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viernes, 20 de junio de 2008

La competencia, I

Se ha iniciado en la Universidad de Guanajuato la primera fase del proceso de renovación de las autoridades unipersonales de la institución, con la selección de los titulares de las rectorías de los cuatro campii regionales y del director del Colegio del Nivel Medio Superior, todos definidos en la nueva organización académico-administrativa. Los campii de León, Guanajuato, Irapuato-Salamanca y Celaya, cuentan cada uno con un hinterland de municipios aledaños que constituyen regiones de influencia que serán atendidas con mayor efectividad y pertinencia. En la convocatoria respectiva se explican los pasos y los tiempos que se darán para permitir a la Comisión Especial que conformó el Consejo Universitario, el analizar la documentación y los proyectos de desarrollo de cada candidato, otorgar los registros definitivos, proceder a una auscultación rápida –cinco días apenas‑ entre la comunidad que corresponda y eventualmente proponer comparecencias el 20 de agosto ante el pleno del Consejo, que procedería a definir quiénes pueden ser candidatos a ser propuestos ante la Junta Directiva , los once notables que tendrán la última palabra sobre los nominados.

Como saben muchos, me decidí a participar en este proceso de selección interna –que no elección‑ buscando la rectoría del Campus donde hoy me desempeño, el de Irapuato-Salamanca. Y lo hice porque estoy convencido de que somos muchos los profesores e investigadores de nuestra universidad que reunimos los requisitos mínimos que marca la nueva Ley Orgánica. De ninguna manera me considero especial ni mejor a mis colegas y compañeros. Somos casi 800 profesores de tiempo completo en la UG , y la mayoría de ellos tienen la antigüedad y la trayectoria destacada que demanda la normatividad. No dudo que entre ellos haya muchos con sobradas ideas y talentos que los calificarían para cumplir con una función rectoral y de conducción democrática de sus comunidades. Sin embargo todo apunta a que sólo va a solicitar su registro una docena de aspirantes para los cinco espacios en juego. Y para colmo sólo sabemos de dos colegas mujeres que participarán en la competencia. Ojalá que hoy viernes todavía alcancen a registrarse algunos otros(as) cófrades en el proceso, ya que entre más pretendientes seamos, más se amplía la gama de opciones y tanto el Consejo como la Junta tendrán, como en botica bien surtida, alternativas para una buena selección.

Participo porque me gusta contribuir activamente en los procesos internos de mi casa de trabajo. No tengo vocación de poder, creo que lo saben los que me conocen. Tampoco diré una mentira como la de afirmar que me disgusta la posibilidad de toma de decisiones sobre los asuntos que nos atañen a los académicos y a la comunidad universitaria. Yo, como otros muchos, tengo ideas para compartir y debatir sobre el futuro de la universidad pública de Guanajuato. Y si existe la posibilidad de hacerlo desde una posición desde donde se está obligado a convocar voluntades de forma democrática, pues qué mejor. Me apunto.

Somos dos los aspirantes registrados para el Campus Salamanca-Irapuato: este autor y mi querido amigo René Jaime Rivas, un destacado tecnólogo de la Facultad de Ingeniería Mecánica, Eléctrica y Electrónica, en Salamanca. En realidad ambos somos profesores de esa prestigiosa facultad, ya que yo imparto mis cursos actuales para los programas de licenciatura que esa unidad ha abierto en Yuriria, en lo que gustamos denominar como “Campus Sur”. Con René tengo una larga relación como colegas y amigos, con varias empresas institucionales comunes. Hemos charlado sobre el proceso y ambos coincidimos en que debe constituirse en ejemplo de civilidad y casta universitaria. Ambos hemos sido consejeros del Instituto Federal Electoral –y lo volveremos a ser en las elecciones del año próximo‑, y conocemos de primera mano el sabor amargo de las confrontaciones inter partidistas. Como consejero en Salamanca, a René le tocó lidiar en las elecciones pasadas con algunos avatares que llamaron la atención nacional, como el sonado caso de la casilla de Cerro Gordo. Tuvimos que mantener la cabeza fría ante las exigencias, en ocasiones absurdas, de los partidos. Creo que salimos airosos.
Aclaro sin embargo que sí se trata de una competencia franca, porque el juego es convencer a la Comisión Especial , al Consejo Universitario y –ojalá‑ a la Junta Directiva de las bondades de nuestros perfiles y proyectos, y evidentemente a ninguno nos gusta ser hecho a un lado. Estoy seguro de que René y yo sabremos dar ejemplo de cómo dialogar, e incluso debatir, con los elementos característicos de la ciencia: objetividad, respeto, actitud crítica y compromiso con la verdad. Mientras, un saludo a todos mis colegas aspirantes.

