Cargada de sucesos políticos, la semana que termina. El caso Ixtayopan sigue poniendo en evidencia las incapacidades en cascada que impiden al Estado mexicano no solamente garantizar la seguridad de los ciudadanos, sino incluso la de sus elementos policíacos. La violenta remoción del titular de seguridad pública del DF, Marcelo Ebrard, me resulta incomprensible ante la evidente corresponsabilidad en la que incurrieron los más altos mandos de la seguridad pública federal. A ambos se les debió aplicar las mismas medidas administrativas, pero permitiéndoles siquiera el derecho a audiencia. El presidente Fox fue fulminante, pero no se mostró equilibrado en este caso. Por su parte, el jefe de gobierno recibe un nuevo agujero en la barcaza de su precandidatura negada, y de nuevo se sube al ring de los complots en su contra. Nadie hace política; todos se embarran mutuamente y al ciudadano común sólo le resta resignarse a contemplar atónito el circo de tres pistas –presupuesto, linchamientos, precandidaturas— con que nos entretienen nuestros políticos, tan aficionados a la farándula.
Sobre la primera pista, la del presupuesto federal, nos brinca la sorpresa de que Pemex decide unilateralmente hacer nuevos descuentos de venta de garaje al crudo mexicano, para hacerlo bajar artificialmente por debajo de la línea que estableció la Cámara de Diputados para hacer sus balances. No hay que ser demasiado malicioso para sospechar un movimiento interesado por parte de la paraestatal y del propio gobierno federal para poner en evidencia a los diputados como irresponsables e ignorantes. Lo grave de este asunto es que se está malbaratando la riqueza nacional con tal de cumplir un objetivo político. Hoy día el crudo mexicano es uno de los más baratos del mundo, y el 90% se va a fortalecer la economía norteamericana y sus reservas estratégicas, que le permiten a los Estados Unidos incidir en los precios y perjudicar a economías petrolizadas como la nuestra. En este ámbito, México sigue siendo el esquirol perfecto que se adelanta con sus descuentos navideños para “amarrar mercados” y escupir al cielo. Y luego vemos al director general de Pemex quejándose amargamente de la quiebra técnica en la que ya merito entrará la paraestatal. Así no se puede, en serio.
La segunda pista de la semana nos muestra que el México bárbaro está más que vigente; los intentos de linchamiento no paran en nuestros pueblos y barrios, ya sea en contra de presuntos delincuentes o de policías (40 al año, Correo dixit). La ausencia de ley y de instrumentos para aplicarla fomenta las venganzas, la justicia por propia mano y la impunidad. Para nuestra desgracia, este es un problema estructural, que no será resuelto mediante la represión ciega que está aplicando la PGR, que está haciendo pagar a justos junto a pecadores. La ley no se aplica violándola. Los cateos y las detenciones arbitrarias están nuevamente exhibiendo nuestro barbarismo. No salimos de una cuando caemos en otra. (Por cierto, cuando el presidente Fox dio a conocer el despido de Ebrard y el del comisionado de la PFP, ¿por qué al primero le dio trato de “señor licenciado” y luego al segundo ni siquiera le respetó el grado de almirante?)
Mientras tanto Creel, López Obrador, Madrazo y el resto de la chiquillada de precandidatos se surten descontones mutuos y no pierden oportunidad de atraer las candilejas. Faltan 17 meses para las elecciones federales y la ola de adelantados es imparable: Medina, Calderón, Romero Hicks, Ramírez y Ramírez, Alemán, Montiel, Jackson, Cárdenas… bueno, ¡ya hasta Labastida!
Y para enredar aún más la madeja política de la semana, el lunes se descubrió el cuerpo sin vida de Enrique, el hermano menor del expresidente Salinas. Nuevas nubes negras sobre las testas desnudas de los hermanos incómodos. Para pronto el presidente Fox declara que no hay móvil político detrás, y con ello evidencia tener más información que los agentes del ministerio público que apenas han comenzado a investigar el caso. ¿Por qué descartar a priori una hipótesis que pudiera tener algún sustento? Y es que nadie quiere recordar el 94 y su cohorte de violencia y asesinatos políticos, que finalmente condujeron a la inestabilidad y la crisis del 95. El que con atole se quema, hasta al jocoque le sopla.
Artículos de coyuntura publicados por Luis Miguel Rionda Ramírez en medios impresos o electrónicos mexicanos.
Antropólogo social. Profesor titular de la Universidad de Guanajuato y de posgrado en la Universidad DeLaSalle Bajío, México. Exconsejero electoral en el INE y el IEEG.
