viernes, 12 de octubre de 2007

El gusto por las cosas del César

Con una regularidad que se ha hecho preocupante, el clero católico, más bien su alta jerarquía, vuelve a plantear viejos asuntos que la historia nos haría esperar que estuviesen superados. Volvemos a conocer de requerimientos anacrónicos como el de que se les otorgue una mayor capacidad para incidir políticamente en los asuntos de este mundo, incluso la demanda del voto pasivo –que los religiosos puedan ser votados—; también exigen la posibilidad de tener en propiedad medios de comunicación, y regresan sobre la mentadísima “libertad” religiosa, libertad que en los hechos no es más que para ellos mismos, no para el resto de las iglesias, que además acompañan invariablemente de la “libertad” de enseñanza, que en realidad es la posibilidad de aplicar oficialmente la moral absoluta y dogmática de la religión sobre el pensamiento autónomo y científico en las mentes infantiles y juveniles. Recientemente, además de todo esto, han agregado nuevos objetivos, como el de obtener trato de ONG, y hacer deducibles de impuestos los donativos y óbolos; o bien que la iglesia sea consultada en materia de políticas públicas orientadas hacia los valores familiares o comunitarios –como sucede en Guanajuato.
La jerarquía eclesiástica no ha aprendido nunca las necesarias lecciones de humildad, ni siquiera provenientes de su propia tradición misionera. Y una evidencia de ello es la actitud soberbia del enviado papal, el arzobispo de Francia Dominique Mamberti, quien en la reciente conmemoración de los 15 años del restablecimiento de relaciones diplomáticas con el Vaticano –que es un Estado, no una religión , planteó ante funcionarios mexicanos sumisos la exigencia de “superar las limitaciones y equívocos” de la ley en materia religiosa. ¿Cuáles son esas limitaciones? Las que todavía impone el Estado laico a la participación activa de las iglesias en asuntos terrenales. Se demanda con altanería que el gobierno federal reconozca la necesidad de impulsar la “libertad” religiosa y que se abran nuevos espacios de poder a los representantes de una potencia real, nada espiritual, muy apegada a los beneficios de la vida cómoda e incluso a los placeres de la carne, como la siempre ignorada pederastia –ignorada aquí, no en las cortes federales de Los Ángeles.
Los jerarcas se quejan de ser víctimas de agresiones y persecución, de que la turba les hace “temer por su vida”; todo por unos manotazos aplicados por un grupito de alocados manifestantes a la lujosa camioneta Toyota, blanca como los ángeles, del cardenal Rivera –pero eso sí, blindada para protegerlo de su peligrosa feligresía, pues el miedo no anda en burro. También es impresionante el gusto por la exhibición pública y por las candilejas de parte de “nuestros” cardenales y arzobispos. No pierden oportunidad de salir en los medios y hacer declaraciones, siempre sobre asuntos terrenales, pero nunca sobre lo que realmente les concierne, como sucedió con el obispo leonés Martín Rábago cuando en el periodo electoral pasado pontificaba en sus homilías dominicales sobre la necesidad de un voto consciente e informado, y su toma personal de posición ante múltiples temas del momento, ya que “sería una deformación totalmente inadmisible querer limitar la misión de la Iglesia sólo a predicar verdades abstractas y sin conexión con los momentos y circunstancias históricas que viven los hombres.” Contrastaba su posición con su negativa a opinar sobre asuntos más cercanos a su responsabilidad terrenal, como el caso del sacerdote De María y Campos, acusado de corrupción de menores.
La estulticia cuenta con aliados insospechados entre las propias autoridades, que olvidan que uno de sus mayores deberes es cuidar la laicidad del Estado. Acabamos de testimoniar el vano, pero significativo intento del alcalde de Celaya Gerardo Hernández, apoyado por el empresario Julián Malo y un fantasmal “Consejo Ciudadano Pro Recuperación del Nombre de Celaya de la Purísima Concepción”, de violentar el orden jurídico nacional al reasignarle un toponímico con contenido religioso a la ciudad de marras. Los funcionarios públicos municipales se volcaron en la promoción de esta iniciativa. Afortunadamente el propio obispo de Celaya, Lázaro Pérez, se dio cuenta del despropósito y en un alarde de buen juicio defendió ante miembros del ayuntamiento la sabia idea de que hay problemas más urgentes qué resolver en ese municipio, que el de poner el nombre de la concepción de la Virgen en boca de todos. Y remató con aún más sabiduría: "Me hacen líder sin serlo, yo soy pastor y quiero serlo siempre". Ese es el tipo de prelados que requiere la religión y la iglesia auténticas, que saben separarse de las cosas del César.

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