viernes, 13 de junio de 2008

La UG y sus rectorías

El Consejo Universitario de la Universidad de Guanajuato –que pronto dejará de serlo y pasará a convertirse en “Consejo General Universitario” cuando culmine el proceso de renovación de autoridades unipersonales y se renueve la representación de estudiantes y profesores–, conformó en su sesión del 30 de mayo pasado una “comisión especial” avocada a la selección de candidatos a rectores de los cuatro Campus regionales y el director del Colegio del Nivel Medio Superior. En esa comisión participan tres consejeros directores, tres consejeros profesores y tres consejeros estudiantes. Es presidida por el Rector General, quien a su vez puede delegar esa conducción en la Secretaria General.
Ya se ha hecho costumbre que cada vez que la universidad estatal renueva sus autoridades rectorales, el proceso reciba un interés especial por parte de los medios de comunicación y muchos círculos de la comentocracia local. No podría ser de otra manera: la universidad es pública, y sus procesos internos también deben serlo. La transparencia, la rendición de cuentas y el acceso a la información son ya condiciones ineludibles para cualquier instancia que reciba financiamiento gubernamental. Eso es así al menos desde el 2003, cuando se emitió la ley estatal en la materia. Sólo existe el límite del respeto a la información personal, y las restricciones a la información que es considerada “confidencial”, según criterios fijados en la propia ley.
No puede ser diferente esta ocasión. Además se agrega la circunstancia de que es un proceso inédito, pues se trata de cinco procesos paralelos, no de uno solo, lo que plantea dificultades adicionales a las acostumbradas. Los registros de aspirantes se iniciaron en esta semana y continuarán en la siguiente. En estos diez días hábiles, con 80 horas laborales, se están recibiendo las propuestas y autopropuestas de parte de los académicos que se consideren calificados para aspirar a uno de esos cargos ejecutivos. Se pide ser profesor de carrera con al menos una licenciatura; con un mínimo de cinco años de experiencia y con los tres últimos desempeñados en esta universidad; haberse distinguido en sus actividades académicas y tener buena reputación; no ser candidato a puesto de elección, dirigente partidista ni ministro de culto ¿se acuerdan del debate sobre la ley romerista? , y presentar un proyecto de desarrollo institucional. La mayor parte de los 787 profesores de tiempo completo de la universidad reúnen los requisitos. ¿Veremos un alud de solicitudes? Es dudoso.
Este tipo de responsabilidades requieren de habilidades que van más allá de los requerimientos formales estipulados por la ley. Es ahí donde entrará el buen criterio de los miembros de la comisión especial, quienes, luego de una serie de entrevistas, deberán depurar la primera lista para presentar un dictamen ante el Consejo el 8 de agosto sobre aquellos candidatos que reúnen las condiciones para serlo.
El Consejo aprobará o modificará el dictamen. A partir de entonces los aspirantes cobrarán carácter de candidatos oficiales, e iniciarán las consabidas “pasarelas” ante las comunidades particulares de cada Campus o entre las escuelas preparatorias de la universidad, según cada caso. Esta promoción deberá enmarcarse en valores “caballerescos” y de buena educación, así como de sentido común: libertad, honorabilidad, legalidad, certeza, imparcialidad, equidad, objetividad y respeto. Prácticamente los mismos que enarbolan nuestros zarandeados institutos electorales. Cinco agitados días, del 11 al 15 de agosto, dedicarán los candidatos a difundir su propuesta y convencer sobre su perfil e idoneidad. Estudiantes, profesores y trabajadores de apoyo los cuestionarán sobre los particulares intereses que inquietan a cada conjunto ¿“campirano” se dice? del Campus del que se trate. Los preparatorianos harán lo mismo.
Se desplegará así la “auscultación” –palabreja horrenda que sustituye a los conceptos llanos de “consulta” o “exploración” de la comunidad por parte de la comisión especial. Como siempre, el problema será el procesamiento y decantación de la información así recolectada. Pero hoy es un reto nuevo, que nunca habían enfrentado las previas comisiones especiales formadas para el mismo propósito: no se trata ahora de una sola “auscultación”, sino de cinco, y todas separadas geográficamente. ¿Cómo le harán los pobres miembros de la comisión? Deberán ser ubicuos y despabilados.
La comisión de marras rendirá su dictamen final al Consejo el 20 de agosto. Ahí defenderán su proyecto los candidatos decantados en el proceso, y sólo entonces ese órgano colegiado definirá las propuestas definitivas para presentar a la Junta Directiva. Esos once notables, de los que ocho son miembros de la comunidad universitaria y tres restantes son externos, son los responsables de la designación de los titulares de las rectorías y del director del Colegio de las preparatorias. ¿Cuántas propuestas llegaran a sus manos? Yo hago votos porque al menos sean dos por cada cargo a designar, pues en caso contrario se continuaría conculcando en los hechos una facultad explícita de ese órgano de gobierno. Pero no hay que adelantar vísperas. Más bien le quiero apostar a que los universitarios demos muestras de nuestra madurez creciente, y de que merecemos la autonomía y el autogobierno que tantos esfuerzos nos costó obtener. Por lo pronto, por ahí nos vemos…

