viernes, 2 de octubre de 2009

La conquista del Voto en Libertad

La conquista del Voto en Libertad

Por: © Luis Miguel Rionda ©
Publicado en de León.
También en 15 diario cotidiano de Monterrey, NL

El miércoles pasado presentamos el libro Voto en Libertad de la autoría de Juan Miguel Alcántara y Antonio Lozano Gracia, en la librería “Efraín Huerta” del Fondo de Cultura Económica de la ciudad de León. La presentación fue promovida por el Instituto Guanajuatense de Estudios y Ciencias Políticas (IGECIP), que preside el veterano político José Aben-Amar González Herrera.
El evento fue muy concurrido por representantes de la clase política guanajuatense del hoy y del ayer. Vimos a priístas, panistas, perredistas y ecologistas, destacando el decano Miguel Montes García. Por supuesto también acudieron miembros del IGECIP, que son entusiastas de estos encuentros ecuménicos que aspiran a la objetividad académica y no al disenso de las subjetividades. Comenzó José Trueba Dávalos y presentó al presídium; siguió José Aben-Amar con una exposición sobre los contenidos y el sentido del libro, en el contexto de la reflexión serena que permite la distancia temporal.
Santiago López Acosta y un servidor fungimos como comentaristas, y ponderamos los aportes de un texto que aborda un tema sensible, aún debatido en nuestro país: hasta qué punto la cuestionada elección presidencial de 1988 significó el punto de pase entre el sistema autoritario y no competitivo de la posrevolución, y la emergencia de un nuevo esquema de competencia real y democratización política que caracteriza hoy al aparato de representación y gobierno en México. Y dentro de ese momento histórico, cuál es el aporte efectivo del movimiento de izquierda nacionalista que lideró Cuauhtémoc Cárdenas y el Frente Democrático Nacional, en comparación con la paciente y creciente construcción de ciudadanía crítica que impulsó el Partido Acción Nacional desde sus orígenes comprometidos con la “brega de eternidad” de Manuel Gómez Morín, hasta la eclosión del liderazgo impaciente de Manuel Clouthier y los empresarios neopanistas en los años ochenta.
El libro tiene dos componentes: primero, es un testimonio de primera mano por parte de dos testigos privilegiados de los hechos que rodearon la crisis política de los años ochenta, y su culmen en los fraudulentos comicios presidenciales de 1988, que obligaron al sistema hegemónico a permitir la reforma político electoral de 1989, origen del IFE y del COFIPE. Y segundo, es un excepcional esfuerzo de recopilación y análisis documental que abastece a los especialistas y opinadores que aún debaten sobre los acontecimientos fundacionales de la moderna democracia mexicana, desde que en 1946 el gobierno federal se hizo cargo de los aspectos fundamentales de las elecciones nacionales.
Lozano y Alcántara participaron bajo la bandera del Partido Acción Nacional en el complejo proceso electoral de 1988, y llegaron a Cámara de Diputados como integrantes de su histórica LIV Legislatura. Dos jóvenes diputados federales que se involucraron como pocos en la búsqueda de nuevas vías para canalizar constructivamente el creciente malestar de la sociedad mexicana, harta ya del autoritarismo centralista y presidencial que condujo con mano de hierro el desarrollo estabilizador. Fue este un modelo económico que le produjo al país tres décadas de relativa paz y prosperidad, pero que llegó a su límite de eficacia en los ochenta, la década perdida. Pero a su vez, la década que marcó la emergencia del nuevo ciudadano, que se levantó desde las regiones, municipios y entidades para zafarse de la servidumbre impuesta por los poderes centrales.
Los autores hacen un recorrido histórico por esas décadas de monopolio unipartidista del poder, utilizando como hilo conductor la evolución de la normatividad electoral y la conformación de la representación social en el ámbito federal, pero con frecuentes referencias a la situación en las entidades. Nuestros autores son mejor conocidos como abogados penalistas, pero en este libro hacen evidentes su vena académica y su gusto por el derecho electoral y la historia política. Sus descripciones no son formalistas ni aburridas, pues no pretenden nunca imponer un texto con ínfulas tratadistas. Su acercamiento es el del cronista memorioso que gusta participar del recuerdo, pero fundado en una amplia documentación que deje en claro que las opiniones expresadas no parten del tamiz del interés partidista.
Desde el principio ambos colegas dejan en claro que comparten los ideales del liberalismo político panista, y que comulgan con el enfoque civilista de los padres fundadores del partido más orgánico de México. Y desde esa óptica ejercen la memoria buscando ser lo más objetivos posible, sin rehuir el debate con los autores previos que han analizado el momento de quiebre político que significó el 88 y sus secuelas reformistas. Lozano y Alcántara combaten la tan popular noción de que el momento político de ese año trascendental le perteneció a la izquierda, y en particular al movimiento que nació del cisma del PRI, la Corriente Democrática, que galvanizó el autoritarismo presidencial y generó la reacción del sector nacionalista revolucionario del partido hegemónico que daría pie al nacimiento del poderoso Frente Democrático Nacional.
En los capítulos nodales los autores emprenden un debate inteligente con los panegiristas de la insurrección cardenista como elemento casi único de la reforma política que nos dio al COFIPE, al IFE y al Tribunal Electoral. Lo documentan ampliamente presentando evidencias contundentes, documentadas con los discursos, pronunciamientos, publicaciones e iniciativas legislativas que abordan los asuntos urgentes de atender para avanzar en la democratización efectiva de México. Hay un claro deseo de reivindicar el aporte de Acción Nacional en los avances normativos de las reformas consecutivas que permitieron desmontar el viejo alcázar del contradictorio “institucionalismo revolucionario”. Es perfectamente comprensible, porque tanto en los medios de comunicación como entre los analistas y académicos, es más chic abordar la transición mexicana a la democracia como una merced arrancada de las cadavéricas manos del leviatán revolucionario, por parte de los nuevos mesías de las buenas causas del pueblo proletario. No vende mucho, no es seductor reconocerle méritos a catrines clasemedieros, y para colmo mochos, que durante décadas no abandonaron el largo sendero que les permitió construir esa nueva ciudadanía que en los noventa renegó del priísmo arcaico. Si hoy gozamos de una democracia liberal en lo político es en buena medida debida a la acción educativa de los panistas fundacionales, que nos legaron ciudadanía y mística opositora.
Las habilidades de negociación del panismo, oposición leal que siempre supo que “quien opone apoya”, como decía Jesús Reyes Heroles, permitió encontrarle una salida constructiva al conflicto postelectoral que desató el fraude salinista.

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