martes, 17 de agosto de 2010

San Felipe, crisol de barro y sangre

San Felipe, crisol de barro y sangre


Publicado en de Guanajuato.

Llegó a mis manos una de las mejores monografías históricas municipales que ha publicado la Comisión Estatal del Bicentenario del estado de Guanajuato. Se trata de la que elaboraron los historiadores José Hernández Salazar y José Aguirre Bárcenas con el título “San Felipe, crisol de la independencia”. Muy bien escrito, aunque denso en términos de información histórica abordada.

Los autores no perdieron tiempo en contextualizaciones innecesarias, que en otras monografías han distraído la atención del lector. Para mi gusto, los lugareños ávidos de conocer su pasado no parroquial demandan información geográfica o económica que pueden conseguir en otras fuentes de almanaque. Me satisface más que los cronistas locales nos expongan de inmediato su sapiencia sobre su historia matria.
San Felipe es un municipio que derrama su historia. Viejos anales que iniciaron los recios chichimecas que poblaron esos feraces territorios, y que opusieron férrea resistencia a la ocupación colonial en la célebre “guerra chichimeca” de 1550 a 1600 -el auténtico western mexicano como decía don Luis González, aunque en este caso sería un “northern”-. En tiempos coloniales San Felipe jugó un papel destacadísimo en los eventos vinculados a la expansión hacia el norte, con eje en el “camino de tierra adentro” que conducía a los reales de minas de Zacatecas, Chihuahua y Santa Fe, Nuevo México, ya en las provincias internas que luego se apropiaron los gringos.
Los autores enfatizan los momentos cruciales de la independencia y sus antecedentes locales. Muy pocos espacios municipales pueden presumir como San Felipe el haber tenido tanto protagonismo en el estallido insurgente y sus secuelas. Puede competir sin problemas con Dolores Hidalgo, Querétaro y Valladolid por el rol de “crisol de la independencia”. Ya hasta el nombre le quieren cambiar para enfatizar este hecho. Eso porque Miguel Hidalgo fue cura de San Felipe por diez fructíferos años, hasta 1801. Su casa “de la alcantarilla” -por el nombre de la calle- pronto se trasformó en la “Francia chiquita” donde el sacerdote, su familia y amigos ilustrados leían a los racionalistas franceses y representaban las obras de la comedia francesa. Gustos escandalosos por lo irreverente, heterodoxo y revolucionario de sus contenidos.
La Francia Chiquita

San Felipe y los guerrilleros insurgentes que mantuvieron viva la chispa de la libertad en el Bajío, con “el pachón” Encarnación Ortiz, Pedro Moreno y el joven libertario español Javier Mina, figura romántica que comprendió que sólo la emancipación de las colonias liberaría a la España peninsular de su yugo francés. Las aventuras de estos insurrectos parecen más producto de la novela romántica que de la realidad, pero al fin verdades que la historia corrobora con documentación amplísima, que los autores manejan con destreza.
San Felipe en la revolución y la posrevolución, con la violencia irracional, pero con nuevos personajes de renovado atractivo: el brillante periodista Praxedis Guerrero, el profesor silaoense Cándido Navarro, los héroes locales de la defensa comunitaria, etcétera. San Felipe y la cristiada, espíritu conservador que luego cobró tintes aún más dramáticos en su rechazo violento a la educación socialista.
Monografía bien hecha, con sólo unos pocos errores como afirmar que los restos de los próceres que se exhibieron en las esquinas de la Alhóndiga hasta 1821, se condujeron de inmediato a la ciudad de México (p. 43), o confundir la mina de la Valenciana con la de Rayas en Guanajuato (pie de foto, p. 51). Minucias. Fuera de ello, me honro en haber gozado de este texto.


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