viernes, 6 de junio de 2008

Dos apostillas

Primera: penas ajenas
El interminable debate sobre la reforma energética está tensando inútilmente las relaciones poco cortesanas de los rijosos actores políticos nacionales. En lo personal, ya me agotaron tantas comparecencias, que como manda religiosa me propuse presenciar en el canal del congreso, con desvelada y todo. Tirios y troyanos cayeron en la reiteración de las mismas y pocas ideas. Poquísimos aportan algo nuevo. En realidad lo que estamos presenciando son desplantes personales de menores o mayores habilidades histriónicas, pero con poquísimo contenido. Algunos incluso dan pena ajena, pues parece que fueron enviados por supremos jefes al suplicio. Así me pareció al menos con Claudia Scheinbaum, a quien se le encomendó exponer la propuesta del “presidente legítimo” en su carácter de “secretaria del Patrimonio Nacional”. No podía estar más tensa e incómoda, lo que no ayudó mucho a que su mensaje tuviese más contundencia. La defensa del petróleo merece mejores formas de argumentar, no las del simplismo ideológico de los años cincuenta. No hay nada peor que dirigirse al auditorio en el tono regañón y perdona vidas del poseedor de la verdad última.
Pero francamente la comparecencia que más me impactó fue la de nuestro gobernador. Debo explicarme: primero, todavía no entiendo a qué fue. No somos un estado “petrolero”, pues aunque tengamos una de las seis refinerías del país, ésta ha dejado de pesar en la economía regional lo que pesó en los años cincuenta y sesenta. Tampoco tenemos una cultura petrolera, ni una clase obrera vinculada al petróleo, excepto en Salamanca, y de forma decreciente. Me parece muy forzado inscribirse en el club de las entidades petroleras; pero en fin, nuestro ejecutivo percibió la oportunidad de apersonarse en un debate que está convocando la atención nacional, al menos en su fase inicial –porque pronto ni quién haga caso de los debates televisados , y se lanzó al ruedo, y nada menos que partiendo lanzas con Marcelo Ebrard, quien también traía su propia música con tonos de fanfarria al anunciar su consulta pública sobre el tema. Dos estilos encontrados, y el contraste fue brutal. Para colmo se sentaron codo a codo.
Segundo: fue evidente que los gobernadores “petroleros” exhibieron, más que ideas, sus particulares y limitadas prioridades parroquiales. Ninguno mostró altura de miras. El gobernador guanajuatense sostuvo una alocución que me pareció excesiva en información, pretenciosa por lo mismo, y colmada por los giros de la vieja oratoria del priísmo jilguero de los años cuarenta. No le hallé el hijo a la madeja, sinceramente. ¿Para qué tanta soflama? Si al final se produjo el parto de los montes cuando solicitó “que una parte