Etiquetas

4T Aborto Academia Agua Alteridades América Latina AMLO Antropologia social Bicentenario Campañas electorales Candidatos independientes Catolicismo Ciencia política Ciencia y Tecnología Ciencias Sociales Ciudad de Guanajuato Ciudadanía Conacyt Conmemoraciones Corrupción Covid19 Coyuntura Cuba Cultura Cultura política Cultura popular y tradiciones Delincuencia organizada Democracia Democracia participativa Deporte Derechos humanos Derechos políticos Desarrollo regional Desarrollo social Desastres naturales Ecología Educacion Educacion superior Elecciones Estado de Guanajuato Estudiantes Ética EUA Familia Federalismo Función pública Globalización Gobernadores Gobernanza Gobierno federal Guanajuato Historia política Historiografía Homosexualidad Identidad cultural IEEG IFE IGECIP impuestos Indigenas y pueblos originarios INE Intolerancia Izquierda Juventud La Radio Lengua y lenguaje León Libros Medio ambiente Medios de comunicación Memoria México Migración Momias de Guanajuato Mujeres y feminismo Mundo Municipios Nacionalismo Nuevas TIC OPLEs Organismos autónomos Partidos políticos Patrimonio PEMEX Personajes Población Poder judicial Poder legislativo Politica internacional Posmodernidad Redes sociales Reforma electoral Salamanca Salud pública Seguridad pública Seguridad social SEP Sindicalismo Socialismo Sociedad civil SOMEE Teatro universitario Terrorismo Tribunal electoral PJF UNAM Universidad de Guanajuato violencia política Violencia social Yo y mi circunstancia

viernes, 28 de enero de 2005

Nacionalismo o seguridad: el dilema vacuo

La violencia criminal en la frontera –y en realidad en todo México— está imparable. Estamos confrontando una auténtica crisis institucional y de valores ciudadanos, donde con mayor frecuencia el Estado está siendo rebasado por las organizaciones criminales sin que haya una perspectiva realista de solución en un futuro cercano o lejano. No me cabe duda de que el oficio de salvaguardar la seguridad pública demanda una creciente profesionalización y especialización de parte de los agentes de su procuración –tropa, clases y oficialía— y de los funcionarios de alto nivel que planean la estrategia de largo aliento. Pero lo que vemos es lo contrario: policías sin capacitación, ni estímulos, ni reconocimiento social, ni perspectivas de desarrollo de largo plazo, dirigidos por un funcionariado de improvisados, que deben el puesto a la amistad con el presidente municipal, o con el gobernador, o con el presidente de la república. Viejas deudas de lealtad se pagan con secretarías y subsecretarías de seguridad pública, no por el desempeño y la capacidad demostradas a lo largo de una vida dedicada a ese campo.