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viernes, 10 de diciembre de 2004
viernes, 3 de diciembre de 2004
De dineros y a dónde se van
Resulta ya un fastidio que año con año, por estas fechas, nuevamente sean los presupuestos del gobierno motivo de riñas y confrontaciones. Al principio del sexenio lo fueron tan sólo entre las fracciones parlamentarias, y usualmente el ejecutivo no se metía demasiado. Pero ahora vemos en el ring al presidente, al congreso y pronto a la corte suprema.
Ya se ha dicho mucho en pro y en contra de las modificaciones que realizaron los diputados, en ejercicio de sus atribuciones constitucionales. Particularmente me han parecido correctas las permutas. Es espléndido que se hayan casi duplicado los recursos para las carreteras del país, que están en un estado deplorable. Igual me gustó que se le inyecten recursos necesarísimos a la educación superior y la investigación científica, que esta administración ha abandonado por completo. El ejecutivo, por su parte, ha acusado al legislativo de haber convertido al presupuesto en un pastel que se repartió según los intereses particulares de los diputados. Pero eso a mí no me parece tan malo: un representante popular debe preocuparse por beneficiar a sus electores, incluso mediante artificios como el de morderle recursos a actividades superfluas del ejecutivo (el vestuario de la pareja presidencial por ejemplo). Si un diputado logró acarrear agua a su molino, lo hizo porque logró convencer a sus compañeros y justificó ante ellos ese destino.
Ya se ha evidenciado que la secretaría de Hacienda basó su propuesta original en un escenario sumamente pesimista en cuanto a los precios del petróleo (¡23 dólares el barril!) y la evolución de los ingresos públicos. En un entorno mundial de guerra y de expansión económica, es poco probable que los precios del crudo caigan drásticamente. Cuesta trabajo creer que esta subvaloración sea accidental, sino más bien movida por el interés de que buena parte de los excedentes puedan ser asignados de manera discrecional por el ejecutivo, sin necesidad de someterlos a la consideración del legislativo.
Guanajuato salió beneficiado por el nuevo reparto. El gobernador Romero así lo reconoció y agradeció a los diputados federales de la entidad, sin distingo de partidos, por haber sabido aglutinarse en una causa común y superior a los intereses particulares de sus bancadas. Por fin habrá obra pública de largo aliento, como la necesarísima ampliación de la carretera panamericana, que hoy es un monumento a nuestro atraso en comunicaciones. Y no hay que olvidar las obras hidráulicas, como la presa de Río Verde, y ojalá se hayan apartado recursos para la solución de largo plazo a la escasez de agua en la entidad: el sistema hidráulico en el río Santa María para traernos agua de la cuenca del Pánuco.
Sobre la seguridad pública, el enfoque de los diputados me pareció más correcto que el del ejecutivo: no es invirtiendo en más armas, en más elementos para las corporaciones, ni en más equipo costoso como se puede enfrentar con efectividad el problema de la inseguridad y la transgresión de la ley, sino con obras de infraestructura productiva y educativa que faciliten la apertura de más empleos, con la capacitación para aspirar a mejores salarios. La criminalidad va de la mano con la pobreza. No es con mayores elementos represivos como se arrancarán las raíces del problema, pues así sólo se podarán sus follajes. Ya se vio en San Juan Ixtayopan: las corporaciones evidenciaron su ineficacia, y luego han cebado su impotencia contra la población, aplicando detenciones arbitrarias sin ton ni son. Al final quedará claro que castigar a dos docenas de responsables no reparará el mal de fondo: la desconfianza ante la autoridad y la pertinaz pobreza, que obliga a buscar la sobrevivencia con los medios que sea, incluso el narco o el crimen.
En cambio al Poder Judicial se le asignaron recursos adicionales para facilitar la administración de justicia expedita.
Me parece afortunado que hoy día la división de poderes sea tan real, que ya enfada al ejecutivo. Todos deberemos aprender a vivir en estas nuevas realidades, aceptando los ámbitos de competencia de los actores públicos. El ejecutivo deberá a aprender a negociar con mucha antelación los proyectos que juzgue estratégicos, para que no sufran menoscabo. Eso fue lo que sucedió con la megabiblioteca José Vasconcelos (esfuerzo superfluo en un país donde las bibliotecas existentes están vacías de usuarios) y la carísima enciclomedia (que tampoco se justifica en un entorno donde las escuelas llegan a carecer hasta de lo más elemental). En fin, que al final nadie quedará contento, pero al menos tenemos motivos de conversación para el fin de año.
