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viernes, 29 de noviembre de 2013

Alfredo Pérez-Bolde, a 80 y a 25

Alfredo Pérez-Bolde, a 80 y a 25

Por: © Luis Miguel Rionda ©

Publicado en:
ZonaFranca.mx Milenio León
http://15diario.com/hemeroteca/15diario/hemeroteca/2013-11-15/rionda15.html
eslocotidiano.com


El día de hoy se realiza una ceremonia en honor a la memoria de Alfredo Pérez-Bolde, añorado profesor de la Universidad de Guanajuato, quien nació hace 80 años y nos abandonó hace 25, cuando apenas contaba con 55 años de edad –¡yo tengo 53!- El evento se desarrolla, a partir de las 13:00 horas, en el Mesón de San Antonio de la ciudad de Guanajuato, a instancias del Colegio de Historiadores y la propia universidad.

Alfredo Pérez-Bolde, o “Pérez” como le decíamos con afecto, fue un profesor que dejó profunda huella en varias generaciones de guanajuatenses, desde su cátedra en la Preparatoria Oficial de Guanajuato, la que yo siempre he dicho que es la mejor prepa del estado. Profesor de historia, fue un apasionado de su materia, que siempre exponía con emoción e intensidad, sin ocultar sus filias y fobias por personajes y países. Yo fui uno de sus centenares, tal vez miles de alumnos, y doy testimonio de que sus clases eran deseadas como cuando uno iba al cine. Alfredo era un teatrero consumado –su otra vocación- y actuaba sus exposiciones, pero no con lenguaje corporal, sino con las inflexiones y modulaciones de su voz, un poco nasal, pero poderosa. Leer el libro de texto era optativo: era mucho más interesante escuchar al conferenciante que dictaba cátedra sin miramientos hacia un público cautivado.

Con frecuencia Pérez olvidaba el tema expuesto en la sesión anterior, así que sus exposiciones solían saltar y bailotear por la historia de México y del mundo. No importaba: aprendíamos que cada momento histórico, cada circunstancia, podía ser interpretada en función de sí misma, con personajes intensos que le deban un toque literario a la narración del divo. Ese era Alfredo: el pedagogo innato, seductor de estudiantes y guía de vocaciones hacia la Historia.

Había intentado estudiar Medicina, también fue soldado, pero finalmente optó por las humanidades. En Valenciana, él fue uno de los primeros egresados de la reciente carrera de Historia. Se recibió en 1979 con la tesis “La escritura en el Códice Boturini” -mejor conocido como la “tira de la peregrinación”-. La historia prehispánica fue una de sus pasiones, como también la guerra de Texas y la de México contra los Estados Unidos. Por supuesto, también trabajó la historia de su casa de estudios, y puso en claro que el primer nombre de la institución fue Colegio Real de Pensionistas. ¡Ah! Olvidaba su gran interés por la historia política de Guanajuato en el siglo XX, pues fue uno de los primeros en escribir sobre la confrontación entre los grupos “verde” y “rojo”.

Alfredo fue el mejor amigo de infancia, adolescencia y madurez de mi padre, Isauro Rionda Arreguín, a quien apenas le llevaba un año más de edad. Juntos formaron el grupo deportivo –y de travesuras juveniles- “Los Trogloditas” entre los que se contaban Joaquín Arias Espinoza, Juan Luis Tola, Ricardo Zambrano, Agustín Ramos, Carlos Chávez y otros. Las excursiones cerriles y el deporte los unieron en una amistad que duraría décadas, en particular a Alfredo, Isauro y Joaquín. Muchas anécdotas se contaban de ese grupo, entre las que resalta la apertura anticipada de la Presa de la Olla, un día antes del evento oficial, lo que dejó a Guanajuato sin motivo de fiesta ese año.

Conviví con Alfredo en múltiples ocasiones, gracias a nuestras aficiones comunes, como la fotografía y el teatro. Pérez tenía un laboratorio fotográfico ubicado entre los baños de la prepa oficial, y con frecuencia lo acompañábamos en sus revelados. Yo terminé de formarme como fotógrafo con Víctor Lara, fotógrafo del Museo de la Alhóndiga, pero siempre charlaba del tema con Alfredo. Por otra parte, aunque nunca fui actor protagónico, sí participé en algunos montajes, el primero de ellos dirigido precisamente por Alfredo: la obra cervantina Don Pedro de Urdimalas, que se estrenó el 25 de agosto de 1972, en la Plaza de San Francisquito, dentro del marco del Coloquio Nacional Cervantino, antecedente del Festival Internacional Cervantino. En esa ocasión mi padre representó al rey, y yo era su paje tamborilero. Alfredo fue el director de escena, y gocé como enano cada una de las escasas cuatro representaciones de la obra.

