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martes, 15 de septiembre de 2009

Voces por la contrarreforma

Voces por la contrarreforma


Publicado en el de Guanajuato.
También en 15Diario, cotidiano electrónico.

Con el arranque de los trabajos de la sexagésima primera legislatura federal, se anuncia una nueva reforma en materia electoral, que sería la segunda en la administración presidencial calderonista. Las elecciones del 5 de julio pasado pusieron en evidencia muchas limitaciones de las enmiendas introducidas a fines de 2007, particularmente en lo concerniente a las nuevas atribuciones del IFE en materia de comunicación en los medios electrónicos. Al final nadie quedó satisfecho, ni siquiera los partidos políticos que cocinaron la reforma. Pero en particular las televisoras hicieron sentir su disgusto mediante reiterados incumplimientos o interpretaciones interesadas de la norma, lo que llevó al instituto a aplicar multas y correctivos a las concesionarias. Éstas se defendieron con recursos legales y metalegales, pero también incidieron en difundir una visión negativa sobre las reformas y el propio IFE.
Ahora que se anuncia una inminente revisión de la normatividad electoral, me parece inquietante que se hagan evidentes dos corrientes de opinión sobre la orientación a tomar: unos opinan que la reforma funcionó aceptablemente bien, y que sólo se requiere afinar algunos detalles que quedaron mal planteados; y los contrarios, que claman por un retorno al esquema anterior de comunicación política. Aquéllos son miembros de la clase política más consolidada en los tres principales partidos, que han aprendido a lidiar con el monstruo bicéfalo de la televisión comercial, y que han sufrido en carne propia los costos de la animosidad del duopolio. Los otros opinantes son personajes cercanos a los intereses de las empresas comunicadoras, y han comprado el discurso de la limitación a la libertad de expresión que conllevó la reforma.
Por supuesto que yo me cuento entre los que creemos en las bondades de la norma actual. Uno de sus objetivos fue bajar el costo de la democracia en nuestro país. Otro fue reducir el enorme poder de chantaje político que han adquirido los grandes concesionarios de la televisión y la radio. Ambos propósitos se lograron: las elecciones pasadas nos costaron a los mexicanos un tercio de lo gastado en los comicios de 2003, también de carácter intermedio. Los cálculos los realizó Ciro Murayama, economista de la UNAM experto en financiamiento de las elecciones, y los incluye en un artículo publicado en el número de agosto de la revista Voz y voto.
También bajó la capacidad de chantaje mencionada, y por lo mismo los concesionarios no se resignan a perder ni el poder fáctico ni los ingresos económicos perdidos.
Con seguridad, ahora que se abra este expediente los personeros de los potentados afectados buscarán influir para que se eche atrás el nuevo modelo de comunicación, basado en los ejemplos de Francia, España o el Reino Unido. Desearán que se retorne al modelo norteamericano, donde los partidos y candidatos dedican la mayor parte de su esfuerzo a recolectar recursos económicos que van a parar a los bolsillos de las cadenas de comunicación. Sería un error hacerlo. Hay que formar un bloque de opinión que evite un retroceso en este campo. Yo me apunto.

viernes, 11 de septiembre de 2009

El parto de los montes

El parto de los montes


Publicado en de León.

