viernes, 19 de diciembre de 2003

Presupuestos sin fin

Desde que se inauguró el pluralismo político en nuestro país, mediante los llamados “gobiernos divididos”, que consisten en un poder ejecutivo que debe convivir y negociar con un parlamento al que no controla una mayoría de su partido, se ha implantado el mal hábito de negociar los presupuestos anuales y las cargas impositivas siempre a las carreras y al cuarto para las doce. A nivel federal, desde que en 1997 el ejecutivo en turno perdió el control de la mayoría de los diputados se percibe este fenómeno pernicioso. Las diferentes bancadas intentan imponer sus criterios políticos, manejándose conforme a sus expectativas electorales más inmediatas, y han encontrado como una vía clara de chantaje y de proyección propagandística el boicotear iniciativas fiscales y presupuestarias, a las que se critica sin más base que la de sus estrechos populismos. A nivel estatal sucede algo similar, aunque en Guanajuato han desaparecido los gobiernos divididos desde el mismo año en que se inauguraron a nivel federal. Aquí se ha establecido desde 1997 un sólido dominio panista en la cámara local, y eso ha ayudado a que los ejecutivos, también albiazules, puedan sacar adelante sus iniciativas sin una oposición que no pueda ser superada finalmente por el mayoriteo.
Es cierto que muchas de las iniciativas presupuestales y fiscales de los ejecutivos son criticables y poco sustentadas en una lógica político-administrativa más amplia. Con frecuencia los ejecutivos imponen un programa de gasto o de recaudación que responde a intereses de minorías, o bien son consecuencia de compromisos “discretos” (por no decir oscuros) con agencias financieras internacionales, con otros gobiernos o bien con sectores de la élite económica nacional que pasan facturas por apoyos concretos. No se puede ser ingenuo y pensar que los gobernantes trabajan por el “bien común” platónico, pues ellos más bien procuran por el pragmatismo maquiavélico que los induce a buscar la preservación del poder, antes que comprometerse con las mayorías nacionales, todavía desprovistas de bienes y de esperanzas, angustiadas como están con la cotidiana lucha por la supervivencia.
Tenemos hoy a nuestros políticos ubicados en dos extremos: los neoliberales (siempre vergonzantes de su neoliberalismo) que se disfrazan de solidaristas y humanistas (v. gr. el nuevo Fox, la Gordillo, Molinar, y a nivel local Romero Hicks y Aguilar y Maya), y los neopopulistas (el viejo Fox, López Obrador, Madrazo, Fito Montes), ambos conjuntos disputándose la paternidad de la acción política responsable pero también la devoción por el prójimo y el compromiso social. Los dos grupos, los neoliberales y los neopopulistas, se distribuyen indiferentemente en los partidos políticos nacionales y están haciendo estragos con la viabilidad política y económica de la nación. La política electorera, que debería superarse inmediatamente después de la culminación de las elecciones, obnubila a nuestros líderes, que no han atinado a hilar fino con sus adversarios y construir el nuevo proyecto de nación sobre la base de las coincidencias (que no son pocas) más que sobre las diferencias (que sólo aparentan ser muchas).
Además de las profesiones de fe liberal o populista, la política mexicana está rindiendo un enorme tributo a los divisionismos personalistas y a los caudillismos de todos colores. El conflicto Madrazo-Gordillo era inevitable y terminó por desatarse en el peor de los momentos, exhibiendo los trapos sucios de la política camarillista al viejo estilo corporativo que creíamos ya superado. Véase si no, la actitud del SNTE y la FSTE ante el conflicto.
Pero el problema más grave reside en los tiempos atropellados que siempre terminan imponiéndose sobre los actores de la política, por culpa de estos ajustes de cuentas y las inefables reivindicaciones populistas. De nuevo se legislará y se armará el presupuesto sobre las rodillas. Adiós a la reforma hacendaria y a los cambios responsables que tanto urgen al país. Con seguridad nos van a encajar impuestos jorobados y pletóricos de retruécanos que calmarán los afanes de los populistas así como la sed de recursos para gastos prolijos de los liberales solidaristas. Ojalá algún día aprendiéramos a planear nuestras finanzas públicas con meses o años de anticipación, como sucede en los países civilizados. Así, ahora deberíamos estar discutiendo los ingresos y egresos de la siguiente década. Pero en fin, no nos agüitemos: ¡Feliz Navidad!

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