Es debido agradecer el cariño que siempre me dedicó Alfredo Pérez-Bolde en mi niñez y juventud y hasta su muerte prematura. Puedo presumir que fui el último en entrevistarlo, y que él y su esposa la Chata me recibieron con afecto en su casa un mes antes de su partida. Desgraciadamente la grabación de la entrevista se extravió en los entonces caóticos archivos de Radio Universidad.

Para terminar, reproduzco parte de una nota que publiqué en El Sol de León el 12 de abril de 1990, al cumplirse dos años de su fallecimiento: “Alfredo Pérez Bolde (1932-1988) fue uno de esos individuos peculiares... Intelectual multifacético e historiador político, Pérez marcó, con su visión crítica y humorística de la historia de México, a los que fuimos alguna vez sus alumnos, ya sea en la preparatoria o la licenciatura. Soldado de vocación en su juventud, apasionado fotógrafo de circunstancia, coleccionista de objetos inusitados, director de teatro universitario, maestro e investigador, Perez Bolde suena a Guanajuato... y Guanajuato pareció a veces sonarle a Perez Bolde.”


viernes, 18 de noviembre de 2011

Blake, ¿qué pasa?

Blake, ¿qué pasa?

Por: © Luis Miguel Rionda ©

Publicado en Milenio de León.

El deceso del secretario de Gobernación, Francisco Blake Mora, cayó como relámpago en cielo despejado sobre el escenario político nacional. Más que por su intrínseco carácter de suceso lamentable, por la circunstancia pasmosa de ser el segundo titular de esa secretaría en el mismo sexenio presidencial y en con apenas tres años de distancia, casi exactos, entre ambos accidentes aéreos. Es inevitable que los mexicanos racionales nos hagamos preguntas sobre lo que está sucediendo en las altas esferas del país. Las teorías de los accidentes azarosos, siempre aceleradas y voluntariosas, nos hacen levantar la ceja. No podemos evitar sumar dos más dos y sospechar –con ese “sospechosismo” con el que nos caracterizó Creel a los mexicanos— que pudo haber mano negra o al menos ineptitudes detrás de estas desgracias.

A las pocas horas la Presidencia de la República, por voz de mi querida amiga Alejandra Sota Mirafuentes –a quien lamento verle pasar por estos tristes deberes-, emitía un comunicado donde no se cerraba a posibilidad alguna: “En este momento se están evaluando todas las posibles causas que hayan propiciado este muy lamentable incidente. Por respeto a las víctimas y a sus familiares, el Gobierno Federal agradecerá a la opinión pública que sean las investigaciones correspondientes por las autoridades las que clarifiquen estos lamentables hechos.” Muy bien, pero apenas cuatro días después la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, por voz de su trémulo secretario, ya afirmaba que se trató de un “accidente” provocado por la densidad de la niebla y la baja altura. Puede consultarse la conferencia de prensa en esta dirección electrónica: sct.gob.mx/uploads/media/SCT-Conferencia_de_prensa_151111.pdf 

 Nótese que se empleó en diez ocasiones el término “accidente” y sólo en una el concepto “incidente”, correctamente preferido por la Presidencia.

Por supuesto, yo no estoy calificado para desmentir a los técnicos que dieron argumentos a esta versión. Pero sí tengo algunas entendederas y las mismas se niegan a concebir la posibilidad de que un helicóptero en perfecto estado mecánico –según los mismos reportes—, con los mejores pilotos del país, y dotado de la mejor tecnología de geolocalización –altímetros, radares, GPS y demás— pueda chocar de frente contra una ladera chaparra, casi despejada de vegetación y a apenas tres mil metros sobre el nivel del mar. La tecnología moderna permite conducir esos aparatos “por instrumentos”, además de que suelen ascender a alturas muy seguras para evitar cualquier riesgo innecesario. Sencillamente no lo entiendo.