significativa de la riqueza de Pemex se quede en los estados”, y que sería bueno crear “un Fondo para el Desarrollo Regional y de la Competitividad”. Me recordó el simpático “Passo de Las Aceitunas” de Lope de Rueda, cuando doña Águeda de Toruégano le hacía cuentas alegres a su marido Torivio, campesino que recién había sembrado unos olivos, sobre el uso de los dineros que les darían las aceitunas a cosecharse muchos años después.
Pero lo peor vendría cuando comenzó el “debate” con el carnal Marcelo. Me pareció triste el papel de “golpeador a sueldo” que aparentó cumplir nuestro gobernador. Sus dotes para la argumentación se vieron exhibidas cuando leyó innumerables tarjetas que sus amanuenses le prepararon para enfrentar cualquier perorata del rival. Y de la lectura de esas fichas de cartón se desprendió el acartonamiento de sus amonestaciones. Pobre debate, pobre discurso. Mejor no ir a donde no se tiene nada que decir.
Segunda: el IFE y los guanajuatenses
Posiblemente hoy viernes la nota del día sea el nombramiento de Edmundo Jacobo Molina como nuevo secretario ejecutivo del Instituto Federal Electoral, el segundo puesto en importancia en ese organismo, pero el primero por su función ejecutiva. Viene a sustituir a Manuel López Vernal, quien había renunciado desde el 13 de marzo.
Lo que a los guanajuatenses nos debe llamar la atención es el hecho de que Edmundo Jacobo es un guanajuatense adoptivo, ya que aunque nativo (1955) de Sonora, estudió la licenciatura en Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Luego fue profesor de la misma escuela donde estudió, desde donde participó y lideró el Sindicato Independiente de Trabajadores de la UG, el célebre SITUG. Ese sindicato desató en junio de 1977 la única huelga verdadera que ha existido en esta casa de estudios, movimiento que fue nulificado y reprimido por el gobierno de Luis H. Ducoing. Entre los numerosos despidos de trabajadores destacó el de Edmundo Jacobo, quien se fue a seguir organizando sindicatos universitarios a Baja California. Luego se mudó al DF y a la UAM, donde llegó a ser Rector de la unidad Azcapotzalco, secretario general y un serio aspirante a su rectoría general. De ahí brincó al Instituto Mexicano del Petróleo, donde se desempeña hoy como director de capacitación. Si se confirma su nombramiento –que se puede caer por su falta de experiencia electoral , sustituye a otro guanajuatense, Manuel López Vernal, quien también estudió en nuestra universidad, pero la carrera de derecho.
Y si recordamos que Leonardo Valdés, el consejero presidente, es vecino de León desde 2005, y profesor de la UG desde ese mismo año, podemos preguntarnos si los guanajuatenses se buscan… o es mera coincidencia. En todo caso, felicidades a Edmundo.

