanajuato capital. En todas esas ciudades los indígenas son “invisibles”, y están expuestos a los abusos de las autoridades municipales, en particular las extorsiones de los policías y los agentes de fiscalización. En León el alcalde Scheffield ordenó la implementación de una operación limpieza bajo el argumento de que los indígenas son burreros de la delincuencia organizada. Asume, como sus ancestros cow-boys, que el indio bueno es el indio… que nadie ve.
Entre las medidas concretas previstas en la ley, cabe destacar la disposición para el establecimiento de un Padrón de Pueblos y Comunidades Indígenas, y del Sistema para el Desarrollo Integral y Sustentable de los Pueblos y Comunidades Indígenas de Guanajuato. No se define el mecanismo concreto para integrar el padrón, aunque se deja en manos de la Secretaría de Desarrollo Social y Humano, y habrá que esperar a que se emita el reglamento de la ley dentro de 90 días para ver si ahí se encuentra la definición.
Por su parte, el sistema del larguísimo nombre mencionado antes, será dirigido por un “Comité estatal de los Pueblos y las Comunidades Indígenas”. Pero cuando uno analiza la conformación de este comité resulta que lo integrarán 12 altos burócratas estatales, tres representantes de ONG’s, algunos representantes de gobiernos municipales y sólo cinco delegados de las comunidades indígenas. Los ladinos (mestizos o criollos) harán apabullante mayoría sobre los indígenas. La representación de estos pueblos, el Consejo Estatal Indígena, podrá ser consultada, pero no tomará parte en las decisiones del comité.
La filosofía en que se sustenta la ley es incontrovertible. Pero cuando se definen las acciones concretas mediante las que se traducirán los beneficios de la misma a la población destinataria, aparecen las limitaciones. Es, como en el caso de la Ley de Participación Ciudadana de 2002, una hermosa norma, pero que en su cabús no tiene una eficiente correa de trasmisión hacia las realidades que pretende afectar. Mientras sean los ladinos quienes mantengan el control de las decisiones trascendentes, seguiremos reproduciendo las inequidades de siempre.


viernes, 18 de marzo de 2011

Ley indígena, 1

Ley indígena, 1

Publicado en Milenio de León.
Publicado en

El martes pasado el Congreso del Estado de Guanajuato aprobó, por fin, la Ley para la Protección de los Pueblos y Comunidades Indígenas de la entidad. Una norma muy esperada e inexplicablemente aplazada por las últimas legislaturas. Algo sólo comprensible por el arraigado prejuicio local en torno al indio: ni lo vemos, ni lo aceptamos, ni lo reconocemos. Indios sólo en las películas y en el lejano sur del país…

Durante décadas, Guanajuato ignoró a sus poblaciones nativas, y discriminó a los indígenas inmigrantes, a los que se etiquetó de pordioseros y malvivientes. Todavía hoy se percibe ese estereotipo tanto en la sociedad mestiza como en las autoridades municipales. Una evidencia reciente fue la determinación del gobierno de León de “limpiar” los cruceros viales de indios pedigüeños o mercaderes. Para las buenas conciencias del Bajío, los indios son una lacra social que hay que esconder debajo del tapete. De poco sirve argumentar que son ciudadanos mexicanos que emigran en busca de oportunidades en otros lares del país. Se les trata como seres exóticos, extranjeros indeseables.
El hecho es que tenemos una amplia población indígena en la entidad, alrededor de 50 mil hablantes de alguna lengua nativa, con dos componentes: la población originaria, concentrada en las últimas comunidades de indígenas en San Luis de la Paz -Misión de Chichimecas-, Victoria y Tierra Blanca. Por otra parte la población inmigrante, mayoritaria, procedente de Hidalgo, Guerrero, Oaxaca, Estado de México, Michoacán, Puebla y otras entidades. La componente nativa pertenece a la etnia Chichimeco-jonaz (Uza) y a la Otomí-pame (Xihue). Los inmigrantes son Mixtecos (Ñuu Savi), Zapotecos (Diidzaj), Mexicanos (Nahua), Mixes (Ayook), Mazahuas (J’ñatio), Tarascos (P’urhépecha), Huicholes (Wirr’árika) y Mayas en sus diversas variedades.

Aunque el debate indigenista en nuestro país es tan viejo como la propia colonización europea (¿qué hacemos con los indios?, se preguntaban criollos y mestizos), en Guanajuato la mezcla racial y cultural llevó a que tempranamente se diluyeran las identidades étnicas, y que prevaleciera la cultura híbrida con predominante española. La población nativa que acompañó a los colonizadores ibéricos procedía de cuatro raigambres principales: la Otomí (del cacicazgo de Xilotepec, hoy en el Estado de Hidalgo), la Mexicana (en particular Tlaxcalteca), la Michoacana y la Mazahua (del hoy Estado de México). En alguna medida se mezclaron con los indios locales de origen Chichimeca (Jonaces, Copuces, Guamares, Guaxabanes), cuando éstos así lo quisieron porque siempre fueron rebeldes a la sedentarización. Por la escasez de fuerza de trabajo local, los indios en el Bajío se vieron exentos de varias prohibiciones explícitas en las Leyes de Indias, y se les permitió vestir ropa europea, montar a caballo, usar armas y participar en casi toda actividad social. Eso facilitó la temprana castellanización y homogeneización de la sociedad abajeña, que incluso absorbió al pequeño componente de población africana que fue importado por los colonizadores.