Hace una semana el “informe” presidencial despertó múltiples expectativas y comentarios. El tono empleado por el presidente Calderón pareció anunciar un violento golpe de timón que buscaría rescatar lo que queda de su sexenio para afianzar -o apenas definir- el aporte de su gestión al futuro del país. La aparente preocupación no era para menos: aunque el actual presidente se esforzó durante el arranque de su gobierno por diferenciarse de su antecesor en cuanto a capacidad de decisión y sentido de responsabilidad histórica, el tiempo corrió e hizo lo suyo. Hemos llegado a la mitad del periodo sin cosechar aún un mínimo beneficio de las batallas calderonistas. No se ha derrotado al crimen organizado, a pesar de haber lanzado al ejército en su combate; ni tampoco se han generado los empleos y las oportunidades de desarrollo que se prometieron. La administración no ha logrado definir cuál será el aporte que la distinguirá de sus antecesores, y la ubicará en los libros de historia. Seguimos en el nivel de la buena voluntad, pero todavía no llegamos al terreno de los logros. Para colmo, la crisis “importada” -desde que tengo memoria todas las crisis de nuestro país son endosadas al exterior- ha complicado de manera impresionante el escenario y estrechado los márgenes de acción del gobierno federal.
En fin, que ha pasado una semana luego de los grandilocuentes anuncios de Palacio Nacional y apenas el miércoles se dieron a conocer los primeros hechos concretos: el despido de tres secretarios de estado -uno de ellos renunciante desde hacía meses-, y las iniciativas dentro del plan de ingreso-gasto para el año próximo. En teoría estas medidas ayudarán a sacar al sector público del profundo hoyo en el que se encuentra sumergido desde que los “veneros del petróleo” nos los escrituró el diablo. Tres décadas de bonanza petrolera nos heredaron un gobierno obeso, holgazán, comodino e ineficaz para garantizar el estado de derecho y el desarrollo sustentable.
La desaparición de las secretarías de estado sólo es una medida simbólica. Escuché a Mario di Constanzo afirmar que esto representa un ahorro de alrededor del 6% del gasto federal, pero sin considerar las liquidaciones que por ley deberán emitirse a favor de trabajadores y funcionarios despedidos. Opino yo que se ahorraría mucho más si se aplicara un programa serio de racionalización y moralización del gasto en la SEP y en PEMEX.
Varios organismos del sector público están en quiebra técnica y por lo mismo demandan subsidios enormes. Es el caso del IMSS, el ISSSTE, Luz y Fuerza del Centro, el propio PEMEX, y otros más. Por ejemplo, la SEP es un barril sin fondo donde los recursos se pierden en la enormidad de la estructura, la corrupción sindical, en el salario de casi dos millones de plazas que no siempre se abocan a la enseñanza, y en proyectos faraónicos como el de Enciclomedia. Casi todas las secretarías y organismos descentralizados o autónomos tienen 32 ó más delegaciones estatales. Cientos de miles de burócratas dependen del gasto federal. México tiene un Estado caro y desproporcionado en razón de las capacidades, aunque no en cuanto a las necesidades, que no son adecuadamente atendidas por el enorme aparato gubernamental. Por ejemplo, un cuarto de millón de policías municipales, estatales y federales no sirven de nada para garantizar la seguridad pública. Hubo que involucrar a los 150 mil soldados del ejército y la armada para medio cubrir esa necesidad. Y ni así.
Las medidas tomadas por el presidente Calderón dan la impresión de ser un parto de los montes: espectaculares y vacuas. Sustituyó a funcionarios por su aparente incapacidad y metió a otros que anuncian ser peores. Se confirma que el equipo presidencial ha sido seleccionado en función a la amistad y no a la capacidad. En cuanto a la materia fiscal y económica a la administración sólo se le ocurrió incrementar los impuestos sobre la misma base tributaria. Los que siempre hemos pagado impuestos pagaremos aún más. Los que no pagan seguirán disfrutando de la informalidad de nuestra economía.
Así no saldremos nunca de la crisis por nuestros medios. Parece ser que el equipo económico presidencial sólo espera que la locomotora norteamericana se recupere y que nos jale fuera del hoyo, pues los problemas estructurales de nuestro país parecen ser irresolubles. Al menos para ellos.

martes, 8 de septiembre de 2009

Rechazo a la mentira

Rechazo a la mentira


Publicado en el de Guanajuato.