El embajador Tony Garza ha vuelto a despertar las sensibilidades nacionalistas de los mexicanos. Y todo por atreverse a decir en una carta oficial lo que todos sabemos demasiado bien: que en nuestro país y su frontera cada vez hay menos seguridades para vidas y haciendas tanto de los mexicanos como de los extranjeros. Los turistas de todas las nacionalidades son asaltados o incluso asesinados tan sólo para robarles unos dólares, una cámara o una laptop. Hace ya algún tiempo el embajador japonés se expresó en términos muy similares a los que hoy usa su colega gringo. No ha pasado gran cosa desde entonces. En Tijuana, donde ahora vivo, al día 27 sumaban ya 36 los homicidios, perpetrados la mayor parte por criminales vinculados al narcotráfico. En noviembre del año pasado fueron 42 (Frontera.info dixit). Esto evidencia que las ciudades fronterizas están sustraídas del control de los tres niveles de gobierno, pues los malosos pueden matar a quien deseen sin consecuencia alguna, como se evidenció en Matamoros con la ejecución de los seis empleados del reclusorio, y en Chihuahua con la imparable acumulación de las muertas de Juárez.
Los capos de la droga se han apoderado de las prisiones mexicanas, incluso las cacareadas como de “alta seguridad”. Los operativos espectaculares, con tanques y soldados, sólo le taparán el ojo al macho durante un rato, en lo que se calma el escándalo. No podrán estar ahí todo el tiempo. Cuando los reclusorios regresen al control de civiles —funcionarios y vigilantes— las cosas volverán a ser las mismas, pues el poder corruptor del dinero es imparable, y los capos tienen mucho dinero.
Yo coincido con la preocupación del embajador Garza, y su advertencia no la tomo a mal: ese funcionario tiene la obligación de velar por la seguridad de sus paisanos, y si para ello debe presionar a un gobierno extranjero pues ni modo, debe hacerlo. El mismo comportamiento esperaría yo de un embajador o cónsul mexicano, que deben procurar por la defensa de los derechos –y entre ellos el derecho a la vida— de los mexicanos en el exterior. Lo vimos cuando el Estado mexicano se opuso a la ola de ejecuciones de presuntos delincuentes aztecas hace un par de años.
El nuestro es un nacionalismo mal entendido. Deberíamos interpretar la carta del embajador –redactada de forma respetuosa pero firme— como tomaríamos la queja de un vecino que nos señalara que sus hijos son golpeados con frecuencia cuando nos visitan. Tendría derecho a que nosotros procuráramos cambiar esa situación. De no hacerlo, nuestro vecino tendría el derecho a pedirles a sus hijos no volvernos a visitar. Además, el embajador cortésmente pregunta a los funcionarios mexicanos si hay alguna forma de que su gobierno nos ayude a cambiar esta situación. Yo aceptaría de mil amores, y pediría un apoyo importante en la capacitación de los elementos de seguridad, así como asesoría en la definición de estrategias de combate a la criminalidad. Las grandes ciudades de los Estados Unidos están registrando desde hace más de una década índices delictivos decrecientes, y considero que mucho podríamos aprender de sus experiencias.
Pero además deberíamos reconocer que el principio de Peter ya actuó desde hace rato entre muchos funcionarios de la seguridad pública. Deberíamos tener la madurez de reconocerlo y quitar al compadre o al amigo de una chamba para la cual nunca se preparó. Interpreten mi silencio.

