viernes, 4 de julio de 2008

La competencia, II

Un problema serio que atraviesa la educación superior en nuestro país es su relativamente poca pertinencia y vinculación con las necesidades reales no sólo del aparato productivo, sino también del desarrollo social, cultural y humano de las colectividades a las que sirve. Esto responde a que durante décadas la educación “clímax” se identificaba con las profesiones liberales que se gestaron desde tiempos coloniales: el abogado o escribano que conocía de leyes; el médico, partero y farmacéutico que sabía de curas y remedios a los males físicos; el ingeniero y maestro de obras que sabía construir puentes sin que se le cayeran; el profesor que enseñaba el abecedario y las primeras cuentas a párvulos afortunados; el sacerdote y cura de almas que conocía los latines y las santas enseñanzas. Y san se acabó. No había más porque más no se requería; la sociedad antigua demandaba pocos especialistas en sofisticaciones académicas. Lo más se requería era la formación de artesanos y maestros oficiantes, para los cuales existían los gremios y un sistema de instrucción informal en artes y oficios avalado por la tradición y la costumbre. El resto de los mortales eran campesinos, aristócratas o militares.
La sociedad que surgió de la revolución industrial trastocó todo esto. De pronto las profesiones liberales y la especialización del conocimiento detonaron una oferta creciente de expertos con habilidades de creciente sofisticación. Surgieron así los médicos especialistas que desplazaron a los curanderos; los dentistas que sustituyeron a los barberos; los arquitectos que suplantaron al maistro de obra constructor de catedrales; los ingenieros en un sinfín de tecnologías emergentes; los sociólogos que desbancaron a los sofistas diletantes; los psicólogos que compitieron con los curas y sus confesionarios; los químicos que desplazaron a los alquimistas y su flogisto; en fin, una legión de nuevos profesionales que arrastraron a las universidades a nuevos derroteros de desarrollo, ya que la especialización requiere de instrumentales pedagógicos mucho más demandantes que los acostumbrados por la escolástica, que sólo demandaba memorización y bibliotecas. Nació así la universidad moderna, hiperespecializada, formadora de “recursos humanos” –término espantoso popularizado por la economía liberal— para surtir al aparato productivo de la maquinaria industrial y comercial.
Así fue durante más de cien años. Pero con el surgimiento de la nueva sociedad de la información y la comunicación a partir de la revolución cibernética de los años ochenta, el nuevo modelo postindustrial planteó nuevos requerimientos a la educación superior: ahora se trataba no solamente de formar los consabidos recursos, el capital humano, sino también de proveerlos con nuevas habilidades que les hicieran competentes en entornos crecientemente virtuales, basados más en la circulación de elementos simbólicos –como lo son las acciones de una empresa, los flujos de capitales virtuales, los mercados de futuros, etcétera— que se sostienen en un elemento intangible, que Francis Fukuyama identificó como “la confianza” –Trust— que hoy día sostiene y valida las transacciones que sólo existen en nuestro imaginario colectivo. Hoy día, el capital ya no se expresa en activos fijos, o en recursos monetarios, o en flujo de bienes, sino en intangibles con enorme valor agregado cultural: el conocimiento. Ante ello, y como nunca antes en la historia humana, las universidades son las nuevas fábricas de los bienes más valiosos del momento: los expertos poseedores del savoir-faire. El capital humano, base del desarrollo de la sociedad del conocimiento.
La competencia en que estamos involucrados los 12 aspirantes a conducir los cuatro nuevos campii de la Universidad de Guanajuato, así como su Colegio de Educación Media Superior, se inscribe en este nuevo entorno postindustrial, que ha obligado a replantear el papel de las instituciones de educación superior del mundo entero. Los cinco que salgan –o salgamos— airosos de un proceso de selección que sin duda es muy demandante, deberán ser conscientes de que no se hacen de la conducción de una fracción de una universidad desagregada, sino de cinco nuevos proyectos que encuentran la justificación de su existencia en la respuesta a los requerimientos de las sociedades regionales que deberán atender. Son cinco respuestas necesariamente diferenciadas que le otorgarán a la institución mayor la necesaria flexibilidad que demanda el dúctil entorno de la nueva sociedad del conocimiento. Se nos exigirá atender los requerimientos de formación de capital humano con altas especificaciones, y habrá que hacerlo; pero no de la manera mecánica y acrítica que le interesa al gran capital, sino con el espíritu humanista que ha caracterizado a la universidad occidental desde Bolonia, Salerno y París. Humanismo que podríamos identificar con el sentido crítico heredado de la dialéctica griega, el escepticismo cartesiano, el cientificismo galileano, etcétera. Las universidades no son factorías de repuestos humanos; son emporios del pensamiento, con toda la dimensión que ello implica. Somos, sin duda, el necesario depósito de la conciencia crítica de nuestra sociedad, pero con plena identificación con los requerimientos de una sociedad a la que nos debemos. Un compromiso sí, pero crítico y consciente.

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