Una de las instituciones mexicanas que padece más descrédito público es el Congreso, tanto el federal como los estatales. Yo no lo invento: lo señalan reiteradamente las encuestas sobre confianza en las instituciones, como la de Consulta Mitofvski de agosto pasado. Muchas son las causas, pero me parece que la principal es la carencia de vinculación efectiva entre los representantes y sus representados, lo que se acentúa en el caso de los que llegan a la curul por el sistema de representación proporcional. A esto se suma la imposibilidad de forjar una carrera legislativa de manera continua, sino salteada, por la anacrónica no reelección.
Cuando el (la) diputado(a) o el (la) senador(a) protesta el cargo, con frecuencia carece de vocación y/o conocimientos para la labor parlamentaria; no pocos consideran que el tránsito por el legislativo es un precedente necesario para la forja de una carrera política prometedora, que luego se corona con alguna posición ejecutiva. Esta circunstancia explica por qué se acepta con tanta facilidad la movilidad de los integrantes de ese poder; nadie pierde el sueño por pedir licencia a la menor oportunidad de saltar a otra posición más apetecible, usualmente en el ejecutivo. Esta circulación permanente provoca que la curva de aprendizaje del quehacer legislativo sea enorme, ya que cuando el titular se ha familiarizado con los procedimientos, deja la curul en manos de su suplente, quien por supuesto llega a aprender cómo se cocinan las iniciativas. El resultado está a la vista de cualquiera: baja productividad del legislativo, iniciativas nunca procesadas, comisiones que sesionan poco o nunca, ausentismo crónico, prácticas poco éticas en el manejo de los recursos asignados a los representantes, etcétera.
Es por eso tan explicable la reacción de enojo público al conocerse la voluntad de al menos ocho diputados federales de solicitar licencia apenas a días de tomar posesión, a fin de dar paso a caballos negros que por angas o mangas no convenía que aparecieran como titulares, muchos por la cuota de género. No es nada nuevo, pero al menos ahora sí hubo una repulsión más o menos amplia. Me alegra.
Y una nota sobre otra mentira, la del caso “Juanito”: según una encuesta de María de las Heras, un 66% de los ciudadanos de Iztapalapa considera que Rafael Acosta debe renunciar para dar paso a Clara Brugada. Además, un 77% opina que no tiene capacidad personal para gobernar. Y de los que manifestaron haber votado por el PT, casi la mitad reconocen que lo hicieron respondiendo a la convocatoria de AMLO. Es impresionante la capacidad de movilización que posee el exjefe de gobierno en esa demarcación. La democracia es el imperio de las mayorías, y en Iztapalapa fue claro que esas colectividades actuaron con espectacular disciplina cuando se definió esta singular estrategia. El riesgo que no se calibró con suficiencia fue que el polichinela terminaría creyéndose la mentira.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Calderón y su New Deal

Calderón y su New Deal


de León.

El tercer informe del presidente Calderón fue novedoso en muchos aspectos, aunque no todos positivos. Cambió la forma y también el fondo. En cuanto a la forma la exposición dejó de hacerse frente al Congreso de la Unión, destinatario real del expediente, y se armó ahora un gran templete externo desde donde se dirigió a la sociedad mexicana entera. Por ello el ejercicio no ha perdido todo el fausto y oropel que le adornaron en los viejos tiempos: aquel “día del presidente”, cuando la nación entera feriaba dizque para presenciar la trasmisión televisiva y radiofónica “en cadena nacional”, que iniciaba desde muy temprano con entrevistas pomposas al gobernante desde la intimidad de su hogar, al que nos permitía asomarnos en esa ocasión tan especial. De la residencia de Los Pinos el dignatario se trasladaba con gran boato a la sede del Poder Legislativo, donde era recibido más que con respeto, con sumisión y gratitud por parte de los diputados y senadores, la gran mayoría de los cuales le debían el cargo y su futuro político.
Las largas lecturas de Echeverría o López Portillo agotaban a cualquiera excepto a ellos mismos, enamorados de su propia voz. Sus mensajes eran panegiristas y exultantes, sin relación clara con la realidad que percibía el común de los mexicanos. Pero el señor presidente ni se inmutaba, rodeado de la bien conocida burbuja que rodea al “solitario de palacio”. Luego de varias horas de tortura para los sufridos traseros legislativos, el presidente del Congreso emitía un mensaje “de respuesta” al informe, que era todo menos eso: más bien se trataba de la gran oportunidad para ese político -o política- para balconearse y ser bendecido por el gran proveedor. Leer esa lisonja era prueba irrefutable de cercanía a la querencia presidencial, llave de un futuro prometedor.
Al terminar el “protocolo” del informe -inexistente pero inventado a lo largo de los años-, el presidente-emperador se montaba sobre un enorme descapotable negro y se sumergía en el baño de confeti tricolor que arrojaban empleados públicos “voluntarios” desde balcones y azoteas. Miles y miles de acarreados vitoreaban la figura del prohombre, el gran taumaturgo y salvador de la Nación. Luego, en Palacio Nacional se procedía a la “salutación”, ese largo besamanos que practicaba la clase política en pleno so pena de excomunión.
Y al día siguiente las unanimidades en los medios: “fue un texto realista”, “es un gran líder”, “anunció medidas dolorosas pero necesarias”, “ya estampó su nombre en la historia como el mejor presidente desde Madero”, “es insustituible: debería existir la reelección”, etcétera. Mieles y flores, aunque el país se estuviese derrumbando.
Esas formas ya acabaron, pero no así el fondo. Se sigue abordando la realidad nacional desde una perspectiva parcial e interesada. El presidente Calderón, en la primera parte de su discurso –bien estructurado, bien ensayado, bien actuado-, nos dio multitud de explicaciones sobre el desbarajuste que atravesamos en el campo económico -crisis que vino de fuera-, en el de seguridad –violencia y narco prohijados desde el exterior-, en el político -reforma política mal hecha, hay que reinventarla y correr de nuevo a los consejeros del IFE-, en el educativo -hay que cambiar todo, menos a la maestra-, en el fiscal -un erario petrolizado y abusivo con la clase media-, en el energético -no hay PEMEX ni Cantarell que aguanten mantener al gobierno y al sindicato-, y demás desastres nacionales. Ahora que llegamos a la mitad de su administración no hay muchas buenas noticias, pero presumió el Seguro Popular -cuya viabilidad y cobertura real no están claras-, la atención a la influenza “mexicana” -producto con calidad de exportación-, y el programa de infraestructura -que vino a sustituir al prometido programa de empleos formales-, ahora bajo el ropaje de medida “anticíclica” que hoy sufre recortes presupuestales que lo inutilizan.
El presidente convoca ahora a la Nación a emprender reformas de fondo, que nos rescaten de los múltiples aprietos estructurales en los que estamos metidos. ¿Será posible emprender tal aventura a tres años de terminar su encargo, y con un Congreso opositor? Son demasiados codos rozando el tintero, diría Mafalda. Pero no podemos disentir en el fondo de la convocatoria: México requiere de cirugía mayor, incluso a nivel constitucional, de pacto social y de concepción del Estado. Pero, ¿tendremos a mano el liderazgo proporcional para tal desafío?