No abogo por ninguna teoría de la conspiración, pero sí me molesta la premura con la que las autoridades responsabilizadas de las comunicaciones del país, y las que tienen el deber de cuidar de la seguridad personal del gabinete presidencial, emitieron hipótesis en las que por casualidad nunca hay responsabilidades de ningún tipo: todo es perfecto, todos hicieron lo debido, nadie metió la pata. Me voy a permitir citarme a mí mismo, en un artículo que publiqué a pocos días del “accidente” de Juan Camilo Mouriño, hace tres años (“Bajas de guerra”, Correo, 7/11/2008):

“Por supuesto que todos pensamos de inmediato en que se trataba de un evidente ataque de los criminales que han mantenido en jaque al Estado mexicano desde hace casi dos años. Me imaginé que los embates de Morelia y este ‘atentado’ estaban relacionados. También quise ver algún vínculo entre este suceso y la muerte del exsecretario de Seguridad Pública, Ramón Martín Huerta, sacrificado en circunstancias que se parecen en demasía a las que ahora vemos. Ni modo: los mexicanos somos asiduos creyentes en las conspiraciones. Pero no se nos puede culpar porque un ligero vistazo a la historia nacional nos exhibe múltiples ejemplos de ‘accidentes’ que resultaron demasiado convenientes para algún actor político o social interesado. Como somos herederos de una larga travesía de impunidades y sucesos nunca clarificados a cabalidad, no es inexplicable que nos prestemos a las teorías más arcanas sobre maquinaciones y confabulaciones que se esconden detrás de los sucesos de alto impacto.”

“Conforme se han dado a conocer más detalles [del avionazo de Mouriño], parecería afianzarse la hipótesis del accidente. Sin embargo, el propio presidente Calderón en su mensaje del martes [4 de noviembre de 2008] fue en extremo cuidadoso en la selección de los términos con los que se refirió al suceso: ‘desgracia’, ‘percance’ y otros que transparentaron su voluntad de no eliminar ninguna alternativa, incluida la del atentado. Fue el secretario Luis Téllez el primero en referirse al hecho como un ‘accidente’, apenas un día después del mismo.”

Pregunto ahora: ¿Son coincidencias?

Apenas el 4 de noviembre el secretario de Gobernación había participado en las exequias del asesinado alcalde de La Piedad, y se conmovió hasta las lágrimas al abrazar al más pequeño de los huérfanos que dejó el joven munícipe Ricardo Guzmán. Así lo declaró el encargado de despacho, Juan Marcos Gutiérrez, al periódico tijuanense El Mexicano (Nota “Temía Blake morir y dejar a sus hijos”, 17/11/2011).

Da mucha tristeza ver cegada la vida de jóvenes como Blake, Mouriño y Martín Huerta, sin que sus muertes sirvan de algo, ni siquiera para que el gobierno mexicano reconozca que posee una pésima flotilla aérea, que refleja el mal estado generalizado de las cosas públicas en el país.

martes, 2 de agosto de 2011

Salvador Rocha Díaz, in memoriam, 3/3

Salvador Rocha Díaz, in memoriam, 3/3

Este artículo, el tercero y última de una serie, no quiso ser publicado por el periódico de Guanajuato. Recibí en cambio una carta del jefe de Recursos Humanos, Humberto Ramírez, comunicándome que: "[...] a partir del 01 de Agosto del presente año su participación en nuestras páginas del Periódico Correo que muy gentilmente colabora con el contenido: DIARIO DE CAMPO ya NO será publicada; Esto atiende a necesidades de reestructura y reorientación del perfil en los contenidos."
Yo nunca fui empleado del periódico, ni recibí pago alguno por los 380 artículos con los que colaboré desde octubre de 1998.
Hay personas con heridas aún abiertas por los sucesos lamentables que acontecieron en el gobierno estatal de Guanajuato en 1984. No quise lastimar a nadie con este testimonio sobre una persona extraordinaria. Pero todavía padecemos la autocensura en los medios.
Va la culminación de esta serie...