viernes, 21 de enero de 2005

Lutos de invierno

Luego de una ausencia por motivos vacacionales, vuelvo a saludar gustoso a los lectores de Correo. Seguiremos compartiendo reflexiones a lo largo de un año que se inicia tempestuoso ¡en todos los sentidos!
Primero que nada, el dolor. Doscientos veinte mil muertos despidieron el 2004 y lo impregnaron de un halo de luto y aflicción globales. La pequeñez de la humanidad se evidenció de una forma radical: se nos olvida que como especie seguimos siendo minúsculos habitantes de un planeta vivo que se mueve y reacomoda al ritmo que imponen sus fuerzas inconmensurables. Somos bichos que podemos ser victimizados en el momento menos pensado por los fenómenos planetarios y climatológicos. De nada vale nuestra soberbia ante una naturaleza que bulle y aplasta. Es una enseñanza que debe quedar entre lo poco bueno que trajo este accidente masivo.
Segundo, el testimonio de que México y su gobierno se han quedado atrás en el concierto de la solidaridad internacional. Compartimos créditos con los Estados Unidos dentro de la lista de las naciones mezquinas y tacañas. La primera reacción del gobierno federal mexicano fue tardía y limitada: se ofreció aportar un mísero millón de dólares al esfuerzo de ayuda global. Claro, se puede argumentar que con eso se podría alimentar a cien mil personas… por un día. Los gringos, con una economía 30 veces más grande que la nuestra, parecieron ser escrupulosamente proporcionales a la tacañería mexicana y ofrecieron 35 millones, para verse de inmediato en el ridículo cuando Japón ofreció, de primera instancia, 500 millones. Los países agarrados como el nuestro han tratado de componer las cosas con posterioridad, y para pronto a alguien se le ocurrió enviar al Asia a dos viejos buques cargueros de la armada mexicana, cargados con provisiones y enseres de emergencia, que tardarán un mes en llegar a su destino, ya cuando los lodos de las inundaciones se hayan secado y las epidemias estén incontrolables.
Nuevamente, como siempre sucede en tiempos de desastres, nos volvemos a preguntar: ¿existe realmente un sistema de emergencias en nuestro país? ¿Cómo responderíamos ante un drama como el asiático en caso de que nos pegara en nuestras costas? Me quiero imaginar a una población como la de Acapulco, que ya suma un millón de habitantes, si se viera afectada por un tsunami. ¿Tendríamos la capacidad para enfrentar una desgracia masiva? ¿Existen previsiones dentro de un atlas nacional de riesgos que nos garanticen la existencia de estrategias de respuesta pronta? ¿Podríamos aprovechar de forma sabia la solidaridad internacional? Porque recordemos que durante los desastres de septiembre de 1985, el estado mexicano quiso rechazar cualquier ayuda foránea en un desplante de nacionalismo estúpido.
Por otro lado, el clima mundial está desbocado. Yo no sé si es correcto echarle la culpa al calentamiento global, a la corriente del niño, a las manchas solares o bien a que no queremos aceptar que siempre hay que prepararse ante lo azaroso. Dice la ley de Morphy: “lo que puede suceder, sucederá”.
En lo personal me tocó sufrir una experiencia escalofriante hace un par de semanas cuando, de regreso de pasar las fiestas con mi familia en Stockton, California, casi quedo atrapado por una tormenta de nieve en la sierra nevada. La carretera más importante de ese estado, la interestatal 5, había sido cerrada debido al clima, y se me hizo fácil tomar una carretera secundaria, la 33, para llegar a Ventura y de ahí a Los Angeles. Nunca en mi vida he visto tanta nieve acumulada a los costados de una carretera. Las llantas escuetas de mi carro citadino, que orgulloso porta placas guanajuatenses, resbalaban sobre una blanca carretera cristalizada por el hielo. El susto no fue menor, y lo único que me permitió salir del atolladero fue pegármele a un trailer y rodar sobre sus huellas durante cuatro horas, que es lo que tardé en recorrer 60 millas congeladas. Al día siguiente los noticieros reportaron que no se recordaban nevadas como esas en los últimos 25 años. El meteoro ocasionó varias docenas de muertos por accidentes, por frío o por los deslaves como el de La Conchita, que sepultó a más de una docena de personas un par de días después de que yo había circulado por ahí.
En fin, primera enseñanza del año: cobremos conciencia de nuestra insignificancia planetaria y preparémonos para enfrentar lo mejor posible las desgracias, con su carácter inevitable y fortuito. Y por hoy profundicemos nuestra solidaridad con los hermanos asiáticos.