Ya se ha dicho mucho en pro y en contra de las modificaciones que realizaron los diputados, en ejercicio de sus atribuciones constitucionales. Particularmente me han parecido correctas las permutas. Es espléndido que se hayan casi duplicado los recursos para las carreteras del país, que están en un estado deplorable. Igual me gustó que se le inyecten recursos necesarísimos a la educación superior y la investigación científica, que esta administración ha abandonado por completo. El ejecutivo, por su parte, ha acusado al legislativo de haber convertido al presupuesto en un pastel que se repartió según los intereses particulares de los diputados. Pero eso a mí no me parece tan malo: un representante popular debe preocuparse por beneficiar a sus electores, incluso mediante artificios como el de morderle recursos a actividades superfluas del ejecutivo (el vestuario de la pareja presidencial por ejemplo). Si un diputado logró acarrear agua a su molino, lo hizo porque logró convencer a sus compañeros y justificó ante ellos ese destino.
Ya se ha evidenciado que la secretaría de Hacienda basó su propuesta original en un escenario sumamente pesimista en cuanto a los precios del petróleo (¡23 dólares el barril!) y la evolución de los ingresos públicos. En un entorno mundial de guerra y de expansión económica, es poco probable que los precios del crudo caigan drásticamente. Cuesta trabajo creer que esta subvaloración sea accidental, sino más bien movida por el interés de que buena parte de los excedentes puedan ser asignados de manera discrecional por el ejecutivo, sin necesidad de someterlos a la consideración del legislativo.
Guanajuato salió beneficiado por el nuevo reparto. El gobernador Romero así lo reconoció y agradeció a los diputados federales de la entidad, sin distingo de partidos, por haber sabido aglutinarse en una causa común y superior a los intereses particulares de sus bancadas. Por fin habrá obra pública de largo aliento, como la necesarísima ampliación de la carretera panamericana, que hoy es un monumento a nuestro atraso en comunicaciones. Y no hay que olvidar las obras hidráulicas, como la presa de Río Verde, y ojalá se hayan apartado recursos para la solución de largo plazo a la escasez de agua en la entidad: el sistema hidráulico en el río Santa María para traernos agua de la cuenca del Pánuco.
Sobre la seguridad pública, el enfoque de los diputados me pareció más correcto que el del ejecutivo: no es invirtiendo en más armas, en más elementos para las corporaciones, ni en más equipo costoso como se puede enfrentar con efectividad el problema de la inseguridad y la transgresión de la ley, sino con obras de infraestructura productiva y educativa que faciliten la apertura de más empleos, con la capacitación para aspirar a mejores salarios. La criminalidad va de la mano con la pobreza. No es con mayores elementos represivos como se arrancarán las raíces del problema, pues así sólo se podarán sus follajes. Ya se vio en San Juan Ixtayopan: las corporaciones evidenciaron su ineficacia, y luego han cebado su impotencia contra la población, aplicando detenciones arbitrarias sin ton ni son. Al final quedará claro que castigar a dos docenas de responsables no reparará el mal de fondo: la desconfianza ante la autoridad y la pertinaz pobreza, que obliga a buscar la sobrevivencia con los medios que sea, incluso el narco o el crimen.
En cambio al Poder Judicial se le asignaron recursos adicionales para facilitar la administración de justicia expedita.
Me parece afortunado que hoy día la división de poderes sea tan real, que ya enfada al ejecutivo. Todos deberemos aprender a vivir en estas nuevas realidades, aceptando los ámbitos de competencia de los actores públicos. El ejecutivo deberá a aprender a negociar con mucha antelación los proyectos que juzgue estratégicos, para que no sufran menoscabo. Eso fue lo que sucedió con la megabiblioteca José Vasconcelos (esfuerzo superfluo en un país donde las bibliotecas existentes están vacías de usuarios) y la carísima enciclomedia (que tampoco se justifica en un entorno donde las escuelas llegan a carecer hasta de lo más elemental). En fin, que al final nadie quedará contento, pero al menos tenemos motivos de conversación para el fin de año.
viernes, 26 de noviembre de 2004
México bárbaro
Los dramáticos sucesos de San Juan Ixtayopan, en Tláhuac –prácticamente en la ciudad de México vuelven a poner en el banquillo a las autoridades responsables de preservar nuestra seguridad pública, que nuevamente exhiben su improvisación y su ineptitud. En México, a partir del derrumbe del Estado autoritario en los años ochenta y noventa, el viejo Leviatán no fue sustituido por un Estado democrático con nuevos y efectivos métodos de aplicación de la ley. Desgraciadamente, hoy día tenemos democracia pero no tenemos estado de derecho. El ciudadano común continúa moviéndose en su cotidianidad dentro de un esquema de convivencia social premoderno y carente de garantías. La delincuencia y la violencia social son nota de todos los días, y afecta a los tejidos más íntimos del entramado comunitario.