Salvador Rocha Díaz participó en el gobierno estatal de Enrique Velasco Ibarra como su Secretario General de Gobierno, y posteriormente en el interinato de Agustín Téllez Cruces. Le tocó enfrentar una difícil situación de descomposición política local y vacío de poder.
Colaboró en la Secretaría de Gobernación como director general de Asuntos Jurídicos. Dejó este cargo para ocupar un ministerio numerario en la Suprema Corte de Justicia de la Nación a partir del 4 de octubre de 1988. Su experiencia de hombre público se ampliaba así al poder judicial, adicionándose a sus actuaciones anteriores en los poderes legislativo y ejecutivo.
Salvador Rocha solicitó una licencia a la Suprema Corte a partir del 26 de septiembre de 1991 luego de que, por instancia presidencial, aceptó la invitación de Carlos Medina Plascencia para participar en su administración como Secretario de Gobierno, dentro de la difícil circunstancia de una transición política y un inédito cogobierno.
Sus nociones estaban maduradas por años de ejercer el arte de la polémica, el cultivo de la escritura y el asiduo paseo por la lectura. Todo ello engarzado en una vida personal intensa que le proporcionó un gran sentido cosmopolita y universal, pero en curiosa convivencia con un orgullo regionalista por su profundo amor al terruño.
Fue un político pragmático que detestaba la inmovilidad, el diletantismo o la demagogia. Pero su sentido de lo práctico no se oponía a su profundo idealismo ‑al fin y al cabo era un poeta‑ y al imperio de su sensibilidad. Con igual efectividad lo vi enfrentarse a los obstáculos para concretar el establecimiento de la General Motors en Silao, como involucrarse en la publicación de libros artísticos o históricos, la programación académica de un coloquio cervantino o confrontar a la estructura centralizada del FIC. Dentro de su esquema mental convivieron la economía con la cultura, la seguridad pública con la educación cívica, los servicios públicos con el desarrollo social. Todo ello envuelto en un gran sentido de la honorabilidad que le obligaba a despreciar y combatir la corrupción, mal crónico en el gobierno.

En términos ideológicos yo le habría clasificado como un liberal, en el sentido de haber sido una persona totalmente ajena al conservadurismo. Varias de sus convicciones lo acercaban a la izquierda, como su identificación con las necesidades de las mayorías populares, su reconocimiento del derecho de la mujer sobre su cuerpo, su respeto a los homosexuales y otras minorías, y la democracia no como simple procedimiento, sino como permanente acción educativa.
Hombre polifacético e hiperactivo, un personaje polémico que lo mismo despertaba amplias simpatías como radicales antipatías. Fue abogado defensor de causas polémicas, pero siempre asumiéndolas con un gran profesionalismo y compromiso con el cliente. Sin duda construyó una importante fortuna personal, pero nunca fue ostentoso ni manirroto. Nunca se negó placeres, y en un libro inédito de su autoría -que me obsequió- donde reflexionaba sobre la mejor manera de envejecer, aconsejaba al lector que, después de cumplir 40 años de edad, había qué preocuparse por hacer todo aquello que por falta de tiempo o dinero nos habíamos ahorrado: aprender a tocar un instrumento, lanzarse en paracaídas –como él en efecto lo hizo-, realizar el viaje anhelado, tener la aventura soñada, aprender a hablar aquélla lengua que nunca pudimos estudiar, etcétera. De otra forma, cuando el individuo no sale de su rutina cotidiana, se esclerotiza y envejece más rápidamente. Él puso en práctica su teoría, y siempre tuvo un carácter juvenil y juguetón. Así lo quiero recordar.
Aunque no podría creer que él lo haga, le deseo que descanse en paz.

martes, 26 de julio de 2011

Salvador Rocha Díaz, in memoriam, 2/3

Salvador Rocha Díaz, in memoriam, 2/3

Publicado en de Guanajuato.