viernes, 30 de mayo de 2008

Reforma concreta

Finalmente, la reforma institucional de la Universidad de Guanajuato ha sido aprobada por el Consejo Universitario. Se culminó así un acelerado y a veces accidentado proceso de debate y análisis interno, no exento de problemas e incluso de exabruptos verbales entre los miembros de la comunidad. Como en cualquier empresa humana, se defendieron posiciones de poder, así como intereses de grupo, a veces con éxito y otras no tanto. Varios directivos actuales de las unidades, por ejemplo, no mostraron demasiado entusiasmo en soltar las cuerdas del control de sus nichos tradicionales, buscaron que los cambios no alterasen la distribución institucional que hoy les beneficia, e incluso pretendieron que sólo se diera un cambio nominal, de puras etiquetas de las instancias. Otros más comprendieron bien el momento histórico y aceptaron transformaciones que les afectan en lo inmediato, pero que benefician a las comunidades académicas en su desarrollo futuro.
Hubo debates acalorados tanto por vía electrónica como en los pasillos y espacios de la institución. En mi área, por ejemplo, llamó la atención la pretensión de la rancia Facultad de Derecho de constituirse en una división, a contrapelo de otras facultades incluso más pobladas que aquélla, como la de química, la de arquitectura, la de contabilidad, etcétera, que sencillamente se transforman en uno o varios departamentos, bajo divisiones con una clara intención integradora –“Ciencias naturales y exactas”, por ejemplo, en lugar de una “División de Ciencias Químicas” . La facultad de derecho ni siquiera reunía los requisitos formales para conformar la tal división. Eso despertó una gran polémica, en la que participé junto con varios colegas. Al final la argumentación racional y pragmática imperó, y se aceptó que la dinámica particular y la proyección futura de una de las facultades con más tradición en la universidad, con más de 180 años de historia, demandaba un trato especial que evitara colocarle cinchos a su desarrollo. La propia normatividad permite este tipo de excepcionalidades. Podremos estar o no de acuerdo con la decisión final, pero lo destacable es que se dio la polémica y que se expusieron argumentos de forma respetuosa pero decidida. En suma, en este proceso mejoramos nuestras capacidades argumentativas, sin desbordamientos. Civilización pura.
Los espacios académicos que se verán más beneficiados por el nuevo organigrama serán los foráneos. La nueva organización busca combatir el centralismo, y les dará a los cuatro campus la autonomía mínima que les permita adecuar sus respuestas a las demandas de las regiones que atienden. En la práctica estamos observando el nacimiento de al menos tres nuevas universidades: la UG en León, la UG en Irapuato-Salamanca, y la UG en Celaya. Pronto, así lo espero, veremos el nacimiento de UG en el Sur, y eventualmente de la UG en el Norte. Todo a la manera como han surgido las versiones regionales de la Universidad de California, de la Universidad de Texas, de la Universidad de París, etcétera, en diferentes puntos clave de la geografía de esos territorios.
Se da inicio ahora a lo que seguramente será el proceso más dificultoso: el del nombramiento de las nuevas autoridades unipersonales y colegiadas. Se trata nuevamente de la asignación de posiciones de poder, y es inevitable que se despierten las ambiciones personales o de grupo. Las instituciones deben aprender a trabajar con las veleidades de la naturaleza humana de sus componentes individuales. No me sorprendería presenciar arrebatingas, descalificaciones, agandalles, rivalidades y descontones. Las patadas debajo de la mesa y los codazos por encima de la misma podrían evidenciarse como recursos favorecidos para lograr nominaciones. Ya lo vivimos en la universidad en sus procesos de selección de rector el año pasado, así como en 2003 y en 1999. Los candidatos y precandidatos no suelen ser amables con los rivales; antes al contrario. Los mexicanos en general no hemos aprendido a renovar nuestras autoridades y representantes sin acudir a las estrategias más ruines, como las vistas en las elecciones federales y locales del 2006.
Lo que más me entusiasma de estos cambios es que el elefante finalmente se mueve. Una universidad que prácticamente no había cambiado en su modalidad organizacional interna –excepto por el simple cambio numérico del crecimiento desde su nacimiento en 1946, se ha decidido a explorar un terreno desconocido y escabroso, pero que puede llevar al despegue de sus capacidades hoy trabadas por el viejo esquema. Es preferible arriesgarse a los resbalones y descalabros de recorrer una nueva vía, que resignarse a la cómoda estabilidad de lo bien conocido. La apuesta vale la pena.
Ojalá que el doctor Arturo Lara sepa conducir el proceso con talento y altura de miras, como hasta ahora lo ha hecho. Muchos de sus cercanos buscarán beneficiarse, así como los naturales oportunistas que se lanzarán al ruedo en busca de posiciones, sueldos y poder. Tanto el rector general como la junta directiva deben ser muy cuidadosos para no verse afectados o determinados por los inevitables abusadores. Las nuevas autoridades deberán ser, antes que nada, académicos auténticos –no burócratas disfrazados de académicos para los cuales las posiciones administrativas sean más un sacrificio personal generoso, que un proyecto de vida en sí. Yo opinaría que se les debe exigir –como criterio la posesión de un doctorado, el conocimiento probado de la institución, el haber dedicado la mayor parte de su vida a la academia y el poseer reconocimientos externos. Hay que buscar conformar una nueva clase administrativa, con más compromiso con lo académico que con lo político-coyuntural. En fin, la mía es una opinión más.