Hay libertades en abundancia en este México del siglo XXI, pero no así civilidad y respeto por los derechos de los demás. El Estado, como garante de la vida social en armonía, está hoy ausente de la realidad concreta del habitante común. Nadie está libre de ser víctima de la violencia, ni siquiera los mismos policías en cumplimiento de su deber, como se evidenció este miércoles. A los desventurados agentes de la PFP nadie les creyó que realmente estaban cumpliendo una misión oficial. Y es que la mímesis entre las policías y los grupos delincuenciales es ya proverbial en México: nadie sabe donde terminan las unas y comienzan los otros.
Los ixtayopinos reaccionaron con una violencia extrema ante la posibilidad de lidiar a plena luz del día con un trío de potenciales secuestradores, que sospechosamente tomaban película a las afueras de una escuela. Reaccionaron como cualquier padre que se enfrenta a individuos que espían a sus hijos. Las explicaciones de los agentes seguramente fueron tardías, e incluso tiendo a pensar que lo hicieron de forma altanera y prepotente, como acostumbran nuestros ñoños policías cuando tratan con un ciudadano común, más cuando es un campesino o un colono empobrecido. La masacre y el baño de sangre no son justificables de ninguna manera, pero sí son explicables en un contexto tan degradado como el que existe hoy en las relaciones de la ciudadanía con sus autoridades. Ser policía en México significa poseer patente de corzo para cometer ilícitos, abusar de su autoridad o humillar al semejante. Por supuesto que estoy generalizando y con ello cometiendo una crasa injusticia contra las corporaciones o elementos que han superado ya muchos de los lastres de esta subcultura autoritaria, pero este paradigma de la desconfianza continúa vigente para el grueso de los ciudadanos, como se pone en evidencia en las ya numerosas encuestas sobre cultura política en nuestro país. Por ejemplo, la Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas que levantó la secretaría de Gobernación el año pasado evidenció el terrible desgaste que tiene la imagen de la policía en nuestra comunidad: un 53% de los encuestados respondió que no le tiene nada o casi nada de confianza a la policía, un 24% le tiene poca confianza, un 15% le tiene algo y solamente un 7% le tenía mucha confianza. Esto la colocó en el sótano de las instituciones públicas mexicanas en cuanto a confianza ciudadana.
La justicia en propia mano es una evidencia de nuestro primitivismo como sociedad. La turba suplanta a los jueces, y con ello se comenten drásticas injusticias como la que se perpetró con esos pobres policías. Fueron víctimas de la incapacidad del Estado mexicano para imponer el fuero de la ley en la vida cotidiana de sus gobernados. Cayeron en cumplimiento del deber, pero sacrificados sin sentido y sin provecho. Fueron masacrados por la ignorancia, por la rabia que da la impotencia del ciudadano ante la autoridad arbitraria. Ese fuenteovejuna monstruoso parece volverse norma en un país donde no existe ley que se respete, ni siquiera por parte del propio gobierno.
Por supuesto, las autoridades de todos los niveles ya balbucean justificativos, inventan razones, cantinflean pretextos y se embarran mutuamente las culpas. Nadie podrá explicar que ninguna corporación haya podido presentarse en cinco horas de agresión y linchamiento. ¿Cómo pudieron llegar mucho antes los periodistas que cualquier otro elemento del orden? Gracias a los comunicadores se cuenta con documentación abundante de los hechos, pero es poco consuelo para las tres familias de las víctimas. La justicia se apersona tarde y mal, y seguro que ahora cebará su furia contra más inocentes, revueltos entre los culpables, del sanguinario San Juan Ixtayopan.
Hay libertades en abundancia en este México del siglo XXI, pero no así civilidad y respeto por los derechos de los demás. El Estado, como garante de la vida social en armonía, está hoy ausente de la realidad concreta del habitante común. Nadie está libre de ser víctima de la violencia, ni siquiera los mismos policías en cumplimiento de su deber, como se evidenció este miércoles. A los desventurados agentes de la PFP nadie les creyó que realmente estaban cumpliendo una misión oficial. Y es que la mímesis entre las policías y los grupos delincuenciales es ya proverbial en México: nadie sabe donde terminan las unas y comienzan los otros.