Salvador Rocha Díaz nació en San Miguel de Allende el 21 de diciembre de 1937. Fue hijo de don Manuel Rocha Lassaux ‑prominente abogado y político local, el primer diputado de oposición del país‑ y de la señora Carmen Díaz Sautto. Cursó sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal. Estudió la preparatoria en la ciudad de México en el muy conocido CUM ‑Centro Universitario México‑, entre 1952 y 1953, de donde egresó con el grado de bachiller en humanidades. Los estudios profesionales los realizó en la Facultad de Derecho de la UNAM entre 1954 y 1958. Se tituló el 9 de septiembre de este año con la tesis El carácter accesorio de la fianza, que obtuvo mención honorífica por parte del jurado.
Realizó cuatro estudios de postgrado: un diplomado de primer ciclo en la Facultad Internacional para la Enseñanza del Derecho Comparado en Estrasburgo, Francia, en 1963; un diplomado de segundo ciclo en la misma facultad en 1964; un diplomado en estudios superiores de derecho comparado, en la misma facultad en 1965, y una especialidad en derecho fiscal en la Escuela de Derecho de la Universidad Panamericana en 1981.
Su ejercicio profesional en la abogacía lo comenzó en el despacho del conocido jurista y poeta leonés Xavier de San Martín, personaje que influyó profundamente en la visión filosófica y estética del joven practicante Rocha Díaz. A partir de 1959, ya recibido, ejerció en la firma Rocha y Hegewish abogados, bufete del que fue fundador, socio y director.
Desde 1964 ejerció la cátedra en diversos centros académicos, como la Facultad de Derecho de la UNAM (1964-1982), donde impartió diversas materias de derecho civil. También ha sido profesor titular en la Universidad Iberoamericana (1967-1974). Fue profesor visitante en el St. Mary's University of San Antonio, Texas, en la Escuela de Derecho de Hermosillo, Sonora, así como en la Universidad de California-Los Ángeles.
Fue miembro activo de la Barra Mexicana-Colegio de Abogados desde 1959, y en ella ha llegado a formar parte de su Consejo Directivo (1972-1976). También fue miembro de la Inter-American Bar Association desde 1960, y también perteneció a su Consejo Directivo (1975-1988). Fue miembro del Consejo Asesor de Euroforum, Centro Europeo para el Desarrollo de la Empresa, hasta septiembre de 1988.
Sus publicaciones abordaron temas de técnica jurídica y análisis constitucional. Sobresalen los libros: Los contratos aleatorios (Porrúa, 1968); Municipio Libre: autonomía fiscal y democracia (Porrúa, 1983); Técnica legislativa (obra colectiva, Porrúa, 1988); La renovación nacional a través del Derecho. La obra legislativa de Miguel de la Madrid (obra colectiva, Porrúa, 1988); Las reformas constitucionales iniciadas por el Lic. Miguel de la Madrid Hurtado (CNOP, 1988); Legislación en materia de control de cambios (con Leonel Péreznieto, ed. Harla, 1989); Estudios jurídicos y otros escritos (ed. Harla, 1991), y El derecho mexicano hacia la modernidad (obra colectiva, IIJ-UNAM, Porrúa, 1991). Por otra parte, publicó al menos 29 artículos especializados en técnica jurídica, en revistas prestigiadas de esta disciplina.
Se inscribió como miembro del PRI el 19 de junio de 1961. Participó en varias actividades partidistas, pero su vida política se activaría fuertemente cuando en 1982, a los 45 años, fue propuesto por el PRI como candidato a la diputación federal del IX distrito de Guanajuato, donde se ubicaba San Miguel de Allende, su terruño. Obtuvo el triunfo y ejerció la diputación en la LII Legislatura hasta 1985. Ese sería su primer cargo de elección. Como mencionamos antes, la Senaduría que ejerció entre 1994 y 2000 sería el segundo.
Continuaremos la próxima semana…


martes, 19 de julio de 2011

Salvador Rocha Díaz, in memoriam, 1/3

Salvador Rocha Díaz, in memoriam, 1/3

Publicado en de Guanajuato.