martes, 14 de diciembre de 2004

Frontera de guerra

¿Exagero con el título que le he dado a este texto? No lo creo. La frontera de México con los Estados Unidos se ha convertido en una auténtica zona de guerra desde que comenzó la aplicación de la nefasta “Operación Guardián” (Gatekeeper) el primero de octubre de 1994, seguida por sus emuladoras, las operaciones “Interferencia” y “Salvaguarda” en Arizona, y “Río Grande”, en Texas. En esos diez años se han acumulado tres mil decesos de trabajadores mexicanos y centroamericanos que han dejado la vida en su intento vano de alcanzar el espejismo del “sueño americano”. Docenas de organizaciones civiles de ambos países han denunciado sistemáticamente los abusos, las vejaciones y la violencia que se ejercen contra los trabajadores migratorios que intentan atravesar la frontera, ahora reforzada y más inhumana que nunca. Se trata de una guerra soterrada, silenciada, negada, pero evidente cuando hablamos de bajas humanas, victimizadas por una política agresiva de “control de la frontera” que inició el gobierno de Clinton y que continúa con fe el de Bush el pequeño. ¿El enemigo? Los migrantes que “violan la soberanía de los Estados Unidos” al desconocer la existencia de fronteras artificiales entre los pueblos.
A partir de 1994 la frontera se reforzó mediante el despliegue masivo de agentes, la iluminación intensa y extensa de la frontera, la instalación de sensores ópticos y de movimiento, la construcción de nuevos y modernos cercados –reusando materiales de la primera guerra del golfo pérsico—, la intensificación del patrullaje apoyado en jeeps, motocicletas y helicópteros, y el uso de telescopios con visión nocturna. También mediante la contratación de miles de agentes adicionales, que han convertido a la Border Patrol en la policía federal más numerosa de ese país. En consecuencia, el paso de indocumentados se vio forzado a moverse en dirección al este, hacia los grandes desiertos y montañas de California y Arizona. Con el tiempo, este movimiento hacia el este comenzó a cobrar cada vez más vidas de inocentes que desconocen los rigores extremos del clima de la frontera. Por ejemplo, en enero de 1997 sucumbieron 16 personas cerca de Tecate, en una inhóspita región donde las temperaturas llegan a caer violentamente por debajo del punto de congelación. Luego, en el verano del año siguiente 39 migrantes murieron insolados. Y docenas de otros han muerto ahogados en los canales de riego del valle imperial o en el río Colorado. En Arizona y Texas la situación pronto alcanzó la gravedad de lo que se veía en California, y pronto se unieron a la estadística macabra de insolados, deshidratados, ahogados, asfixiados, atropellados y asesinados. Y lo más triste es que en las cifras mortales hay que incluir a una fuerte proporción –alrededor de un 15%— de mujeres y niños.
El sistema económico norteamericano ha basado su expansión en la mano de obra barata –y en apariencia inagotable— que le facilita la inmigración, particularmente la ilegal. Si los salarios se mantienen deprimidos en la base, también lo harán en los niveles superiores, ya que permiten mantener controlada la inflación y con ello las presiones salariales de los trabajadores de cuello azul y blanco. Todo el esquema de producción y circulación se beneficia fuertemente por este traslado de valor –utilizando los términos marxistas— desde la base de la pirámide laboral hacia sus estratos superiores. Parafraseando a Heberto Castillo, quien afirmaba que el petróleo sólo produce riqueza donde se quema o transforma, el trabajo humano sólo produce riqueza en donde se le aprovecha plenamente. Es decir que nuestro país realiza una enorme transferencia neta de riqueza al país del norte al desaprovechar el potencial de su gente; los 17 mil millones de dólares anuales en remesas significan solamente una pequeña porción del valor que generan los brazos de los 10 millones de mexicanos que hoy laboran al otro lado de la frontera.
Quiero decir que este recurso, la mano de obra inmigrante, es vital para mantener los altos estándares de vida que acostumbran los norteamericanos. Esto fue bien ilustrado por el ingenioso filme de Sergio Arau, Un día sin mexicanos, que se estrenó el 14 de mayo de este año. En la trama 14 millones de hispanos desaparecen de California, la tercera parte de la población de ese estado. Millones de tareas cotidianas, sobre todo las más elementales, dejan de ser atendidas, y la economía y la sociedad colapsan. No es exageración, es una realidad que fue reconocida hasta por Alan Greenspan, el gurú de la reserva federal gringa.