viernes, 23 de mayo de 2008

Día del estudiante

La manía de designar días específicos del año para conmemorar eventos, personajes o temáticas sociales ha poblado el calendario de incontables motivos de conmemoración, cada vez más sofisticados. Tenemos así el “día de la tierra”, “el día del combate a la homofobia”, “el día contra la violencia intrafamiliar”, “el día de la familia”, “el día del transportista”, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, dentro de estas jornadas evocativas destaca, por su antigüedad y significación para los que nos dedicamos a la educación, el muy célebre “día del estudiante”.
En ciudades netamente universitarias, como Guanajuato capital, el suceso tiene una trascendencia especial ya que la ciudad está poblada por entre 8 y 10 mil chicos que cursan educación superior, a los que para ese día se unen los estudiantes que se “descuelgan” para desde León, Irapuato, Salamanca, Celaya y otros rumbos. La algarabía puebla las calles, plazas y callejones, además de los eventos –conciertos sobre todo- que organiza la asociación de mesas directivas de sociedades de alumnos de la Universidad de Guanajuato. Son casi cincuenta sociedades de alumnos, lo que da idea de la dimensión. Inclusive algunos de nuestros 106 estudiantes que pueblan el Campus Sur en Yuriria se organizaron para poder acudir al festejo este año, aunque sin mucha suerte.
Desgraciadamente la celebración se realiza sin mayor conciencia por parte de los chicos de las razones que determinaron la fecha –o fechas en que se desarrolla. He recibido versiones de lo más confusas y erróneas: que porque el “padre Pollo” así lo impuso; que porque se ensalza la primavera; que porque debe suceder al día del maestro; que porque corresponde al spring brake gringo... Nada más lejos de la realidad, y creo que vale la pena aprovechar para recordar el verdadero leitmotiv del asunto.
Primero hay que aclarar que el día del estudiante se conmemora en México el 23 de mayo. Pero como en ese año cayó en un viernes –día adverso porque todos los chavos alzan el vuelo hacia sus lugares de origen , se adelantó para el miércoles, a la mitad de la semana, cuando todavía queda un día y medio de clases, lo que ayuda mucho a no llegar a casa con resabios de cruda física y moral. En realidad, el 21 se celebra el día del estudiante politécnico y el 17 el día del estudiante técnico.
En otros países varían la data y el motivo: en Argentina se celebra desde 1902 el 21 de septiembre, al arranque de la primavera austral y en recuerdo del educador Domingo Sarmiento. En Venezuela se realiza el 21 de noviembre, en recuerdo del levantamiento estudiantil de 1957 en contra de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. En Panamá se celebra el 27 de octubre, desde 1948, por razones que desconozco. Existe también el Día Internacional del Estudiante, decretado por la ONU en 1941 en conmemoración del asesinato a manos de soldados Nazis de nueve estudiantes en Praga, el 17 de Noviembre de 1939.
La Federación de Estudiantes de Guadalajara, es decir los célebres y derechosos “Tecos”, conmemoran el 23 de octubre como día del estudiante “autonomista” en recuerdo de su movimiento opositor de 1933 al establecimiento de la educación socialista callista. De su movilización “en contra del comunismo” nacería la Universidad Autónoma de Guadalajara un par de años después.
La iglesia católica por su parte, promueve la adoración de la figura del santo adolescente italiano Domingo Savio, estudiante de San Juan Bosco, quien murió en 1857 ejemplificando las virtudes beatíficas del alumno dócil y consagrado al estudio. Muchos estudiantes católicos lo han adoptado como su santo patrono, particularmente en periodo de exámenes.
El realizar el día del estudiante universitario el 23 de mayo en México, se deriva de la conmemoración de la represión que sufrieron varias docenas de estudiantes de la escuela de Medicina de la Universidad Nacional de México el 23 de mayo de 1929, en la Plaza de Santo Domingo ¡vaya coincidencia simbólica con el santo católico! , que se manifestaban a favor de la libertad de cátedra y la autonomía universitaria. Un movimiento conservador que buscaba preservar a la universidad pública libre de las presiones y chantajes de los gobiernos post revolucionarios, que quisieron imponer a la fuerza la ideologización de la educación superior. Octavio Rodríguez Araujo, destacado académico de la Universidad Nacional, explica muy bien el alcance de ese movimiento:
“La autonomía de la UNAM […] no fue una graciosa concesión de las autoridades gubernamentales. Fue una lucha, de estudiantes y profesores en México, una conquista resultado de la petición estudiantil del 23 de mayo de 1929, petición precedida de movimientos y huelgas, por parte de los estudiantes, y de represión por parte del gobierno. Esta lucha fue contra la intromisión del gobierno en la vida universitaria y en la orientación de sus planes de estudio, intromisión que inhibía el pensamiento libre y, por lo mismo, la libertad de cátedra en una lógica de pluralidad y universalidad de corrientes de pensamiento. Era, para decirlo en términos de ahora, la lucha contra el pensamiento único y oficial de quienes detentaban el poder. Por eso, precisamente, la lucha por la autonomía comprendía principalmente un binomio indisoluble: autogobierno de los universitarios y libertad de cátedra (y de investigación).”