Los ixtayopinos reaccionaron con una violencia extrema ante la posibilidad de lidiar a plena luz del día con un trío de potenciales secuestradores, que sospechosamente tomaban película a las afueras de una escuela. Reaccionaron como cualquier padre que se enfrenta a individuos que espían a sus hijos. Las explicaciones de los agentes seguramente fueron tardías, e incluso tiendo a pensar que lo hicieron de forma altanera y prepotente, como acostumbran nuestros ñoños policías cuando tratan con un ciudadano común, más cuando es un campesino o un colono empobrecido. La masacre y el baño de sangre no son justificables de ninguna manera, pero sí son explicables en un contexto tan degradado como el que existe hoy en las relaciones de la ciudadanía con sus autoridades. Ser policía en México significa poseer patente de corzo para cometer ilícitos, abusar de su autoridad o humillar al semejante. Por supuesto que estoy generalizando y con ello cometiendo una crasa injusticia contra las corporaciones o elementos que han superado ya muchos de los lastres de esta subcultura autoritaria, pero este paradigma de la desconfianza continúa vigente para el grueso de los ciudadanos, como se pone en evidencia en las ya numerosas encuestas sobre cultura política en nuestro país. Por ejemplo, la Encuesta Nacional de Cultura Política y Prácticas Ciudadanas que levantó la secretaría de Gobernación el año pasado evidenció el terrible desgaste que tiene la imagen de la policía en nuestra comunidad: un 53% de los encuestados respondió que no le tiene nada o casi nada de confianza a la policía, un 24% le tiene poca confianza, un 15% le tiene algo y solamente un 7% le tenía mucha confianza. Esto la colocó en el sótano de las instituciones públicas mexicanas en cuanto a confianza ciudadana.
La justicia en propia mano es una evidencia de nuestro primitivismo como sociedad. La turba suplanta a los jueces, y con ello se comenten drásticas injusticias como la que se perpetró con esos pobres policías. Fueron víctimas de la incapacidad del Estado mexicano para imponer el fuero de la ley en la vida cotidiana de sus gobernados. Cayeron en cumplimiento del deber, pero sacrificados sin sentido y sin provecho. Fueron masacrados por la ignorancia, por la rabia que da la impotencia del ciudadano ante la autoridad arbitraria. Ese fuenteovejuna monstruoso parece volverse norma en un país donde no existe ley que se respete, ni siquiera por parte del propio gobierno.
Por supuesto, las autoridades de todos los niveles ya balbucean justificativos, inventan razones, cantinflean pretextos y se embarran mutuamente las culpas. Nadie podrá explicar que ninguna corporación haya podido presentarse en cinco horas de agresión y linchamiento. ¿Cómo pudieron llegar mucho antes los periodistas que cualquier otro elemento del orden? Gracias a los comunicadores se cuenta con documentación abundante de los hechos, pero es poco consuelo para las tres familias de las víctimas. La justicia se apersona tarde y mal, y seguro que ahora cebará su furia contra más inocentes, revueltos entre los culpables, del sanguinario San Juan Ixtayopan.
viernes, 19 de noviembre de 2004
Telón electoral
Escribo estas líneas desde Torreón Coah., donde se desarrollan las actividades del XVI Congreso Nacional de Estudios Electorales, evento al que acudo fielmente desde hace diez años. Algunos lectores recordarán que el anterior congreso se celebró en San Miguel Allende el año pasado, y que me tocó coordinarlo. Ahora desde la infantería de los ponentes, me he dado el tiempo de acudir con cuidado a cuanta mesa me ha sido posible, además de que ya participé sometiendo un texto en el taller “La cultura política de los mexicoamericanos”.
El telón electoral de este año ha caído con la realización de los últimos comicios locales de Sinaloa, Tlaxcala, Puebla y Tamaulipas. Con ello el común de los ciudadanos nos esperanzamos en tener un fin de año más o menos tranquilo en la arena política, y así prepararnos para los 14 procesos que se nos anuncian para el 2005. Los dos primeros casos mencionados mostraron resultados tan apretados que mantuvieron la atención nacional sobre su desarrollo, salpicado de avatares que ya creíamos superados como los que sucedieron en Tlaxcala, que incluyó la quema de actas de escrutinio.
Además se suma la resolución tan esperada del tribunal electoral federal (el TEPJF) sobre los peleados casos de Oaxaca, Tijuana y Veracruz, sin que se haya cambiado el sentido original de los resultados originales. Esto nos permite respirar, pero vuelve a plantear el creciente problema de la judiciarización de la política, que amenaza con convertirse en el paso obligado de todos los comicios con resultados apretados. Así se pone en evidencia de nuevo que a los partidos lo que menos les preocupa es el respeto a los votos (pocos o muchos) depositados en urnas y sí más la conquista o preservación de sus espacios de poder político, aún a costa del sentido original de la democracia.
