viernes, 18 de junio de 2010

Mensaje agorero

Mensaje agorero



Publicado en Milenio de León, y en Gurú político.

El lunes pasado el presidente Calderón hizo publicar una larga declaración, al parecer de su propio puño, sobre sus razones para justificar el mantenimiento de la sangrienta “guerra” contra el crimen organizado. Al otro día se trasmitió un mensaje a la Nación por los medios electrónicos. Ambos me mueven a las siguientes reflexiones:



El presidente está obnubilado. No acepta voltear a ver otra opción diferente que la del enfrentamiento armado, a pesar de los más de 22 mil cadáveres de ciudadanos mexicanos que se han acumulado. Pronto representarán a la mitad de los soldados norteamericanos caídos en una guerra de verdad, de enorme crueldad, como fue la de Vietnam. Acusa a sus críticos de defender la idea de rendirse ente el hampa, y dejarle el campo libre. Creo que el presidente se equivoca: los más serios analistas que han criticado su estrategia no han propuesto tal cosa, sino que se analicen estrategias alternas, desde la posible legalización parcial hasta el combate cibernético e inteligente a los hampones financieros que lavan los capitales de los capos tanto en México como en Estados Unidos. Hay que pegarles donde les duele, no donde están blindados por el hambre de sus mesnadas.
El presidente está obcecado. El tono autoritario y grandilocuente que empleó en la televisión lo mostró más necio que inteligente. Justifica con los mismos argumentos de hace tres años y medio una decisión que el sentido común aconsejaría reevaluar. El ejército, la marina y las policías federales fueron lanzados sin un plan estratégico a combatir un monstruo de humo, que goza de las ventajas de la guerrilla junto con las del poder económico de sus dólares y el poder político que han sabido comprar. Las evidencias de que incluso la secretaría federal de Seguridad Pública ha sido infiltrada han circulado en los medios, y lo han hecho más profusamente las pruebas en contra de las policías de diferentes ámbitos. Nada puede detener a los cañonazos de cincuenta mil pesos… mensuales.
El presidente está desesperado. Se le oyó con voz angustiada, temblorosa y quebrada por los nervios. ¿Confiará en sus allegados? ¿Realmente ignora los señalamientos de posible corrupción en los mandos mayores de la SSP? Con un secretario que se hace construir una casa de 15 millones de pesos, yo tendría mis resquemores. ¿Seguirá confiando en el ejército y sus mandos superiores? ¿Por qué ha cobrado tanto protagonismo la Marina y sus fuerzas especiales y de inteligencia? ¿Son más confiables? Y si es así, ¿podemos temer que sean el último reducto de la confianza presidencial? ¿Por qué emboscaron tan fácilmente a la Policía Federal en Zitácuaro? La respuesta obvia es que sigue habiendo filtraciones desde el interior de las corporaciones.
El presidente pide auxilio a los mexicanos. Y es que no encuentra más de quién echar mano. Pero los mexicanos estamos hartos de la violencia, la inseguridad y la corrupción policiaca. Mientras que el Estado se desvanece en las calles de nuestras ciudades, el crimen cobra presencia efectiva, y es capaz de tomar pueblos y regiones enteras para aislarlas del territorio nacional. Ahí está Oaxaca y la zona Triqui, donde el asesinato es cotidiano e impune. Los periodistas siguen padeciendo la desprotección de un Estado que no se atreve a tocar ciertos espacios.
El presidente se siente incomprendido. Y me temo que pronto se sentirá víctima de la ingratitud de sus gobernados, al estilo Salinas de Gortari. Reitera demasiado cómo sus antecesores, incluido su exjefe Fox, permitieron que el problema creciera hasta hacerse incontrolable. Nos recuerda que él tomó una decisión histórica y responsable, y que nos advirtió que costaría tiempo, recursos y vidas humanas -tal vez quiso emular a Winston Churchill cuando, ante la guerra, le prometió a su pueblo “sangre, sudor y lágrimas”-. Pero muchos mexicanos creemos que la inseguridad sólo ha empeorado, en perjuicio del ciudadano inocente, y que la crisis económica que no termina de superar nuestro país le garantiza a los capos miles, tal vez millones de posibles nuevos reclutas, dispuestos a matar, a asaltar y a traficar por sólo un par de miles de pesos a la semana.
El mensaje no nos dio esperanzas. Nos volvió a anunciar lo mismo que en enero de 2007, y eso es desesperante. Insiste en que el sacrificio nos toca a los mexicanos, pero no menciona nunca a los gringos consumidores de drogas, lavadores de dinero y traficantes de armas de alto poder. La lucha sólo se librará en México. Y en los Estados Unidos sólo seguirán las tímidas redadas sobre ínfimos traficantes de esquina. La guerra también les debería costar muertos a ellos. Al cabo que ya están acostumbrados a sacrificar a sus jóvenes en guerras sin sentido.

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