Las comunidades indígenas en Guanajuato pronto se vieron reducidas a calidad de reductos, y se acentuó así su marginalidad dentro de un entorno social que los ignoraba y discriminaba. El elemento racial no fue el definitorio, pues tan morenos los indios como los ladinos, pero sí fue el factor cultural el que marcó la diferencia. Ser indio era hablar “dialecto”. Pronto, nadie se sintió “indio” en Guanajuato. Más bien se fortaleció una identidad con la “madre patria” trascontinental, una hispanofilia que aún subsiste en nuestro gusto por las tradiciones importadas del viejo continente: su música (de ahí el gusto por las estudiantinas), su arte (nos decimos cervantistas), su arquitectura mediterránea, y su religión telúrica (no hay más mochos que los del Bajío).
La ley de marras tiene la enorme bondad de declarar la existencia de las etnias indígenas, nativas e inmigrantes. Reconoce su derecho al respeto de sus valores y su identidad. Se supera el enfoque del “problema indígena” y se asume que son ciudadanos no sólo con los mismos derechos, sino acreedores a la protección del Estado para la preservación y dinamización de sus lenguas, sus usos, su cosmovisión y su autonomía relativa. Se asume el criterio para determinar a quiénes corresponden las disposiciones de esta ley a aquellos individuos o colectividades con conciencia de su identidad indígena. El criterio lingüístico quedó superado. Ahora basta con considerarse indígena en función de sus orígenes, tradiciones e identidad. Nada mal.
Se prevén acciones concretas, que mucho me agradará abordar en mi siguiente colaboración para Milenio. Hasta el viernes…
Así nos vemos... La fundación de León, Gto.


martes, 11 de enero de 2011

San Luis Chichimeca

San Luis Chichimeca

Publicado en de Guanajuato.

Reseñaremos ahora otra monografía histórica municipal de Guanajuato, también perteneciente a la colección que ha publicado la Comisión Estatal de Conmemoración del Bicentenario. El texto fue integrado con los aportes de un grupo de historiadores y cronistas locales sobre San Luis de la Paz, el municipio que es puerta de entrada de la Sierra Gorda, región que comparten los estados de Querétaro, Guanajuato y San Luis Potosí.

La importancia histórica de San Luis de la Paz no puede exagerarse. Desde el siglo XVI con la expansión colonial y sedentarizadora hacia el norte, este asentamiento jugó un papel vital en la pacificación de los hostiles indios chichimecas, que supieron oponer una bravía resistencia al peninsular y sus aliados nativos que importó de Mesoamérica. San Luis de la Paz se ubicó en el cogollo del conflicto que se mantuvo durante toda la segunda mitad de ese siglo lejano. Hasta que más por la cruz que por la espada, y gracias a la acción incesante de los misioneros jesuitas y otros religiosos, se logró la paz tan anhelada, que fue formalizada y perpetuada en el mismo nombre de la naciente villa, que mudaría de nombre de San Luis Xijotepec a San Luis de la Paz, gracias a esa paz alcanzada con los indios bravos de la chichimequidad. En la monografía queda muy claro el enorme orgullo que para los ludovicenses representa su origen tan cercano a los de la Nación Chichimeca, que hoy todavía es representada por los dos mil hablantes de la lengua Chichimeca-Jonaz que habitan en Misión de Arriba y en Misión de Abajo.
Los capítulos principales de la empresa monográfica que hoy referenciamos se construyeron sobre la base de los aportes escritos de varios cronistas: Fulgencio Ramírez Martínez, quien aportó efemérides que desgraciadamente se interrumpen en los setenta del siglo XX; Alberto Antonio Loyola Pérez, que diserta con abundancia y conocimiento sobre la historia y la cultura de los chichimecas, así como sobre la ruta de la plata, la fundación y la rebelión ante la expulsión de los jesuitas en 1767, además de la obra civilizatoria de éstos. La historiadora Esperanza García Flores se hace cargo del análisis del proceso de independencia y el extraordinario papel que jugó Xavier Mina en la zona. Ricardo Soltero Rodríguez aporta fragmentos y materiales históricos; Fulgencio Ramírez trabajó el ferrocarril y el florecimiento del mineral de Pozos, que en 1897 llegó a ser municipio con el nombre de “ciudad Porfirio Díaz”.

El capítulo IV detalla la cultura, la sociedad y la política locales, aunque con demasiada superficialidad para mi gusto, dado el método estadístico elegido. Los siguientes tres capítulos dedicados al patrimonio cultural padecen el mismo problema: descripciones muy pobres de edificios, tradiciones, festividades y demás elementos de almanaque, que no ayudan mucho y sí aburren. Como en otras monografías municipales, el afán de dar demasiada información sobre la situación actual -economía, demografía y gobierno sobre todo-, ahoga la riqueza de la memoria y de la reflexión sobre la identidad parroquial.

Lo más interesante de este libro es el constituirse como esfuerzo colectivo, y que supo conjuntar textos dispersos que lograron cierta unidad que facilita una suave lectura. Parece evidente que el gobierno municipal intervino en apoyo del esfuerzo, como se señala en el prólogo escrito por el presidente del ayuntamiento. Es de felicitarse este tipo de empresas culturales que se comparten entre el gobierno local y los individuos interesados. Una monografía digna de un municipio tan digno. Bien hecha, bien hecho.