En el congreso que les menciono se ha debatido mucho sobre estos y otros casos, incluyendo el de las elecciones norteamericanas. La cosecha electoral del 2004 fue abundante en sucesos accidentados y novedades que sorprenden a los desconcertados politólogos, que sufren al ensayar explicaciones plausibles ante la terca incertidumbre de la realidad social. Llama la atención que los temas a debate ya son los de “segundo piso” dentro de la práctica de la democracia: participación electoral, cultura política, financiamiento, medios de comunicación, mercadotecnia, ética política, globalización, crisis de los partidos y descrédito de la política. Muy atrás quedaron los temas de primer piso, al menos en la generalidad de los estados: respeto al voto, equidad en la competencia, procesos electorales confiables, acceso a medios, partido de estado y autoritarismo, han dejado de ser materia de estudio y debate, para nuestra fortuna. Ojalá no avancemos demasiado pronto hacia los temas de “tercer piso”, como los que ya ocupan al primer mundo: desánimo ciudadano, cinismo político, crisis de los valores solidarios, terrorismo, mesianismo político (el New Age en la política, a la manera de Bush), la trivialización de lo público, la molicie posmoderna, etcétera.
En fin, que el año electoral deja saldos positivos y algunos negativos. De estos últimos yo destacaría los siguientes: El aparente regreso de los dinosaurios a los primeros planos de la política; veo con preocupación cómo el PRI avanza electoralmente, pero no evoluciona en su discurso y su oferta, que lo siguen ubicando como un partido del siglo pasado. Por su parte el PAN, que sí se ha modernizado, sigue sufriendo las consecuencias de administraciones variopintas (incluyendo la federal) y liderazgos desbocados (Marthita p. ej.) que quiebran su cohesión interna y lo han debilitado ante el electorado. El PRD perdió Tlaxcala, pero también perdió su dignidad al verse obligado a apoyar a la candidata consorte. En fin, muchas y variadas notas electorales adornaron los diarios del país, y nos entretuvieron (ya sea divertidos o angustiados) a la manera como antes sólo lo lograba la tele con sus melodramotes de la tarde. Pero podemos respirar, ya se acabó por este año.
El telón electoral de este año ha caído con la realización de los últimos comicios locales de Sinaloa, Tlaxcala, Puebla y Tamaulipas. Con ello el común de los ciudadanos nos esperanzamos en tener un fin de año más o menos tranquilo en la arena política, y así prepararnos para los 14 procesos que se nos anuncian para el 2005. Los dos primeros casos mencionados mostraron resultados tan apretados que mantuvieron la atención nacional sobre su desarrollo, salpicado de avatares que ya creíamos superados como los que sucedieron en Tlaxcala, que incluyó la quema de actas de escrutinio.
Además se suma la resolución tan esperada del tribunal electoral federal (el TEPJF) sobre los peleados casos de Oaxaca, Tijuana y Veracruz, sin que se haya cambiado el sentido original de los resultados originales. Esto nos permite respirar, pero vuelve a plantear el creciente problema de la judiciarización de la política, que amenaza con convertirse en el paso obligado de todos los comicios con resultados apretados. Así se pone en evidencia de nuevo que a los partidos lo que menos les preocupa es el respeto a los votos (pocos o muchos) depositados en urnas y sí más la conquista o preservación de sus espacios de poder político, aún a costa del sentido original de la democracia.
En el congreso que les menciono se ha debatido mucho sobre estos y otros casos, incluyendo el de las elecciones norteamericanas. La cosecha electoral del 2004 fue abundante en sucesos accidentados y novedades que sorprenden a los desconcertados politólogos, que sufren al ensayar explicaciones plausibles ante la terca incertidumbre de la realidad social. Llama la atención que los temas a debate ya son los de “segundo piso” dentro de la práctica de la democracia: participación electoral, cultura política, financiamiento, medios de comunicación, mercadotecnia, ética política, globalización, crisis de los partidos y descrédito de la política. Muy atrás quedaron los temas de primer piso, al menos en la generalidad de los estados: respeto al voto, equidad en la competencia, procesos electorales confiables, acceso a medios, partido de estado y autoritarismo, han dejado de ser materia de estudio y debate, para nuestra fortuna. Ojalá no avancemos demasiado pronto hacia los temas de “tercer piso”, como los que ya ocupan al primer mundo: desánimo ciudadano, cinismo político, crisis de los valores solidarios, terrorismo, mesianismo político (el New Age en la política, a la manera de Bush), la trivialización de lo público, la molicie posmoderna, etcétera.