Salvador Rocha Díaz, prominente abogado y talentoso político guanajuatense, murió este domingo pasado. Escribo estas líneas a manera de modesto homenaje personal, en mi nombre y en el de mi padre, a quien le unió una estrecha amistad y ciertas complicidades intelectuales. Tuve la fortuna de haber colaborado con don Salvador cuando fue Secretario de Gobierno por segunda vez, entre 1991 y 1992, durante los 16 primeros meses de la administración del gobernador interino Carlos Medina Plascencia. Yo fui uno de sus dos asesores, y a pesar de mi juventud de entonces me hizo cargo de grandes responsabilidades, que siempre le agradecí porque me dieron la oportunidad de crecer como servidor público. Dejó el cargo debido a crecientes diferencias con el gobernador, y regresó al ejercicio de su profesión, en la que siempre fue muy exitoso. En 1994 contendió por una Senaduría guanajuatense que obtuvo con gran holgura de votos (53%). Eso le animó al año siguiente a buscar la candidatura del PRI a la gubernatura estatal, pero sin éxito. Se la ganó Ignacio Vázquez Torres, quien se evidenció rápidamente como un candidato anacrónico, que fácilmente fue opacado por la energía y el carisma de Vicente Fox, quien se quedó con el cargo. Como comentó públicamente el periodista Arnoldo Cuéllar, Rocha Díaz pudo haber sido mal candidato, pero sin duda hubiera sido un espléndido gobernante.
Salvador Rocha era dueño de una inteligencia deslumbrante y de una cultura cuidadosamente trabajada a lo largo de una intensa vida llena de intereses muy diversos y una gran curiosidad intelectual. Cuando colaboré con él con frecuencia me convocaba a su oficina, ya tarde y acercándose el final de una jornada laboral que él extendía a 12 o más horas, únicamente para charlar conmigo sobre temas que nada tenían que ver con el trabajo: sus lecturas, sus gustos artísticos, su amplio conocimiento de la comunidad artística y cultural nacional, sus viajes y sus encuentros con culturas muy diversas, etcétera. No pocas veces concebimos proyectos culturales, que a veces pudimos concretar. A veces las charlas terminaban hasta después de la media noche, pero nunca significaron para mí fatiga alguna, a pesar de que don Salvador llegaba siempre temprano a la oficina.
Recuerdo cuando dimos la batalla para acercar el Festival Internacional Cervantino a las demandas y necesidades de la comunidad guanajuatense. Había una sensación generalizada de que el FIC se regía por prioridades centralistas que con frecuencia ofendían y abusaban de las instancias locales. Me tocó redactar un documento que recogió las convicciones compartidas por las diferentes instituciones locales, como la Universidad de Guanajuato, el Ayuntamiento, los prestadores de servicio, el Instituto Estatal de Cultura y las diferentes instancias del Gobierno del Estado con las que el FIC tenía necesidad de relacionarse para garantizar un desarrollo adecuado del evento. Don Salvador le entregó el documento a doña Mercedes Iturbe, directora general del FIC, quien reaccionó con una indignación fuera de proporción y renunció escandalosamente al puesto. La comunidad intelectual nacional quiso culpabilizar al “obtuso gobierno panista de Guanajuato” de la inminente decadencia, si no es que desaparición, del encuentro cultural más importante de América Latina. Salvador Rocha se movilizó, y convenció a muchos de esos artistas y personajes de la cultura que nada había más alejado de la realidad. Tuvo mucho éxito, e incluso logró que un joven abogado de sus cercanías, también músico y experto en ópera, Sergio Vela, fuese nombrado director general del FIC.
El nuevo director del FIC procuró acercarse a los sentires locales, y por sugerencia de Rocha mudó su residencia a Guanajuato. El Gobierno del Estado, también por intermediación del Secretario de Gobierno, adquirió de la familia Lambert la casa de la plaza de San Francisquito, donde todavía hoy se ubican las oficinas locales del FIC. Con la renuncia de Rocha Díaz se vino abajo la intención de mudar completamente la dirección del FIC a la ciudad de Guanajuato. Vela pronto se regresó al DF, y el FIC continuó tan centralizado como siempre. Sólo la directora de planeación del FIC, Adriana Camarena, cuñada de don Salvador, se mudó definitivamente a Guanajuato capital, donde ha hecho su vida y su familia, hoy viuda del entrañable don Guille Rocha.
También me tocó apoyar a don Salvador en el rescate del Coloquio Cervantino Internacional, en su sexta edición. El gobernador Medina no tenía interés alguno en apoyar un evento que no alcanzaba a comprender. Además, las diferencias ideológicas del gobernador con don Eulalio Ferrer, viejo español republicano, y con Enrique Hagen, el director del Museo Iconográfico del Quijote, dificultaban el lograr un acuerdo. Don Salvador entró al quite y convenció al gobernador de financiar el evento. Yo me hice cargo de coordinar dicho apoyo, y con la participación de la Universidad de Guanajuato se salvó el coloquio, e incluso el propio museo, pues don Eulalio llegó a amenazar con llevarse su colección quijotesca de Guanajuato.

Continuaremos…