viernes, 3 de febrero de 2006

Teté Ramírez



Todos la conocían como “Teté”. En un tiempo fue Teté Rionda, pero luego regresó a su nombre de soltera cuando se divorció de su primer y único marido allá por mediados de los setenta. Ella era mi madre, y decidió ya no despertar de su sueño más profundo este lunes pasado. Se nos fue de la forma más discreta, sin distraer a nadie, más que a sus hijos. No llegó a cumplir los setenta, que hubiera festejado este 16 de agosto. Sus últimos años los transitó dolorosamente recordando a su padre muy querido, el doctor Miguel Ramírez Tinoco, el médico de Yuriria, quien se le adelantó tan sólo con cinco años. Ambos fueron personajes que jamás pasaron inadvertidos en sus entornos. Mi abuelo como uno de los primeros médicos del sur del estado, que vio nacer y atendió a buena parte de los habitantes de Yuriria y alrededores. Mi madre como una mujer en extremo sociable y tremendamente inquieta, con gustos e intereses que variaron desde la química –que la convirtió en excelente cocinera-, el teatro universitario –quince años como actriz-, el dibujo artístico, la atención a menores infractores –fue directora del instituto tutelar en los setenta-, la confección de vestuario teatral, la farmacia –fue “boticaria” como gustaba llamarse-, la alimentación comercial –administró el café Valadez de su primo Jesús-, el hospedaje estudiantil –en su casa en Tamazuca-, y algunas otras aventuras comerciales que nunca la convencieron de que no tenía talento para los negocios.

Muchos guanajuateños de su generación recuerdan a Teté. Ella se daba a notar, y no sólo por su estatura -que rebasaba el metro setenta: altísima para una mujer de su época-, sino también por su simpatía y don de gentes. Era atractiva en más de un sentido, y no había reunión social donde no acaparara la conversación. Seguro la recuerdan los parroquianos del Café Carmelo, del Valadez o de la Posada Santa Fe. También en los bailes del estudiante, en la época cuando los amenizaba la orquesta Valle de Santiago.
Fue teatrera de corazón, y no sólo en el escenario. Como actriz fue dirigida por el padre Navarrete –en Yuriria, siendo ella una chiquilla-, por el pintor/actor Luis Ferro –“El landó de seis caballos”-, por Enrique Ruelas en su segunda compañía –los “Entremeses”, el “Retablillo jovial” y otras-, por Eugenio Trueba –“La soga” y otras- y por algún director visitante al que convocó el rector Euquerio Guerrero. Tan sólo en el Teatro Universitario permaneció por más de 15 años, hasta que las obligaciones maternales la obligaron a retirarse contra su voluntad. Su amor por el teatro se ilustra con un detalle singular: el día en que se casó con otro teatrero, Isauro Rionda, su boda se festejó temprano en Yuriria, pues por la noche había función de Entremeses en Guanajuato. De su vestido de boda saltó al vestuario del ama de los habladores. La compañía interpretó esa función con singular inspiración, influidos como estaban con los vapores etílicos de la mañana. Estoy seguro de haber sido concebido ese día, pues a los nueve meses vine al mundo. Por eso afirmo ufano que soy hijo literal del Teatro Universitario.

Teté nació en Guanajuato en 1936. La criaron en Yuriria, pero su amor por su ciudad natal fue permanente y radical. Hizo su secundaria y preparatoria en el Instituto Lasalle, allá en la Presa de la Olla, donde compartió con amigas cuya amistad mantuvo toda la vida. Adoró a sus monjitas pero mantuvo una actitud escéptica hacia la religión dogmática. Estudió tres años de la carrera de Química en la Universidad de Guanajuato, con maestros como el profesor Lobato, a quien siempre le guardó gran gratitud. En cambio no quiso mucho al Rector de entonces, a quien apodaba el “mono de lodo”. Averigüen ustedes quién y por qué. No terminó la licenciatura a pesar de sus buenas calificaciones, victimada de nuevo por la carga filial y la tradición de que “mujer que sabe latín…”. Pero siempre fue universitaria de corazón.

Su sentido innovador le llevó a ser una de las primeras mujeres guanajuatenses en ejercitar el control natal y –oh temeridad- emplear las peligrosas píldoras anticonceptivas de los años sesenta. Su carácter alegre la hizo incómoda para muchas y muchos, que no le perdonaban su ser bohemio. Fue “pelada e indecente”, en sus propias palabras, pero más que otra cosa fue humana, sensible y solidaria. Fue mi cómplice en muchas aventuras, pero esas me las reservo. Adoró viajar, y lo hizo cuanto pudo. Fue esotérica y al mismo tiempo buscó la filosofía trascendental. Fue psicóloga aficionada y me introdujo a la Gestalt. Leyó, tejió, bordó y en ello dejó los ojos. Venció al cáncer aunque en ello perdió un seno. Hizo de todo y mucho, trabajando pero también divirtiéndose. Le dedico estas líneas, y le deseo que haya alcanzado la felicidad que perdió cuando se le fue su papá. Pero tu amor siempre estará conmigo, mamá.

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