En fin, que el año electoral deja saldos positivos y algunos negativos. De estos últimos yo destacaría los siguientes: El aparente regreso de los dinosaurios a los primeros planos de la política; veo con preocupación cómo el PRI avanza electoralmente, pero no evoluciona en su discurso y su oferta, que lo siguen ubicando como un partido del siglo pasado. Por su parte el PAN, que sí se ha modernizado, sigue sufriendo las consecuencias de administraciones variopintas (incluyendo la federal) y liderazgos desbocados (Marthita p. ej.) que quiebran su cohesión interna y lo han debilitado ante el electorado. El PRD perdió Tlaxcala, pero también perdió su dignidad al verse obligado a apoyar a la candidata consorte. En fin, muchas y variadas notas electorales adornaron los diarios del país, y nos entretuvieron (ya sea divertidos o angustiados) a la manera como antes sólo lo lograba la tele con sus melodramotes de la tarde. Pero podemos respirar, ya se acabó por este año.
viernes, 12 de noviembre de 2004
Los EU y su encrucijada III
Continúo con la relación de mis impresiones sobre las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, donde acudí como observador informal, y debo señalar que sus procedimientos operativos siguieron pareciéndome misteriosos y poco transparentes. Es casi imposible observar el desarrollo completo de una jornada electoral, porque incluso en las casillas se impide la presencia de personas extrañas en las cercanías, como fue mi caso. En la legislación norteamericana no existe todavía la figura del observador electoral, y ni siquiera los propios ciudadanos de ese país pueden testimoniar los procedimientos. Existe una convicción compartida de que nadie hace trampa porque no es necesario hacerlo, y eso es sorprendente en un país con tan amplia tradición en fraudes electorales como los que se acostumbraban en los centros de poder demócrata en Chicago y en los estados del sur en las primeras décadas del siglo pasado. Una democracia que no puede ser observada desde adentro, desde las tripas mismas de su esquema de renovación de representantes, no puede asumirse como plena y moderna.
El pasado día 6 tuve la oportunidad de presenciar, gracias a la excelente cadena televisiva SPAN, la conferencia de prensa que dio en Washington la parlamentaria suiza Barbara Haering, quien coordinó al equipo de 90 observadores que envió la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), organismo que al parecer fue el único autorizado por el gobierno norteamericano para observar el proceso. En su informe preliminar me sorprendió hasta qué punto yo coincidía con sus conclusiones. Vale la pena destacar algunas de las que tomé nota. Primero, las elecciones norteamericanas son difíciles de observar para propios y extraños, ante la ausencia de legislación que lo permita. Segundo, fue difícil dar seguimiento a todas las fases del proceso, sobre todo al procedimiento de contabilización, debido a los diferentes sistemas de captura y procesamiento de resultados. Tercero, son necesarias reformas legales que pongan al día a los procedimientos electorales de ese país, y que adopte estándares internacionales. Cuarto, la carencia en muchos casos de un soporte en papel del sentido original de los votos impide reconstruir el proceso, en caso de darse fallas en los sistemas electrónicos –que sí las hubo. Quinto, hay cerrazón e incluso rechazo por parte de algunas autoridades locales; en algunos lugares se impidió a los observadores desarrollar su actividad, como fue en los casos de Carolina del Norte y en Orlando Florida. Sexto, en muchos centros de votación se formaron colas enormes debido a lo complejo del proceso de emitir el voto, lo que molestó a muchos ciudadanos. Séptimo, es poco adecuado que las elecciones se realicen en un día laborable, porque muchos patrones no conceden permisos; en otros países se prefiere el domingo. Todo esto confirmó mi impresión original de que en lo que se refiere a transparencia y verificabilidad de los procedimientos, la democracia norteamericana todavía tiene serias deficiencias que la ubican en un estadio premoderno dentro del entorno internacional.
