martes, 5 de julio de 2011

La otra independencia

La otra independencia

Publicado en de Guanajuato, en 15Diario de Monterrey, y en Gurú Político en el DF.

Los Estados Unidos de América (EUA) celebraron el día de ayer el 235 aniversario de la firma de su declaración de independencia, documento fundacional que dio pie a una cruenta guerra con la Gran Bretaña que no terminaría hasta 1783 con la firma de Tratado de Versalles y el reconocimiento británico de la soberanía de sus excolonias americanas. Las trece colonias nacieron tempranamente a la vida democrática gracias esa declaratoria firmada el 4 de julio de 1776, la Declaración de Derechos de 1774 y la Constitución de 1787. Un país unido solamente por la voluntad individual de esos estados fundacionales, lo que le dio substancia al federalismo teórico de James Madison y a la división de poderes de Alexander Hamilton y John Locke: los famosos checks and balances que impedirían la excesiva concentración de poder en un solo hombre o en una sola institución.
La Declaración de Independencia norteamericana resumió las aspiraciones de un pueblo multifacético, pero enamorado hasta el delirio de su libertad individual. El norteamericano promedio era inmigrante reciente, con fuertes sentimientos religiosos cuya vertiente protestante le hacía fanático de la salvación celestial mediante el esfuerzo, la austeridad, el ahorro y el único pecado capital admitido por el puritanismo: la avaricia. La Revolución Americana se adelantó a la francesa (1789) por más de una década, y en buena medida ésta se explica por aquélla. Los franceses que apoyaron a los rebeldes americanos se vieron influidos por la nueva ideología libertaria, y sin querer sirvieron para reforzar las aspiraciones que ya latían en la ilustración francesa con Montesquieu, Rousseau y Voltaire. Fueron contagiados por la inteligencia de Benjamin Franklin, el idealismo de George Washington y el pragmatismo de John Adams. El individualismo extremo de los angloamericanos fascinó al pensamiento liberal francés, y fue la mecha del incendio que inflamó a Europa por las siguientes cuatro décadas.
La constitución vigente más antigua, si descontamos a la Common Law de la Gran Bretaña –que además no es escrita-, es la norteamericana. Sencilla pero contundente, definió a un Estado federal débil y a soberanías estatales fuertes, pero todos a su vez limitadísimos en su capacidad para restringir las libertades individuales. El desarrollo del país se dejó en manos de la iniciativa particular y la ambición por la riqueza. Desgraciadamente esas libertades y ese progreso se sustentaron, sobre todo en un principio, sobre la condición más extrema de la explotación humana: la esclavitud. A ello se unió el expansionismo y la belicosidad que provocaron el exterminio de los pobladores nativos y el sojuzgamiento de pueblos vecinos o lejanos como el mexicano, el portorriqueño, el cubano, el filipino y muchos otros más. El “Destino Manifiesto” tradujo en desgracia ajena las bondades de la democracia americana.
Es el norteamericano un pueblo a la vez terrible como generoso. El país más abierto del mundo a la inmigración, pero tamizada de discriminación racial. La Nación de las libertades y las oportunidades, pero a su vez el Estado más intervencionista y el que ha perpetrado atrocidades vergonzosas. Un país de contradicciones, tocado de mesianismo libertario, solidario con frecuencia, pero también abusivo cuando hay la ocasión, encerrado en sí mismo e inexplicablemente provinciano. Pero sin duda con un pueblo extraordinario, pluricultural, potente y amigable. Sin duda con mucho a imitarles, sobre todo sus libertades democráticas y su cultura cívica.

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