viernes, 4 de abril de 2008

Antonio Corona, in memoriam


El viernes 7 de marzo pasado falleció en la ciudad de México uno de los más destacados histriones que ha generado el Teatro Universitario de Guanajuato: Antonio Corona Chávez. Murió en la ciudad de México, donde había nacido el 19 de marzo de 1930. Los que tuvimos la suerte de conocerlo y apreciar su jocoso y ácido temperamento hemos lamentado mucho su fallecimiento, precedido por una larga y dolorosa enfermedad. Fue uno de los mejores amigos de mis padres –fue su padrino de bodas y una presencia familiar.
Antonio nunca hubiera querido que se hiciera pública su edad. Ya con esto comienzo mal este artículo. Pero es necesario destacar que su fructífera vida no fue lo larga que muchos, él por supuesto, hubiéramos querido. El talento merece vivir por siempre. Yo me siento comprometido, gustosamente, a publicar algunas líneas sobre su persona, que me acompañó desde que tengo memoria, aunque sea de manera físicamente lejana. Tuve la suerte, junto con Ernesto Camarillo, de hacerle una larga entrevista en su departamento de la colonia Nápoles un año antes de su partida. Con algunos de esos datos, más otros que me facilitó mi padre, pude armar este breve homenaje póstumo.
Antonio fue hijo del prominente abogado Luis Corona, quien había sido el agente del ministerio de público en el proceso contra León Toral, el asesino de Obregón, y más tarde sería ministro de la Suprema Corte de Justicia. La familia era de prosapia abogadil, y por ello hubo presión para que Antonio siguiera ese camino. En 1952 se vino a vivir a Guanajuato con la intención de estudiar Derecho en nuestra universidad, pero nunca terminó la carrera. Antonio ya había intuido su verdadera vocación escénica gracias al maestro Enrique Ruelas, pues en la ciudad de México ya había podido asistir a la puesta en escena de El Emperador Jones de O’Neill y Muertos sin sepultura de Sartre. En Guanajuato pudo experimentar sus verdaderas dotes para las tablas gracias a su intervención en varios montajes para el Teatro Universitario. Participó en el estreno de los Entremeses Cervantinos en 1953, aunque en el humilde papel mudo del licenciado Vidriera. De ahí fue ascendiendo a papeles cada vez más importantes. A partir de entonces se involucró en la mayoría de los montajes de Ruelas, hasta convertirse en uno de los actores más aclamados, con representaciones que pronto fueron célebres, como su espléndido papel de “Cebadón” en “Pagar y no pagar” de Los Pasos de Lope de Rueda, o el jocoso Corregidor de El Retablillo Jovial, de Alejandro Casona. También participó actoralmente en Por Insigne y Real Merced de Alberto Ruiz Gaitán, La Soga y Luz de gas de Patrick Hamilton, Edipo Rey de Sófocles, Volpone de Ben Jonson, y A ninguna de las tres de Fernando Calderón. Ocho años invirtió Antonio Corona en su periplo dentro del Teatro Universitario guanajuatense, pero dejó recuerdos imborrables entre sus compañeros y maestros.

A principios de los sesenta regresó al DF, donde continuó su carrera actoral, becado por Bellas Artes gracias al escritor Celestino Gorostiza, directivo de la Unión Mexicana de Autores. Participó en el montaje de El Color de Nuestra Piel, de Gorostiza, compartiendo créditos con Carmen Montejo. Continuó sus estudios en Bellas Artes, con maestros como Carlos Ancira, Salvador Novo, Fernando Wagner, Alejandro Jodorowski y otros. Él opinaba que Carlos Ancira, Ignacio López Tarso y Héctor Gómez han sido los mejores actores de México.


Trabajó con tres grandes actrices: Carmen Montejo, María Douglas y Beatriz Aguirre. Con la primera coactuó en El Color de Nuestra Piel, Cada quien su vida de Luis G. Basurto, Función de despedida de Usigli, y otras. Con María Douglas trabajó en las obras Deseo bajo los Olmos de O’Neal, Escenas de Un tranvía llamado Deseo de Tenesse Williams, Escenas de Medea de Jean Anouil, y Las Tentaciones de Santa María Egipciaca de Miguel Sabido, con una adaptación de Mauricio Magdaleno. Con esos montajes recorrieron toda la república. Incluso se presentaron ante las Naciones Unidas en Nueva York, gracias a una invitación del secretario general U-Thant.
El actor Héctor Gómez, con quien había coactuado en 1971 en la representación de Juana de Arco en el Castillo de Chapultepec, lo invitó a participar en 1995 en los homenajes a los grandes autores y directores de teatro en México, incluyendo a Enrique Ruelas. Desde entonces ya no volvió a presentarse en escena.
También fue un excelente pintor y dibujante en tinta china. Montó varias exposiciones con sus obras, inclusive en Guanajuato. Tenía ya varios años retirado, solitario y nostálgico en su barroco apartamento, donde conservaba como objetos preciosos la calavera del Cebadón, su colección de ranas y demás parafernalia cuevanense. Adiós Antonio; descansa en paz.

3 comentarios:

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