martes, 1 de septiembre de 2009

Poderes corruptos

Poderes corruptos

Publicado el el de Guanajuato. Es triste, pero la acción política en los llamados países democráticos padece con frecuencia el mal de la confusión entre los intereses del común con los intereses privados del actor particular que ejerce el poder o la representación sociales. Me refiero a que los gobernantes -el poder ejecutivo- o los representantes -el legislativo-, incluso los jueces y magistrados -el judicial-, están sometidos a la tensión moral y ética del deber formal ante la ciudadanía que los eligió, o que al menos paga sus emolumentos, contra la tentación de obtener ventajas personales o familiares sólo posibles mediante el uso y abuso de la función pública. Los casos señalados en los medios impresos y electrónicos son recurrentes a lo largo y ancho del país, e involucran a personajes de todos los partidos políticos, de todas las ideologías y de todos los orígenes sociales. Hay una crisis moral en México. Es una crisis sistémica, que no ha sido posible superar por más controles que se aplican al ejercicio del poder público. La corrupción no ha sido erradicada en décadas. Pero la sorpresa reciente es que esa corrupción no era particularidad de un sistema de gobierno autoritario, o de un partido político hegemónico arraigado en los espacios propicios para la degradación. La “robolución” prohijó a sus oposiciones, y cuando éstas se hicieron del poder no actuaron de forma muy distinta a sus predecesores. No hay monopolio del cohecho, del abuso, del amiguismo o del nepotismo. Izquierdas y derechas caen con regularidad en las tentaciones del peculio fácil, pero ajeno. En las encuestas que conozco sobre cultura cívica, como las levantadas regularmente por Consulta Mitovsky, Parametría, Latinbarómetro e incluso la Secretaría de Gobernación, ponen en evidencia que el mexicano es un individuo pragmático, poco apegado a las formas de la convivencia cívica pero muy respetuoso de los usos y costumbres de su familia o comunidad inmediata. Es decir que no hemos podido asimilar la trascendencia de formar parte de un gran Estado-Nación que se rige por macrovalores y por normas abstractas, constitucionales, que permiten la convivencia entre los grandes componentes de lo que denominamos patria. No: más bien privilegiamos la comodidad de ponderar nuestra conducta sobre la base de la inmediatez, de la comunidad concreta donde nos movemos. Cuando el interés inmediato priva sobre los valores cívicos y políticos de la gran comunidad nacional, es fácil caer en las tentaciones de la corrupción. Carecemos todavía de esa cultura cívica que en otros países priva sobre las relaciones entre los individuos y sus agrupaciones. La moralidad es consustancial al ciudadano, no es opcional. Y por moralidad entiendo los valores que privilegian la convivencia social, y sacrifica en su favor a los intereses del egoísmo y la corrupción. Estas líneas las motivó el caso más reciente en nuestro poder legislativo local, donde se premió a la apostasía interesada con un puesto judicial que demanda una moralidad impecable. Qué lástima.