viernes, 12 de mayo de 2006

La corrupción somos todos


La organización Transparencia Mexicana A.C., filial de Transparency Internacional, que en México regentea -en ocasiones de forma polémica- el destacado analista y escritor Federico Reyes Heroles, recién ha publicado su actualizado Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, que se basa en una encuesta levantada el año pasado a 15,123 jefes de familia en todas las entidades del país. Tres agencias encuestadoras, supervisadas por un cuarto despacho, se encargaron de levantar el instrumento en campo. En los resultados se evidencia que en promedio cada familia mexicana gastó 177 pesos al año en sobornos y “mordidas” para agilizar trámites, evitar multas y “aceitar” su relación con agentes públicos y privados. Son 19 mil millones de pesos, según Transparencia, los dineros que fluyen por las arterias subrepticias del cohecho nacional. Asegura también que entre 2003 y 2005 el índice nacional de corrupción avanzó -es decir, empeoró- en proporción de un quinto pues pasó de 8.5 a 10.1 puntos. Además, la percepción del problema ha empeorado, pues hay más personas que piensan que vamos de mal en peor.
Llama mucho la atención que en estado de Guanajuato se ubique en el cuarto lugar entre las entidades de menor índice de corrupción, y esto porque en la encuesta anterior de 2003 había ubicado a nuestra entidad en el otro extremo del “corruptómetro”, a siete posiciones del entonces campeón de la corrupción, Puebla. ¿Qué pudo suceder en dos años que haya hecho caer tan drásticamente las mordidas en Guanajuato? Y las dudas se acrecientan al saber que la primera encuesta, que se levantó en 2001, había colocado a Guanajuato en el noveno lugar entre las que tenían menos corrupción. Su índice transitó del 6.0 en 2001, a 8.9 en el 2003 y 5.2 en el 2005. Una variación demasiado violenta que hace pensar en problemas de diseño o levantamiento de la propia encuesta, sobre todo cuando observamos el comportamiento de otras entidades, que confirman este comportamiento errático. Es más creíble pensar que ese índice ha ido descendiendo paulatinamente del seis original al 5.2 actual.
En general creo que los guanajuatenses pensamos que en nuestro estado no se padecen tantos problemas de corrupción como en otros lares. Puede ser una impresión ingenua, pero que se confirma en la convivencia diaria. Yo nunca he dado una mordida a un agente de tránsito municipal en mi vida, pero sí he sido víctima de intentos de extorsión de parte de agentes federales. Cuando viví en el DF -¡hace un cuarto de siglo!- padecí la corrupción como forma de vida y me sorprendió lo natural que se acepta este tipo de comportamiento. Y sin duda las campañas de moralización de la función pública han tenido más éxito en las provincias que en el saturado centro.
Recuerdo que hasta hace poco, para conseguir una plaza en alguna dependencia del gobierno federal el interesado debía ceder la primera quincena al jefe o director que lo iba a recibir en su dependencia. Esto lo experimentaron amigos y parientes míos. Al parecer esto ha ido cambiando, pero subsisten áreas muy importantes donde los controles sindicales han impedido la moralización del reclutamiento de nuevos trabajadores. Nunca he sabido que esto suceda en el gobierno estatal ni en el municipal -claro que no podría jurarlo-. Al menos tengo la impresión -sin estadísticas que lo avalen- de que estas corruptelas van a la baja en general. Y hay que reconocer que mucho han tenido que ver las diferentes alternancias partidistas en los gobiernos, que han obligado a vigilarse las manos unos a otros.
La corrupción es una práctica históricamente arraigada en nuestra conciencia nacional. La compra de posiciones, títulos, concesiones y grados militares era común en tiempos de la colonia. Los agentes coloniales eran corruptos hasta la médula. Y para qué recordar el complejísimo siglo XIX mexicano; tan sólo menciono que Santa Anna negoció secretamente con Winfied Scott la rendición del ejército mexicano a cambio de 100 mil dólares. Recibió 50 mil por adelantado, se los embolsó y continuó la guerra contra los invasores. No sólo era corrupto, además no tenía palabra…
La corrupción de los gobiernos posrevolucionarios mexicanos es emblemática de esta lacra nacional. Los ejemplos son oprobiosamente abundantes. Sólo me atrevería a decir que la “mordida” y los “cañonazos de 50 mil pesos” se transformaron en uno de los recursos más populares para vincular la sociedad con el gobierno. Mucho trabajo está costando cambiar esta situación, y la velocidad es caracolesca, pero las tendencias generales me parecen positivas, a pesar del amargo cuadro que pintan las encuestas. Pero no perdamos la fe.

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