Pero a pesar de la importancia que tienen los migrantes hispanos y mexicanos en la economía de los Estados Unidos, han florecido en ese país movimientos conservadores –o incluso liberales— que denuncian la pérdida de los valores de la sociedad WASP –White, Anglo Saxon & Protestant— que caracterizaron a esa sociedad desde el arribo del May Flower a la roca Plymouth. Un santón de la ciencia política, Samuel Huntington, dio este año el campanazo de alarma a los auténticos coletos de por allá, se pregunta alarmado ¿quiénes somos? Y se responde: “El flujo persistente de inmigrantes hispanos amenaza con dividir a los Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguajes. A diferencia de los grupos inmigrantes del pasado, los mexicanos y otros latinos no se han asimilado a la corriente principal de la cultura americana, y han formado más bien sus propios enclaves políticos y lingüísticos –desde Los Angeles hasta Miami— y rechazan los valores Anglo-protestantes que construyeron el sueño americano. Los Estados Unidos ignora este desafío y su peligro” (traducción mía). Los puristas han alzado la voz, y con ellos se ha levantado una turba de rancheros y red necks que han convertido a la cacería de indocumentados en el nuevo deporte nacional.
En un sitio de internet que mantiene la California Rural Legal Assistence Foundation (http://www.stopgatekeeper.org/Espanol/index.html) se puede encontrar el listado casi completo de dos mil de las víctimas mortales de esta década macabra de la operación Guardián. De mil más se desconoce su identidad, pues sus cuerpos fueron encontrados sin papeles o en un estado de degradación que imposibilitó su filiación. Las tragedias humanas que hay detrás de cada uno de esos muertos son estremecedoras. Por ello afirmo que se trata de una auténtica frontera de guerra, donde los aspirantes al sueño americano ponen sus vidas en la orilla de un precipicio letal. Terrible precio para quienes honestamente sólo buscan mejorar sus vidas y ofrecer su esfuerzo para la construcción de una mejor sociedad en los Estados Unidos.
Tan sólo el año pasado sumaron 390 los muertos entre los migrantes, lo que equivale a más de uno al día. De ese número los guanajuatenses llegaron a significar alrededor de 70. Se calcula que el flojo anual de trabajadores sin papeles es de 300 mil. Diríamos entonces que uno o dos de cada mil migrantes que se atreven a transitar la frontera ilegalmente, pierden la vida.
El incendio en Columbus Ohio del 12 de septiembre pasado, aparentemente provocado por alguna organización criminal xenofóbica, o bien el apedreo en octubre de las mujeres migrantes de Cortazar, a quienes la patrulla fronteriza impidió cruzar el río bravo y por ello perecieron ahogadas, refleja los extremos a los que se ha llevado esta situación. Es realmente preocupante que dos países no puedan ponerse de acuerdo para salvar centenares de vidas de seres humanos honestos e inocentes, y que en cambio se incremente la xenofobia, el racismo y la discriminación, cuando en realidad ellos no pueden vivir sin nosotros y nosotros aunque no nos guste admitirlo— no podemos vivir si ellos. Los nacionalismos trasnochados y los radicalismos sólo empeoran una situación que ha llegado a extremos dramáticos.
El gobierno mexicano hace menos que lo que debería hacer en estos casos. Los 43 consulados mexicanos en los EU padecen de una escasez endémica de recursos, y para defender los derechos de los connacionales, o bien impulsar la investigación de los casos de agresiones o violación a sus derechos, deben con frecuencia hacer uso de voluntarios o bien de asociaciones civiles que tampoco abundan en recursos. Nuestro gobierno federal debería invertir cantidades sustanciales en la contratación de bufetes de abogados, de investigadores privados, y apoyar a los activistas en pro de derechos humanos para consolidar un frente de defensa que sea sólido y agresivo. Trescientas vidas al año bien lo valen.
Hoy día se debate en el Congreso de los Estados Unidos una nueva iniciativa antiinmigrante, la HR-10, que invalidaría a las matrículas consulares de los países extranjeros como documentos de identificación. Además esa ley facilitaría la expulsión de extranjeros sin revisión administrativa o judicial, limitaría el derecho de asilo, y le daría mayores poderes a las autoridades federales para ignorar los derechos humanos de migrantes ilegales en ese país. Esto vendría a empeorar el clima de persecución policíaca que impera a lo largo de la frontera, y tendría consecuencias muy graves para los paisanos sin papeles, que suman casi cuatro millones en prácticamente todos los estados de la unión americana.
La frontera México-Estados Unidos es un espacio de muerte, y la tendencia es a que empeore la situación. La actual administración federal de los EU está más dispuesta a congraciarse con los grupos racistas de extrema derecha, muchos de ellos que se dedican a la persecución de greasers que se atreven a cruzar por sus ranchos, que a reconocer la naturaleza interdependiente de nuestras dos naciones. No es con la persecución policíaca, ni orillando a los aspirantes al sueño americano a arriesgar sus vidas, como construiremos una relación mejor en el futuro. Sólo lo será reconociendo nuestras realidades y unificando criterios que normalicen la migración, de tal forma que se convierta para los trabajadores mexicanos en una alternativa segura –entre muchas— para hacerse de un mejor futuro. Y más vale que nuestro país retome, de una vez por todas, el perdido camino del desarrollo, pues esa será la única solución de carácter definitivo que detenga la sangría humana que padece nuestra nación.