Ahora, una reflexión sobre el nuevo sentido que cobró el voto hispánico. Como nunca antes, el presidente Bush debe su reelección al giro que tomó ese voto étnico. Un sorprendente 44% de hispanos votó por él, lo que representa un récord, pues cuatro años antes había logrado 10 puntos menos. Kerry no supo llegar al corazón de esos votantes, que registran la tasa de crecimiento más alta de ese país. Por otra parte es evidente que los republicanos ganaron en los estados más rurales, y no pudieron hacer mella a los demócratas en los entornos urbanos. En la práctica se trata de dos países: uno poblado por conservadores, rednecks y bluecollars, y otro más refinado, pleno de liberales, whitecollars, empleados, intelectuales y artistas. Uno optó por los “valores familiares” –lo que sea que quiera decir eso y otro por el welfare state, la protección al ambiente y el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo. Unos apoyan la “guerra preventiva” y el papel de los EU como policía mundial, y otros la solidaridad internacional y la negociación antes que la fuerza.
No puedo negar que esta victoria tan amplia de Bush me sorprendió fuertemente. Pensé que la generosidad del pueblo norteamericano se evidenciaría con un espaldarazo claro a la moderación de Kerry. Pero sucedió lo contrario: nuevamente los Estados Unidos se encierra en sí mismo y manda al resto del mundo a volar. Pero como dice Michael Moore: es un buen consuelo saber que dentro de cuatro años ya no se podrá postular Bush el pequeño, y si alguien insiste en cambiar la ley para permitirle un tercer término siempre habrá un Clinton –Hillary o incluso Bill para detenerlo.
El pasado día 6 tuve la oportunidad de presenciar, gracias a la excelente cadena televisiva SPAN, la conferencia de prensa que dio en Washington la parlamentaria suiza Barbara Haering, quien coordinó al equipo de 90 observadores que envió la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), organismo que al parecer fue el único autorizado por el gobierno norteamericano para observar el proceso. En su informe preliminar me sorprendió hasta qué punto yo coincidía con sus conclusiones. Vale la pena destacar algunas de las que tomé nota. Primero, las elecciones norteamericanas son difíciles de observar para propios y extraños, ante la ausencia de legislación que lo permita. Segundo, fue difícil dar seguimiento a todas las fases del proceso, sobre todo al procedimiento de contabilización, debido a los diferentes sistemas de captura y procesamiento de resultados. Tercero, son necesarias reformas legales que pongan al día a los procedimientos electorales de ese país, y que adopte estándares internacionales. Cuarto, la carencia en muchos casos de un soporte en papel del sentido original de los votos impide reconstruir el proceso, en caso de darse fallas en los sistemas electrónicos –que sí las hubo. Quinto, hay cerrazón e incluso rechazo por parte de algunas autoridades locales; en algunos lugares se impidió a los observadores desarrollar su actividad, como fue en los casos de Carolina del Norte y en Orlando Florida. Sexto, en muchos centros de votación se formaron colas enormes debido a lo complejo del proceso de emitir el voto, lo que molestó a muchos ciudadanos. Séptimo, es poco adecuado que las elecciones se realicen en un día laborable, porque muchos patrones no conceden permisos; en otros países se prefiere el domingo. Todo esto confirmó mi impresión original de que en lo que se refiere a transparencia y verificabilidad de los procedimientos, la democracia norteamericana todavía tiene serias deficiencias que la ubican en un estadio premoderno dentro del entorno internacional.
Ahora, una reflexión sobre el nuevo sentido que cobró el voto hispánico. Como nunca antes, el presidente Bush debe su reelección al giro que tomó ese voto étnico. Un sorprendente 44% de hispanos votó por él, lo que representa un récord, pues cuatro años antes había logrado 10 puntos menos. Kerry no supo llegar al corazón de esos votantes, que registran la tasa de crecimiento más alta de ese país. Por otra parte es evidente que los republicanos ganaron en los estados más rurales, y no pudieron hacer mella a los demócratas en los entornos urbanos. En la práctica se trata de dos países: uno poblado por conservadores, rednecks y bluecollars, y otro más refinado, pleno de liberales, whitecollars, empleados, intelectuales y artistas. Uno optó por los “valores familiares” –lo que sea que quiera decir eso y otro por el welfare state, la protección al ambiente y el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo. Unos apoyan la “guerra preventiva” y el papel de los EU como policía mundial, y otros la solidaridad internacional y la negociación antes que la fuerza.
No puedo negar que esta victoria tan amplia de Bush me sorprendió fuertemente. Pensé que la generosidad del pueblo norteamericano se evidenciaría con un espaldarazo claro a la moderación de Kerry. Pero sucedió lo contrario: nuevamente los Estados Unidos se encierra en sí mismo y manda al resto del mundo a volar. Pero como dice Michael Moore: es un buen consuelo saber que dentro de cuatro años ya no se podrá postular Bush el pequeño, y si alguien insiste en cambiar la ley para permitirle un tercer término siempre habrá un Clinton –Hillary o incluso Bill para detenerlo.
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