viernes, 10 de diciembre de 2004

Tres pistas

Cargada de sucesos políticos, la semana que termina. El caso Ixtayopan sigue poniendo en evidencia las incapacidades en cascada que impiden al Estado mexicano no solamente garantizar la seguridad de los ciudadanos, sino incluso la de sus elementos policíacos. La violenta remoción del titular de seguridad pública del DF, Marcelo Ebrard, me resulta incomprensible ante la evidente corresponsabilidad en la que incurrieron los más altos mandos de la seguridad pública federal. A ambos se les debió aplicar las mismas medidas administrativas, pero permitiéndoles siquiera el derecho a audiencia. El presidente Fox fue fulminante, pero no se mostró equilibrado en este caso. Por su parte, el jefe de gobierno recibe un nuevo agujero en la barcaza de su precandidatura negada, y de nuevo se sube al ring de los complots en su contra. Nadie hace política; todos se embarran mutuamente y al ciudadano común sólo le resta resignarse a contemplar atónito el circo de tres pistas –presupuesto, linchamientos, precandidaturas— con que nos entretienen nuestros políticos, tan aficionados a la farándula.
Sobre la primera pista, la del presupuesto federal, nos brinca la sorpresa de que Pemex decide unilateralmente hacer nuevos descuentos de venta de garaje al crudo mexicano, para hacerlo bajar artificialmente por debajo de la línea que estableció la Cámara de Diputados para hacer sus balances. No hay que ser demasiado malicioso para sospechar un movimiento interesado por parte de la paraestatal y del propio gobierno federal para poner en evidencia a los diputados como irresponsables e ignorantes. Lo grave de este asunto es que se está malbaratando la riqueza nacional con tal de cumplir un objetivo político. Hoy día el crudo mexicano es uno de los más baratos del mundo, y el 90% se va a fortalecer la economía norteamericana y sus reservas estratégicas, que le permiten a los Estados Unidos incidir en los precios y perjudicar a economías petrolizadas como la nuestra. En este ámbito, México sigue siendo el esquirol perfecto que se adelanta con sus descuentos navideños para “amarrar mercados” y escupir al cielo. Y luego vemos al director general de Pemex quejándose amargamente de la quiebra técnica en la que ya merito entrará la paraestatal. Así no se puede, en serio.
La segunda pista de la semana nos muestra que el México bárbaro está más que vigente; los intentos de linchamiento no paran en nuestros pueblos y barrios, ya sea en contra de presuntos delincuentes o de policías (40 al año, Correo dixit). La ausencia de ley y de instrumentos para aplicarla fomenta las venganzas, la justicia por propia mano y la impunidad. Para nuestra desgracia, este es un problema estructural, que no será resuelto mediante la represión ciega que está aplicando la PGR, que está haciendo pagar a justos junto a pecadores. La ley no se aplica violándola. Los cateos y las detenciones arbitrarias están nuevamente exhibiendo nuestro barbarismo. No salimos de una cuando caemos en otra. (Por cierto, cuando el presidente Fox dio a conocer el despido de Ebrard y el del comisionado de la PFP, ¿por qué al primero le dio trato de “señor licenciado” y luego al segundo ni siquiera le respetó el grado de almirante?)
Mientras tanto Creel, López Obrador, Madrazo y el resto de la chiquillada de precandidatos se surten descontones mutuos y no pierden oportunidad de atraer las candilejas. Faltan 17 meses para las elecciones federales y la ola de adelantados es imparable: Medina, Calderón, Romero Hicks, Ramírez y Ramírez, Alemán, Montiel, Jackson, Cárdenas… bueno, ¡ya hasta Labastida!
Y para enredar aún más la madeja política de la semana, el lunes se descubrió el cuerpo sin vida de Enrique, el hermano menor del expresidente Salinas. Nuevas nubes negras sobre las testas desnudas de los hermanos incómodos. Para pronto el presidente Fox declara que no hay móvil político detrás, y con ello evidencia tener más información que los agentes del ministerio público que apenas han comenzado a investigar el caso. ¿Por qué descartar a priori una hipótesis que pudiera tener algún sustento? Y es que nadie quiere recordar el 94 y su cohorte de violencia y asesinatos políticos, que finalmente condujeron a la inestabilidad y la crisis del 95. El que con atole se quema, hasta al jocoque le sopla.